GERMANIA I




El Rin y el Danubio dividen a toda la Germania
de las Galias, las Retias y
Panonias
, y de los Sármatas y Dacios
algunas montañas o el miedo que se tienen
los unos a los otros. El Océano cerca los demás, abrazando grandísimas islas
y
golfos, y algunas naciones y reyes, de que con la guerra se ha tenido noticia poco
. El Rin, saliendo de lo más alto e inaccesible de los Alpes de la Retia, y habiendo
corrido un poco hacia Occidente, vuelve derecho hasta meterse en el Océano
septentrional. El Danubio nace en la cumbre de Abnoba
, monte, aunque alto, no
áspero, y habiendo pasado por muchas y diferentes tierras entra en el mar Póntico
por seis bocas, que la séptima, antes de llegar al mar, se pierde en las lagunas.
Yo creería que los Germanos tienen su origen en la misma tierra, y que no
están mezclados con la venida y hospedaje de otras gentes; porque los que
antiguamente querían mudar de habitación las buscaban por mar y no por tierra; y
de nuestro mar van muy pocas veces navíos a aquel grande Océano, que para decirlo
así, está opuesto al nuestro. Y ¿quién quisiera dejar el Asia, África, o Italia, y por miedo de los peligros de un mar horrible y no conocido ir a buscar a Germania, tierra
sin forma de ello, y de un áspero cielo, y de ruin habitación y triste vista, sino es para
los que fuere su patria? Celebran en versos antiguos (que es sólo el género de anales
y memoria que tienen) un dios llamado Tuiston
, nacido de la tierra, y su hijo Manno,
de los cuales, dicen, tiene principio la nación. Manno dejó tres hijos, de los nombres
de los cuales se llaman Ingevones
los que habitan cerca del Océano, y Herminones
los que viven tierra adentro, y los demás Istevones. Bien que otros, con la licencia
que da la mucha antigüedad de las cosas, afirman que el dios Tuiston tuvo más hijos,
de cuyos nombres se llamaron así los Marsos, Gambrivios, Suevos, Vándalos, y que
estos son sus verdaderos y antiguos nombres. Que el de Germania es nuevo y
añadido poco ha: porque los primeros que pasaron el Rin y echaron a los Galos de
sus tierras se llamaban entonces Tungros, y ahora se llaman Germanos. Y de tal
manera fue prevaleciendo el nombre de aquella nación que primero había pasado el
Rin, que dio nombre a toda la gente: y todos los demás al principio tomaron el
nombre de los vencedores, por el miedo que causaban, y se llamaban Tungros: y
después inventaron ellos mismos propio y particular nombre, y se llamaron
universalmente Germanos.También cuentan que hubo un Hércules en esta tierra y le dan el primer lugar
entre los hombres de valor. Antes de entrar en las batallas, para animarse, cantan
ciertos versos, cuyo son llaman bardito, por el cual adivinan qué suceso han de tener:
porque o se hacen temer o tienen miedo, según más o menos bien responde y suena
el escuadrón: y esto en ellos es más indicio de valor que armonía de voces. Desean y
procuran con cuidado un son áspero y espantable, y para ello ponen los escudos
delante de la boca para que, detenida la voz, retumbe y sea más bronca. Piensan
algunos que Ulises en su larga y fabulosa navegación, en que anduvo vagando, llegó
a este Océano, y que entró en Germania, y que fundó en ella a Asciburgio
, lugar
asentado en la orilla del Rin, y habitado hoy día, al cual llamó Lecipnrtwp
y que en
tiempos pasados se halló allí un altar consagrado a Ulises, en que también estaba
escrito el nombre de Laertes, su padre. Y que en los confines de Germania y Retia se
ven hoy día letras griegas en monumentos y sepulcros. Pero no quiero confirmar esto
con argumentos, ni menos refutarlo; cada cual crea o no lo que quisiere, conforme a
su ingenio.
Yo soy de la opinión de los que entienden que los Germanos nunca se unieron
en casamiento con otras naciones, y que así se han conservado puros y sencillos, sin
parecerse sino a ellos mismos. De donde procede que un número tan grande de
gente tienen casi todos la misma disposición y talle, los ojos azules y fieros, los
cabellos rubios, los cuerpos grandes y fuertes sólo para el ataque violento, pero no
tienen el mismo sufrimiento en el trabajo y fatigas; no son sufridos de calor y sed;
pero llevan bien el hambre y el frío, como acostumbrados a la aspereza e inclemencia
de tal suelo y cielo.
La tierra, aunque hay diferencia en algunas partes, es universalmente de vista
horrible por los bosques, y fea y manchada por las lagunas que tiene. Por la parte que mira las provincias de las Galias es más húmeda, y por la que mira al Nórico
y
Panonia, más barrida por los vientos. Es fértil de sembrados, aunque no produce
frutales; tiene abundancia de ganados, pero no de aquella grandeza y presencia que
en otras partes: ni los bueyes tienen su acostumbrada hermosura, ni la alabanza que
suelen por su frente
. Huélganse de tener mucha cantidad, por ser esas solas sus
riquezas y las que más les agradan. No tienen plata ni oro, y no sé si fue benignidad
o rigor de los dioses el negárselo. Con todo no me atrevería a afirmar, no habiéndolo
nadie escudriñado, que no hay en la Germania venas de plata y oro. Cierto es que no
se les da tanto como a nosotros por la posesión y uso de ello: porque vemos que de
algunos vasos de esos metales que se presentaron a sus embajadores y príncipes no
hacen más caso que si fueran de barro. Bien es verdad que los que viven en nuestras
fronteras, a causa del comercio, estiman el oro y la plata, y conocen y escogen
algunas monedas de las nuestras; pero los que habitan la tierra adentro comercian
más sencillamente, y siguen la costumbre antigua de trocar unas cosas por otras. Los
que toman monedas las quieren viejas y conocidas como son bigatos y serratos
; y
se inclinan más a la plata que al oro, no por afición particular o preferencia, sino
porque el número de las monedas de plata es más acomodado para comprar
menudencias y cosas usuales.
No tienen hierro en abundancia, como se puede colegir de sus armas. Pocos
usan de espada ni lanzas largas, pero tienen ciertas astas, que ellos llaman frameas,
con un hierro angosto y corto, pero tan agudo y tan fácil de manejar, que se puede
pelear con ellas de lejos y de cerca, según la necesidad. La gente de a caballo se
contenta con un escudo y framea; la infantería se sirve también de armas
arrojadizas, y trae cada uno muchas, las cuales tiran muy lejos. Andan desnudos, o
con un sayo ligero. No usan adornos en su traje. Sólo traen los escudos muy pintados
y de muy escogidos colores. Pocos traen lorigas, y apenas se halla uno o dos con
morrión o celada. Los caballos no son vistosos ni ligeros, ni los enseñan a volver a
una mano y a otra, y a hacer caracoles, según nuestra usanza: de una carrera
derecha, y volviendo a una mano todos en tropa, hacen su efecto con tanto orden,
que ninguno se queda atrás. Y todo bien considerado, se hallará que sus mayores
fuerzas consisten en la infantería; y así pelean mezclados; porque se conforma bien
con el paso de los caballos la ligereza de los infantes que se ponen en el frente del
escuadrón, por sus mancebos escogidos entre todos. Hay un número señalado de
ellos; de cada pueblo ciento; y tienen entre los suyos este nombre "del centenar"
quedando por título la dignidad y honra lo que al principio no fue más que número. El
escuadrón se compone de escuadras formadas en cuña. El retirarse, como sea para
volver a acometer, tienen más por ardid y buen consejo que por miedo. Retiran sus
muertos aún en el momento en que está en duda la batalla. El mayor delito y
flaqueza entre ellos es dejar el escudo. Y los que han caído en tan ignominia no pueden hallarse presentes a los sacrificios ni juntas, y muchos, habiéndose escapado
de la batalla, acabaron su infamia ahorcándose.
Eligen sus reyes por la nobleza, pero sus capitanes por el valor. El poder de
los reyes no es absoluto ni perpetuo. Y los capitanes, si se muestran más prontos y
atrevidos, y son los primeros que pelean delante del escuadrón, gobiernan más por el
ejemplo que dan de su valor y admiración de esto, que por el imperio o autoridad del
cargo: mas el castigar, prender y azotar no se permite sino a los sacerdotes; y no
como por pena, ni por mandado del capitán, sino como si lo mandara Dios, que ellos
creen que ayuda a los que pelean. Condicen a la guerra algunas imágenes e insignias
que sacan de los bosques sagrados y lo que principalmente los incita a ser valientes y
esforzados es, que no hacen sus escuadras y compañías de toda suerte de gentes,
como se ofrecen acaso, sino que las constituyen de cada familia y parentela al entrar
en la batalla tienen cerca sus prendas más queridas, para que puedan oír los alaridos
de las mujeres y los gritos de los niños: y éstos son los fieles testigos de sus hechos,
y los que más alaban y engrandecen. Cuando se ven heridos, van a enseñar sus
heridas a sus madres y a sus mujeres, y ellas no tienen pavor de verlas ni de
chuparlas
, y en medio de la batalla les llevan alimentos y los animan con
exhortaciones.
De manera que algunas veces, según ellos cuentan, han restaurado las
mujeres batallas ya casi perdidas, haciendo volver los escuadrones que se inclinaban
a huir, con la constancia de sus ruegos, y con ponerles delante los pechos, y
representarles el cercano cautiverio que se esto se seguiría, el cual temen mucho
más impacientemente por causa de ellas: tanto, que se puede tener mayor confianza
de las ciudades que entre sus rehenes dan algunas doncellas nobles. Porque aún se
persuaden que hay en ellas un no sé qué de santidad y prudencia, y por esto no
menosprecian sus consejos, ni estiman en poco sus respuestas. Así lo vimos en el
imperio del divino Vespasiano, que algunos tuvieron mucho tiempo a Velada
en
lugar de diosa. Y también antiguamente habían venerado a Aurinia y a otras muchas,
y esto no por adulación, ni porque ellos las hiciesen diosas
, sino por tenerlas por
tales.Reverencian a Mercurio sobre todos los dioses, y ciertos días del año tienen
por lícito sacrificarle hombres para aplacarle. A Hércules y a Marte les ofrendan
sacrificios de animales permitidos. Parte de los Suevos adora a Isis
; pero no he
podido averiguar de dónde les haya venido esta religión extranjera; aunque la
estatua de la diosa hecha en forma de nave libúrnica, muestra el lado por el mar.
Piensan que no es decente a la majestad de los dioses tenerlos encerrados entre
paredes, o darle figura humana. Les consagran muchas selvas y bosques y dan
nombres de dioses a aquellos lugares secretos, que miran solamente con veneración.
Observan, como los que más, los agüeros y suertes; pero las suertes son sin
artificios. Cortan de algún frutal una varilla, la cual hecha pedazos y puesta en cada
uno cierta señal, la echan, sin mirar cómo, sobre una vestidura blanca; y luego el
sacerdote de la ciudad, si es que se trata de negocio público, o el padre de familia, si
es de cosa particular, después de haber hecho oración a los dioses, alzando los ojos
al cielo, toma tres palillos, de cada vez uno, y hace la interpretación según las
señales que precisamente les habían puesto. Y si las suertes son contrarias, no tratan
más aquel día del negocio, y si son favorables, procuran aún confirmarlas por
agüeros: y también saben ellos adivinar por el vuelo y canto de las aves. Mas es
particular de esta nación observar las señales de adivinanzas, que para resolverse
sacan de los caballos de esta manera. Estos se sustentan del público en las mismas
selvas y bosques sagrados, todos blancos y que no han servido en ninguna obra
humana, y cuando llevan el carro sagrado, los acompañan el sacerdote y el rey o
príncipe de la ciudad, y consideran atentamente sus relinchos y bufidos. Y a ningún
agüero dan tanto crédito como a éste, no solamente el pueblo, sino también los
nobles y grandes y los sacerdotes; los cuales se tienen a sí por ministros de los
dioses, y a los caballos por sabedores de la voluntad de ellos. Observan asimismo
otro agüero para saber el suceso de las guerras importantes. Procuran coger, como
quiera que sea, uno de aquella nación con quien han de hacer la guerra, y le hacen
entrar en batalla con uno de los más valientes de los suyos, armado cada cual con las
armas de su tierra, y según la victoria del uno o del otro, juzgan lo que ha de
suceder.Los príncipes resuelven las cosas de menor importancia, y las de mayor se
tratan entre todos; pero de manera que, aún aquellas de que toca al pueblo el
conocimiento, las traten y consideren primero los prohombres y príncipes. Se reúnen
a tratar de los negocios públicos, si no sobreviene de repente algún caso no pensado,
en ciertos días fijos, como los de luna nueva, o luna llena; que este tiempo tienen por
el más favorable para emprender cualquier cosa. No cuentan que la noche guía al día.
Un defecto que proviene de su libertad, consiste en que no se juntan todos de una
vez, ni al plazo señalado, y así suelen gastar dos o tres días aguardando los que han
de venir. Siéntanse armados y cada uno como le agrada. Los sacerdotes mandan que
se guarde silencio, y todos los obedecen, porque tiene entonces poder de castigar.
Luego oyen al rey o al príncipe, que les hacen los razonamientos según la edad,
nobleza o fama de cada uno adquirida en la guerra, o según su elocuencia, teniendo
más autoridad de persuadir que poderío de mandar. Si no les agrada lo propuesto,
contradícenlo haciendo estruendo y ruido con la boca; pero si les contenta, suenan y
sacuden las frameas, dando con ellas en los escudos que tienen en las manos. Que
entre ellos es la más honrada aprobación la que se significa con las armas.
Puede cualquiera acusar en la junta a otro, aunque sea de crimen de muerte.
Las penas se dan conforme a los delitos. A los traidores y a los que se pasan al
enemigo los ahorcan de un árbol, y a los cobardes e inútiles para la guerra y a los
infames que usan mal de su cuerpo los ahogan en una laguna cenagosa, echándoles
encima un zarzo de mimbres. La diversidad del castigo tiene por fin enseñar que
conviene que las maldades, cuando se castigan, se muestran y manifiesten a todos,
pero los pecados que proceden de flaqueza de ánimo deben de ocultarse, aún en la
pena de ellos. Por delitos menores suelen condenar al pago de cierto número de
caballos y ovejas, de que la una parte toca al rey o a la ciudad, y la otra al ofendido o
a sus deudos. Eligen también en la misma junta los príncipes, que son los que administran justicia en las villas y aldeas. Asisten con cada uno de ellos cien hombres
escogidos de la plebe
, que les sirven de autoridad y consejo.
Siempre están armados cuando tratan alguna cosa, ya sea pública o
particular, pero ninguno acostumbra traer armas, antes que la ciudad le proponga por
apto para ello a la junta, en la cual uno de los principales, o su padre o algún pariente
le adornan con un escudo y una framea. Esta es entre ellos la toga, y el primer grado
de honra de la juventud. Hasta entonces se tienen por parte de la familia, y de allí
adelante de la república. Eligen algunas veces por príncipe algunos de la juventud, ya
por su insigne nobleza o por los grandes servicios y merecimientos de sus padres. Y
éstos se juntan con los más robustos
, y que por su valor se han hecho conocer y
estimar; y ninguno de ellos se avergüenza de ser camarada de los tales y de que se
los vea entre ellos; antes hay en la compañía sus grados los cuales son discernidos,
por parecer y juicio del que siguen. Los compañeros del príncipe
procuran por todas
vías alcanzar el primer lugar cerca de él; y los príncipes ponen todo su cuidado en
tener muchos y muy valientes compañeros. El andar siempre rodeados de una
cuadrilla de mozos escogidos es su mayor dignidad y son sus fuerzas; que en la paz
les sirve de honra y en la guerra de ayuda y defensa. Y el aventajarse a los demás en
número y valor de compañeros, no solamente les da nombre y gloria con su gente,
sino también con las ciudades comarcanas: porque éstas procuran su amistad con
embajadas, y los hombres con dones; y muchas veces basta la fama para acabar las
guerras, sin que sea necesario llegar a ellas.
Cuando se viene a dar batalla, es deshonra para el príncipe que se le aventaje
alguno en valor, y para los compañeros y camaradas no igualarle en el ánimo. Y si
acaso el príncipe queda muerto en batalla, el que de sus compañeros sale vivo de ella
es infame para siempre: porque el principal juramento que hacen es defenderle y
guardarle, y atribuir también a su gloria sus hechos valerosos. De manera que el
príncipe pelea por la victoria, y los compañeros por el príncipe. Cuando su ciudad está
largo tiempo en paz y ociosidad, muchos de los mancebos nobles de ella se van a
otras naciones donde saben que hay guerra, porque esta gente aborrece el reposo, y
en las ocasiones de mayor peligro se hacen más fácilmente hombres esclarecidos. Y
los príncipes no pueden sustentar aquel acompañamiento grande que traen sino con
la fuerza y con la guerra: porque de la liberalidad de su príncipe sacan ellos, el uno
un buen caballo, y el otro una framea victoriosa y teñida en la sangre enemiga. Y la
comida y banquetes grandes, aunque mal ordenados, que les hacen cada día, les
sirven por sueldo. Y esta liberalidad no tienen de qué hacerla sino con guerra y robos.
Y con peligro de ser muertos o heridos, que a labrar la tierra y esperar la cosecha y
suceso del año. Y aún les parece flojedad y pereza adquirir con sudor lo que se puede
alcanzar con sangre.
Cuando no tienen guerras se ocupan mucho en cazar, pero más en la
ociosidad, y en comer y dormir, a que son muy dados. Ningún hombre belicoso y
fuerte se inclina al trabajo, sino que dejan el cuidado de la casa, y hacienda y campos
a las mujeres y viejos, y a los más flacos de la familia. Ellos tienen maravillosa
diversidad de naturaleza. Que unos mismos hombres amen tanto la ociosidad y estar
holgando, y aborrezcan el reposo! Es costumbre en las ciudades que cada vecino dé
voluntariamente al príncipe cada año algún ganado o parte de sus frutos, y aunque
éstos lo tienen por honra, con todo les viene bien para sus necesidades. Estiman
mucho los presentes de las gentes comarcanas, los cuales les envían no solamente
los particulares, sino también las ciudades, y son caballos escogidos, armas grandes,
jaeces y collares: y nosotros también los hemos acostumbrado a recibir dinero.
Cosa sabida es que ninguno de los pueblos de Germania habita en ciudades
cercadas, ni sufren que sus casas estén arrimadas unas a otras. Viven divididos y
apartados unos de otro, donde más les agrada, allí donde un manantial o el bosque
son de su agrado. No hacen sus aldeas a nuestro modo, juntando y trabajando todos
los edificios: cada uno cerca su casa con cierto espacio alrededor, o por remedio
contra los accidentes del fuego, o porque no saben edificar. No usan de paredes de
piedra, ni de tejas, sino que para todo se sirven de los materiales toscos, y sin
procurar con el arte que tengan hermosura, ni que puedan causar deleite. Cubren
algunos lugares de una tierra tan pura y resplandeciente que imitan la pintura y los
colores. También suelen hacerse cuevas debajo de tierra, las cuales cubren con
mucho estiércol, que les sirven para retirarse en invierno y recoger allí sus frutos:
porque los defienden del rigor del frío, que con esto se ablanda; y si alguna vez el
enemigo entra en la tierra, destruye y lleva lo que halla a mano, y no llega a lo que
está escondido y debajo de tierra, o por no saber dónde está, o por no detenerse a
buscarlo.
El vestido de todos ellos es un sayal o albornoz que cierran con una hebilla,
con una espina o cosa semejante, y sin poner otra cosa sobre sí, permanecen todo el
día al fuego. Los más ricos se diferencian en el traje, pero no traen el vestido ancho,
como los Sármatas y Partos, sino estrecho, y de manera que descubre la hechura de
cada miembro. También usan pieles de fieras, los que están cerca de la ribera del Rin
sin ningún cuidado de esto, pero los que viven tierra adentro, con más curiosidad,
como quien no tiene otro traje aprendido con el comercio y trato de los nuestros.
Escogen las fieras, y las pieles que les quitan adornan con manchas que les hacen, y
con otras de monstruos marinos que engendra el Océano más septentrional y el mar
que no conocemos. Las mujeres usan el mismo hábito que los hombres, sino que sus
vestidos las más veces son de lienzo, teñidos con labores de púrpura, y sin mangas;
porque traen descubiertos los brazos y las espaldas, y la parte también superior del
pecho.
Y con todo se guardan estrechamente entre ellos las leyes del matrimonio,
que es lo que sobre todo se debe alabar en sus costumbres. Porque los bárbaros casi
solos ellos se contentan con una mujer, sino son algunos de los más principales, y
eso no por apetito desordenado, sino que por su mucha nobleza desean todos
emparentar con ellos por el casamiento. La mujer no trae dote: el marido se la da. Y
los padres y parientes de ella se hallan presentes, y aprueban los dones que la
ofrece: y no son cosas buscadas para los deleites y regalos femeniles, no conque se
componga y atavíe la novia, sino dos bueyes y un caballo enfrenado, con un escudo,
una framea y una espada. Con estos dones recibe el marido a la mujer, y ella
asimismo presenta al marido algunas armas. Este tienen por el vínculo más estrecho
que hay entre ellos, y por el sacramento y dioses de sus bodas. Todas las cosas en el principio de sus casamientos están avisando a la mujer que no piense que ha de estar
libre, y no participar de los pensamientos de virtud, y valor y sucesos de las guerras,
sino que entra por compañera de los trabajos y peligros del marido, y que ha de
padecer y atreverse a lo mismo que él en paz y en guerra. Esto significan los dos
bueyes en un yugo, y el caballo enjaezado y las armas que les dan. Que de esta
manera se ha de vivir y morir, y que lo que recibe lo ha de volver bueno y entero
como se lo dieron, a sus hijos; pues es digno de que lo reciban sus nueras, para que
otra vez lo den a sus nietos.
Su propia castidad las guarda, sin que las pervierta la vista y ocasiones de los
espectáculos y fiestas, ni los incentivos de los banquetes. Y no ayuda poco que ni
ellas ni los hombres saben leer no escribir, ni usar del secreto de esto para
comunicarse. Hay pocos adulterios, en una nación tan numerosa; el castigo es
inmediato y corre a cargo del marido, el cual, después de haberle cortado los cabellos
en presencia de los parientes, la echa desnuda de casa y la va azotando por todo el
lugar
. Tampoco se perdona a las que proceden mal, aunque no sean casadas; que
no hallará marido, por mucho que sea hermosa, moza y rica, porque ninguno allí se
ríe de los vicios, no se llama vivir en el siglo el corromper y ser corrompido. Y aún
hacen cosas mejor las ciudades donde solamente se casan las doncellas, y una sola
vez se cumple y pasa con el deseo y esperanza de ser casada: de manera que como
no tienen más de un cuerpo y una vida, así no han de tener más que un marido, para
que no tengan más pensamiento de casarse ni más deseo de ello, y que no le amen
como a marido, sino como a matrimonio. Tiénese por gran pecado entre ellos dejar
de engendrar, y contentarse con cierto número de hijos, o matar algunos de ellos. Y
pueden allí más las buenas costumbres que en otras partes las buenas leyes.
Andan los niños en todas las casas sucios y desnudos, y vienen a tener
aquellos miembros y cuerpos tan grandes de que nos admiramos. Cada madre cría
sus hijos y les da leche, y no los entregan a esclavas ni amas. Con el mismo regalo se
crían los hijos de los esclavos que los del señor, sin que en esto se diferencien los
unos de los otros. Viven y andan todos juntos entre el ganado y en la misma tierra,
hasta que la edad divide los libres de los que no lo son, y la virtud los da a conocer.
Llegan tarde a mujeres, y por eso conservan más largo tiempo la flor de la juventud.
Tampoco se dan prisa en casar las hijas. Gozan de la misma juventud, y tienen
semejante grandeza de cuerpo, y júntanse de una edad, y ambos fuertes, y así los
hijos sacan las fuerzas de los padres. A los hijos de la hermana se hace la misma
honra en casa del tío que en la de sus padres. Algunos piensan que este parentesco
es el más estrecho e inviolable, y cuando han de recibir rehenes, los piden más que a
otros; porque les parece que estos les serán más firmes prendas, como más
queridos, así en la familia del padre como en la del tío. Todavía los hijos son
herederos y sucesores de los padres, y no hay entre ellos testamento. A falta de hijos
suceden primero los hermanos, y luego el tío de parte de padre, y después el de
parte de madre. Los viejos en tanto tienen más gracia y favor, en cuanto tienen más
deudos y mayor número de parientes por afinidad. El no tener hijos no causa respeto
ni admiración.
Es fuerza ser enemigo de los enemigos del padre o pariente, y amigo de sus
amigos. Pero no duran, sin poderse aplacar, las enemistades; porque todos los
agravios y aún el homicidio se recompensan por cierto número de ganado
, y toda la familia recibe la satisfacción; cosa muy útil para el bien público, porque las
enemistades entre hombres que viven en libertad son más peligrosas. No hay nación
más amiga de fiestas y convites, ni que con mayor gusto reciba los huéspedes.
Tiénese por cosa inhumana negar su casa a cualquiera persona. Recíbelos cada uno
con los manjares que mejor puede aparejar según su estado y hacienda. Y cuando no
tiene más que darles, el mismo que acaba de ser huésped los lleva y acompaña a
casa del vecino, donde, aunque no vengan convidados (que esto no hace al caso), los
acogen con la misma humanidad, sin que se haga diferencia cuanto al hospedaje
entre el conocido y el que no lo es. Es costumbre entre ellos conceder cualquiera cosa
que pida el que se parte, y la misma facilidad tienen en pedirle lo que les parece.
Huelgan de hacerse dádivas y presentes los unos a los otros; pero si zahieren los que
dan, ni se obligan los que reciben. Tratan cortésmente a sus huéspedes en todo lo
necesario para la vida.
Al levantarse de la cama, en que se están casi siempre hasta muy entrado el
día, se lavan, y las más veces con agua caliente, por ser en aquella tierra la mayor
parte del tiempo invierno. Después de lavados, se sientan a comer cada uno en su
asiento y mesa aparte, y habiendo comido, se van armados a sus negocios; y de esta
manera también muchas veces a los banquetes. No tienen por deshonroso pasar el
día y la noche bebiendo. Son muy ordinarias las riñas y pendencias, como entre
borrachos, que pocas veces se suelen acabar con palabras, y las más con heridas y
muertes. Y también tratan en los banquetes de reconciliarse los enemigos, de hacer
casamientos y elegir príncipes; y en fin, muchas veces de las cosas de la paz y de la
guerra; como si en ningún otro tiempo estuviera el ánimo más capaz de buenos y
sencillos pensamientos, ni más pronto y encendido para grandes empresas. Y esta
gente que de suyo no es astuta ni sagaz, descubre también los secretos de su pecho
con la licencia que le da el lugar. Y aquello que todos han descubierto y manifestado
de su ánimo, puede retractarse al día siguiente, porque se tienen consideración y
respeto con ambos estados. Proponen y votan cuando no saben fingir, y resuelven y
determinan cuando no pueden errar.
Hacen una bebida de cebada y trigo, que quiere parecerse en algo al vino. Los
que habitan cerca de la ribera del Rin compran éste. Sus comidas son simples;
manzanas salvajes, venado fresco y leche cuajada. Sin más aparato, curiosidad ni
regalo matan el hambre; pero no usan de la misma templanza contra la sed. Y si se
les diese a beber cuanto ellos quisieran, no sería menos fácil vencerlos con el vino
que con las armas.
Sus fiestas y juegos son siempre los mismos en cualquier junta. Algunos
mancebos desnudos que tratan de este juego, se arrojan saltando entre las espadas y
las frameas. El ejercicio les ha dado el arte para hacerlo bien, y el arte la gracia: pero
no lo hacen por ganancias o salario: aunque es precio y paga de aquella su temeraria
lozanía el gusto y aplauso de los que lo miran. Y es cosa de maravillas el que se
entregan a los juegos de azar con la mayor seriedad y lucidez y con tanta codicia y
temeridad de ganar y perder, que cuando les falta qué jugar, la última parada y
apuesta es la libertad y el cuerpo. El vencido se hace esclavo de su propia voluntad, y
aunque sea más mozo y más robusto, se deja atar y vender: que tanta obstinación
tienen en cosa tan mala, que ellos llaman guardar la fe y palabra. Truecan de buena
gana los esclavos de esta calidad, por librarse también de la vergüenza que causa tal
victoria.

Comentarios

Entradas populares