GERMANIA II




No se sirven de los demás esclavos, como nosotros, empleando a cada uno en
las tareas domésticas; dejan a cada uno de ellos vivir aparte, y que trabaje para sí; y
el señor les carga cierto pensión de grano, ganado o vestidos, como a un labrador; y con esto no tiene el esclavo que obedecerle en más. Los otros oficios de la casa los
hacen la mujer y los hijos. Pocas veces azotan a los esclavos, ni les ponen en cadena,
ni los condenan a trabajar. Suelen matarlos, no por castigo ni severidad, sino cuando
los ciega el enojo y la cólera, como pudieran hacerlo con un enemigo, pero sin recibir
pena por ello. Los libertos son poco más estimados que los esclavos, y pocas veces
tienen influencia en la casa de los amos, y nunca en las ciudades, salvo en aquellas
en que mandan reyes. Que allí pueden más que los libres y más que los nobles. En
todas las demás, la desigualdad de los libertos sirve para conocer los que son libres.
Aquí no se sabe qué cosa es dar y tomar a interés, ni acrecentar el caudal con
usuras; y por esto se usa menos que si fuera prohibido. Cada lugar toma tanta tierra
para labrar
, cuanto tiene hombres que la labren; y la reparten después entre sí,
conforme a la calidad de cada uno, y es fácil la repartición por los muchos campos
que hay. Mudan cada año de heredades, y siempre les sobra campo: porque no
procuran acrecentar la fertilidad y cantidad de la tierra con el trabajo e industria,
plantando árboles, cercando prados y regando huertas. Sólo se contentan con que la
tierra les dé grano: y así no reparten el año con tantas partes. Conocen el invierno,
primavera y estío, y saben sus nombres; el del otoño no le saben ni sus bienes.
Ninguna ambición tienen en sus entierros. Sólo para quemar los cuerpos de
los hombres ilustres usan de cierta leña especial. No echan sobre la hoguera vestidos
no cosas olorosas. Sólo queman con los muertos sus armas y con algunos sus
caballos. Hacen los sepulcros de céspedes. Y menosprecian los monumentos grandes
y de mucha obra, como enfadosos y pesados a los difuntos. Dejan presto las lágrimas
y llanto, y tarde el dolor y la tristeza. Tienen por cosa honesta y conveniente para las
mujeres el llorar; y para los hombres el acordarse de los difuntos. Esto es lo que en
general he sabido del origen y costumbres de los Germanos. Ahora diré de los
institutos y usos de cada gente de ellos, y en qué se diferencian los unos de los otros;
y asimismo las naciones que de Germania pasaron a las Galias.
El divino Julio, príncipe de los autores, escribe que antiguamente la potencia
de los Galos fue mayor; y por esto es cosa creíble que también ellos pasaron a
Germania: porque, ¿cuánto era lo que podía estorbar ni impedir el río, para que cada
nación, a medida que se hacía poderosa, no dejase sus tierras y ocupase las ajenas,
que aún eran comunes y no divididas no defendidas por la potencia de los reinos? Y
así los Helvecios ocuparon la tierra que hay entre la selva Hercinia y el río Meno y el
Rin, y los Boyos pasaron más adelante, y ambas naciones son Galas. Y aún ahora
dura el nombre de Boyasmo
, que es memoria de aquella nación, aunque los que le
habitan son ya otros. Es cosa incierta si los Araviscos, dividiéndose de los Osos
, que
es nación de Germania, pasaron a Panonia, o si los Osos, dejando a los Araviscos,
vinieron a Germania: porque ambas gentes tienen aún ahora el mismo lenguaje, y las
mismas ordenanzas y costumbres; y porque viviendo antiguamente en una gran
pobreza y libertad, eran unos mismos los bienes y los males de una orilla y de la otra.
Los Treveros y los Nervios
desean y procuran con gran ambición que su origen sea de Germania; como si por esta gloria de la casta dejaran de parecerse a los Galos en
el talle y en la flojedad. Los Vangiones, Trebocos, y Nemetes
, que habitan la ribera
del Rin, sin duda son Germanos. Ni los Ubios tampoco, aunque merecieron ser colonia
de los Romanos y se llamen de mejor gana Agripinenses
, del nombre de su
fundadora, se avergüenzan de su origen, que es de los Germanos. Que habiendo
éstos pasado antiguamente el Rin, por las muchas pruebas que hubo de su fidelidad,
los pusieron sobre la misma ribera, no para ser guardados, sino para que la
guardasen de los demás.
Los Batavos
son los más valerosos de estas naciones. No tienen mucha
tierra en la ribera del Rin; pero ocupan una isla de él. Antiguamente fue pueblo de los
Catos, y por las disensiones que hubo entre ellos, llegaron a establecerse en lo que
había de ser parte del imperio romano. Quédales la honra y el testimonio de la
compañía antigua, porque no los tratan con menosprecio como a vencidos con la
carga de los tributos, ni los cobradores de tributos los maltratan. Viven libres de
cargas y de imposiciones, y solamente apartados de los demás para el uso de las
batallas, se guardan y reservan como armas para las guerras. Este mismo
reconocimiento hacen los Matiacos
. Que la grandeza del pueblo romano llegó a
extender la reverencia y respeto del imperio más allá del Rin y de los términos
antiguos. Y así, aunque viven de la otra parte en su ribera y términos con todo eso se
nos inclina su ánimo y voluntad. Y en todo lo demás son semejantes a los Batavos,
salvo que, como gente que goza del suelo y cielo de su tierra, son más animosos y
feroces. No contaré entre los pueblos de Germania los que cultivan los campos
decimales
, aunque tengan su asiento de la otra parte del Rin y del Danubio. La
gente más liviana y perdida de los Galos, y a quien daba osadía su pobreza, ocupó
estas tierras de dudosa posesión; y como después se alargaron los términos del
imperio, y las guarniciones se establecieron más adelante, se hallan ahora en medio
de él, y son tenidos por parte de la provincia.
Más allá de éstos habitan los Catos, comenzando su asiento desde la selva
Hercinia, fuera de la cual no poseen nada. Son los de esta nación de cuerpos más
robustos, de miembros recios, y de aspecto feroz y de mayor vigor de ánimo. Tienen
mucha industria y astucia para ser Germanos: porque dan los cargos a los mejores,
obedecen a sus capitanes, guardan sus puestos, conocen las ocasiones, difieren el
ímpetu, reparten el día, fortifícanse de noche, cuentan la fortuna entre las cosas
dudosas, y la virtud entre las seguras y ciertas, y lo que es más raro, y que no
alcanza sino por razón de la disciplina militar, confían, más fundamento en el capitán
que en el ejército. Toda su fuerza consiste en la infantería, la cual, además de las
armas, lleva también su comida y los instrumentos de hierro para las obras militares.
Los otros Germanos parece que van a dar batalla, y los Catos a hacer la guerra.
Hacen pocas correrías y escaramuzas, y peleas casuales. Esto es propio de la
caballería, hacer presto su efecto y retirarse enseguida. La prisa anda cerca del
temor, y la dilación de la constancia.
Lo que entre otras naciones de Germania se hace pocas veces, y eso por la
osadía de algunos, entre los Catos está ya introducido por común consentimiento de
todos; y es que los mancebos dejen crecer el cabello y la barba, y que no se quitan
aquella figura de la cara y cabeza, como voto y obligación que hacen a la virtud, sino
es habiendo muerto algún enemigo. Cuando han cumplido su deseo y voto, puestos
sobre la sangre y despojos del enemigo, descubren la frente, y dicen que entonces
han satisfecho a la obligación de haber nacido, y que son dignos de su patria y de su
padre. Los flojos, flacos y cobardes, y que son inútiles para la guerra, quedan
siempre en aquella suciedad. Los más fuertes traen también un anillo de hierro, que
es cosa afrentosa para aquella gente, como por prisión, hasta desatarse de ella con
haber muerto algún enemigo. Son muchos de los Catos los que gustan de este traje;
y con esta insignia llegan a encanecer, y son mirados y respetados de los enemigos y
de los suyos. Estos son siempre los que comienzan las batallas. De éstos se forma
siempre el primer escuadrón nuevo en la vista, porque ni aún en tiempo de paz se les
quita ni disminuye aquel aspecto horrible y espantoso. Ninguno de ellos tiene casa o
heredad, ni cuidan de ello: donde quiera que llegan, los reciben y sustentan, pródigos
de los bienes ajenos y despreciadores de los propios, hasta que con la vejez pierden
la sangre, y con ella se reducen a estado de no poder llevar tan áspera y rigurosa
virtud.
Tras los Catos están los Usipios y los Tencteros
a la ribera del Rin, donde
corre ya fijo por un grave cauce que puede servir de término. Los Tencteros, además
de la reputación que han alcanzado en la guerra, tienen grande ventaja en la
caballería; la cual no es menos estimada que la infantería de los Catos. Sus
antepasados la instituyeron, y los descendientes los imitan. Estos son los juegos de
los niños, las competencias de los mancebos, en que perseveran aún después de
viejos. Dánse los caballos por parte de la herencia; pero no, como las demás cosas al
hijo mayor, sino al que se muestra feroz y mejor para la guerra.
Tras los Tencteros se encontraban antiguamente los Bructeros, cuyas tierras
se dice que ocupan ahora los Camavos y Angrivarios
, habiendo echado de ellas, y
destruido totalmente a los Bructeros con consentimiento de las naciones comarcanas,
o por el odio que les tenían por su soberbia, o por codicia de la presa, o por favor
particular que nos han querido hacer los dioses. Porque aún no nos negaron el
espectáculo de la batalla, en que murieron sesenta mil de ellos, sin que interviniesen
las armas de los Romanos, sino para gusto y recreación de nuestros ojos que es cosa
más magnífica y gloriosa. Plegue a los dioses, si estas gentes no nos han de amar,
que haya entre ellos siempre grandes aborrecimientos; pues que declinando los
hados del imperio, ninguna cosa mayor nos puede dar la fortuna que discordias entre
los enemigos.
Los Dulgivinos y los Casvaros
con otras naciones no tan nombradas cierran
por las espaldas a los Angrivarios y Camavos, y por la frente los reciben los Frisones,
que se llaman mayores y menores, según son más o menos poderosos. Estas dos
naciones se van extendiendo junto al Rin hasta el Océano, y rodean también grandísimos lagos, por donde han navegado armadas romanas. Y también por aquella
parte tentamos con la navegación el mismo Océano
. Y la fama publicó que había
columnas de Hércules
, ya sea porque él haya llegado a aquellas partes, o que todas
las cosas grandes, de común acuerdo las atribuimos a su gloria. No faltó osadía a
Druso Germánico para averiguarlo, pero estorbáronselo las tempestades; de manera
que parece que no quiso el Océano que se inquiriesen sus cosas ni las de Hércules.
Después acá ninguno lo intentó, y ha parecido más religioso y más conforme a la
reverencia que debemos a los dioses creer sus obras que querer saberlas.
Hasta aquí tuvimos conocimiento de Germania por el Occidente. Hacia el
norte da un gran rodeo. Desde los Frisios comienzan luego los Chaucos
, que ocupan
mucha más costa del mar y se van extendiendo al lado de todas las naciones que he
nombrado, hasta que revuelven hacia los Catos. Y no sólo son señores los Chaucos de
tan grande espacio de tierras, sino que las llenan. Este es un pueblo el más noble de
toda Germania, y que prefiere conservar su grandeza con justicia que con fuerza;
viven quietos y retirados, sin codicia y sin mal apetito; no buscan guerras, ni hacen
robos ni latrocinios. Y el mayor argumento de su virtud y fuerzas es, que para ser
superiores a todos, no hacen agravio a ninguno. Verdad es que tienen siempre todos
prontos las armas. Y siendo necesario pueden armar ejército, porque tienen gran
cantidad de caballos. Y estando sosegados y en paz, tienen la misma fama y
reputación.
Al lado de los Chaucos y de los Catos habitaban los Cheruscos
, los cuales, no
habiéndolos acometido nadie, gozaron largo tiempo de una duradera paz, que los fue
marchitando. Y esto les fue más gustoso que seguro. Porque el estar sosegados entre
vecinos poderosos e insolentes, es sosiego falso: donde se procede por armas, la
bondad y modestia son los nombres de los superiores. Y así los Cheruscos, a los que
antiguamente les decían buenos y justos, los llaman ahora necios, flojos y cobardes,
y la fortuna de los Catos, que los dominaron, se convirtió en sabiduría. La ruina de los
Cheruscos llevó tras sí a los Foscos
sus vecinos: y vinieron a ser igualmente
compañeros suyos en las adversidades, habiendo sido menores en las prosperidades.
Los Cimbros
están en aquel mismo seno de Germania cercanos al Océano, y
es ahora ciudad pequeña, pero de grande nombre. Y vénse grandes rastros de su
antigua fama; y en ambas riberas hay ruinas de alojamientos, y espacios de ellos;
por cuyo circuito ahora también podrá medirse la grandeza y multitud de su gente, y
creer que tuvieron aquel grande ejército que se dice. Corría el año seiscientos y
cuarenta de la fundación de nuestra ciudad, cuando se oyó hablar la primera vez de
las armas siendo cónsules Cecilio Metelo y Papirio Carbón. Y si desde entonces
contamos hasta el segundo consulado de Trajano, hallaremos casi doscientos diez
años; y tantos ha que estamos conquistando a Germania. Y entre tan largo tiempo ha
habido grandes daños y pérdidas de una parte y de otra. De manera que ni los Samnitas, ni los Cartagineses, ni las provincias de España, ni las de las Galias, ni aún
los Partos no dieron tan frecuentes advertencias de la flaqueza humana, ni nos
mostraron más veces que no éramos invencibles; porque más dura y dificultosa cosa
es de vencer la libertad de los Germanos que el reino de Arsaces
. Porque, ¿con qué
otra cosa nos puede dar en rostros el Oriente abatido por Ventidio, sino con la muerte
de Craso, habiendo también él perdido a Pacoro su rey a manos del mismo Ventidio?
Pero los Germanos, habiendo preso o desbaratado a Carbón, y Casio y Scauro
Aurelio, y Servilio Cepión, quitaron juntamente cinco ejércitos consulares al pueblo
romano, y también a César le quitaron a Varo con sus tres legiones. Y no lo
maltrataron y vencieron sin recibir daño Cayo Mario en Italia, el divino Julio en las
Galias, y Druso, Nerón y Germánico en sus propias tierras. Y después de esto se
convirtieron en burla y escarnio las grandes amenazas de Cayo César
. Desde
entonces hubo ociosidad, y no se movieron, hasta que con la ocasión de nuestra
discordia y de las guerras civiles, habiendo ganado los alojamientos donde
invernaban las legiones, desearon y procuraron también sujetar las provincias de las
Galias, de donde después fueron echados. Y poco tiempo ha se triunfó de ellos sin
haberlos vencido
Ahora hemos de decir de los Suevos
, los cuales no son una gente sola, como
los Catos o los Tencteros, sino muchas y diferentes naciones, y con propios nombres
cada una, aunque en común se llaman Suevos, y ocupan la mayor parte de
Germania. La insignia de esta gente es enrizarse el cabello y atarle con un nudo. Con
esto se diferencian los Suevos de los demás Germanos, y los libres de ellos de los
esclavos. Entre las otras gentes se usa poco esto, sino algunos que han emparentado
con los Suevos, o por imitarlos, como se suele, pero ninguno lo hace pasados los
años de la mocedad. Los Suevos aún después de canos andan con el cabello en
aquella forma, que causa horror, echado atrás sobre la espalda, y muchas veces le
atan solamente en lo alto de la cabeza. Los príncipes le traen con más curiosidad, y
este cuidado tienen de la compostura de su rostro, pero sin mala intención ni culpa;
porque no se adornan de esta manera para amar o ser amados, sino que habiendo de
ir a las batallas, piensan que con traer el cabello levantado en esta forma han de
causar terror al enemigo cuando pusiere los ojos en ellos.
Los Semnones
dicen que son ellos los más antiguos y más nobles de los
Suevos, y confírmase la fe de su antigüedad con su religión. Que en cierto tiempo del
año se juntan todos los pueblos de aquella nación por sus embajadores en un bosque
consagrado a sus antepasados con supersticiones y agüeros, y matando públicamente
un hombre por sacrificio, celebran con esto los horribles principios de su bárbaro rito.
Reverencian asimismo este bosque sagrado con otra ceremonia. Que ninguno entra
en él sino atado, como inferior, y mostrando y confesando en eso la potestad de Dios.
Y si alguno se cae por casualidad no es lícito levantarse, y se ha de ir revolcando por
el suelo. Y toda esta superstición se endereza a mostrar que de allí ha tenido origen
su gente, y que Dios, señor de todos, habita allí, y que todas las demás cosas le están sujetas y obedientes. Añade autoridad a esto la multitud de los Semnones,
porque habitan cien ciudades, y por su grandeza se tienen por cabeza de los Suevos.
Y por el contrario ennoblece a los Longobardos
su poco número: porque
estando rodeados de muchas y muy belicosas naciones, se conservan y están
seguros, no con sumisión y obediencia, sino con batallas y peligros, y poniéndose en
ellos. Los Reudignos, Aviones, Anglos, Varinos, Eudoses, Suardones y Nuitones
están cercados y amparados de ríos y de bosques. Ninguno de ellos tiene en
particular casa notable. Todos en común adoran a Hestha, que significa la Madre
Tierra, la cual piensan que interviene en las cosas y negocios de los hombres, y que
entra y anda en los pueblos. En una isla del Océano hay un bosque llamado Casto, y
dentro de él un carro consagrado cubierto con una vestidura: no es permitido tocarle
sino a un sacerdote. Este conoce cuando la diosa está en aquel sagrario, y con mucha
reverencia va siguiendo el carro que tiran vacas. Son días alegres y regocijados y
lugares de fiesta todos aquellos donde tiene por bien llegar y hospedarse. Y no tratan
de cosas de guerra
, ni toman las armas, y todo género de ellas está encerrado; y
solamente se busca y ama la paz y quietud, hasta que el mismo sacerdote vuelve la
diosa a su templo harta y cansada de la conversación de los hombres. Y luego se lava
en un lago secreto el carro y la vestidura, y la misma diosa, si se los quiere creer.
Desempeñan este ministerio unos esclavos, los cuales traga el mismo lago: de donde
les viene a ellos un oculto terror y una santa ignorancia de qué pueda ser aquello que
ven solamente los que han de perecer.
Y esta es la parte de los Suevos que se extiende más adentro de la Germania.
La más cercana ciudad (para seguir ahora el Danubio, como antes seguí el Rin) es la
de los Hermunduros
, gente fiel a los Romanos, y por eso ellos solos entre los
Germanos negocian y tratan no solamente en la ribera, sino más adentro, y hasta en
la insigne y famosa colonia de la provincia de Retia. Pasaron por todas partes sin
llevar guarda. Y siendo así que a las otras naciones de la Germania enseñamos
solamente nuestras armas y los alojamientos, a estos abrimos nuestras casas y
heredades, pues no las codician. En la tierra de Hermunduros nace el río Albis
, tan
celebrado y conocido en otro tiempo, pero ahora no más que de oídas.
Junto a los Hermunduros habitan los Nariscos, y luego los Marcomanos y los
Cuados
. La principal gloria y fuerza son las de los Marcomanos los que ganaron con su valor la misma tierra que poseen, echando de ella a los Boyos: pero no degeneran
de ellos los Nariscos y los Cuados. Esta es la frontera de Germania por la parte que la
ciñe el Danubio. Los Marcomanos y Cuados tuvieron hasta el tiempo de nuestra
memoria
reyes de su misma gente. Fue noble entre ellos el linaje de Maroboduo y
Tudro. Ahora sufren ya imperio de extranjeros, pero la fuerza y poder de sus reyes
depende de la autoridad romana. Pocas veces les ayudamos con nuestras armas,
pero muchas más con dinero.
No son menos poderosos
los Marsignos, Gotinos, Osos y Burios, que cierran
por las espaldas los Marcomanos y Cuados
. Dos de los cuales, los Marsignos y
Burios, se parecen a los Suevos en el traje y lengua. Los Gotinos por la lengua gálica
que hablan, y los Osos por la panónica muestran no ser Germanos; y también porque
sufren tributos, los cuales, como a extranjeros, les cargan los Sármatas, y parte los
Cuados, a los Gotinos, para avergonzarlos más los obligan a trabajar en las minas de
hierro. Tienen todos estos pueblos poca tierra llana; pero hicieron asiento en bosques
y en las cumbres de los montes; porque éstos se continúan hasta el fin de la Suevia,
y la dividen por medio. De la otra parte de estas montañas viven otras muchas
gentes, entre las cuales la de los Ligios
es la de mayor nombre y que se extiende
por más ciudades. Bastaría que mencione las más poderosas, que son los Arios,
Helveconas, Mánimos, Ensios, Naharvalos. En la tierra de los Naharvalos hay un
bosque de antigua religión a cargo de un sacerdote que anda con vestido femenil. Los
dioses de él, según la interpretación romana, dicen que son Cástor y Pólux, y el
nombre de aquella deidad es Alcis. No tienen imágenes suyas, ni hay rastros de
superstición extranjera, pero son adorados como hermanos y como mozos. Y los
Arios además de aventajar en fuerzas a los pueblos que hemos nombrado poco ha,
siendo feroces, ayudan su fiereza natural con el arte y con el tiempo. Traen los
escudos negros y teñidos, y escogen las noches más oscuras para las batallas; y con
el mismo terror y figura de este ejército funeral causan espanto, no pudiendo ninguno
de los enemigos sufrir aquella nueva vista que parece como infernal. Porque los ojos
son los primeros que se vencen en las batallas. Tras los Ligios siguen los Gotones
, a
quienes mandan reyes; y aunque están algo más sujetos que las demás naciones de
Germania, no les han quitado aún del todo la libertad. En la costa del Océano habitan
los Rugios y Lemovios
; y todas estas gentes obedecen a reyes, y usan escudos
redondos y espadas cortas.
Y luego en el mismo Océano tienen sus ciudades los Suyones
, gente
poderosa en soldados y armadas. Sus navíos se diferencian de los nuestros en que tienen proa en ambas partes, para poder por cualquiera llegar a abordar y a tierra.
No usan de velas, ni llevan los remos atados por los costados, sino sueltos y libres,
para poderlos mudar al lado que fuere menester como en la navegación de algunos
ríos. También entre ellos tienen honra y estimación las riquezas, y por esto los manda
uno solo; no por permisión suya y por el tiempo que les parece, sino con absoluto
poder, sin excepción alguna. Y no se les permite, como a los demás Germanos, el uso
de las armas indiferentemente (y que cada uno las traiga y tenga en su casa), sino
que están cerradas, con guarda permanente de un esclavo. Porque el Océano prohíbe
las entradas y acontecimientos repentinos de enemigos; y verdaderamente los
hombres con armas en las manos, estando ociosos, fácilmente se dan al vicio y
causan desórdenes. Y no es provechoso para los reyes entregar la guarda de las
armas al noble ni al libre, ni aún al libertino.
Más allá de los Suyones hay otro mar tan tranquilo
, que casi no se mueve; y
se cree que es el que cerca y ciñe la redondez de la tierra, porque después de puesto
el sol se ve siempre aquel su resplandor que deja hasta que vuelve a nacer, de
manera que oscurece las estrellas. Y también hay opinión que se oye el ruido que el
sol hace al zambullirse en el Océano, y que se ven las figuras de los dioses, y los
rayos de la cabeza; y es la fama que hay, y verdadera, que hasta allí y no más llega
la naturaleza. En la costa del mar Suévico a mano derecha habitan los Estios
. Los
cuales tienen los ritos y hábitos de los Suevos, y en la lengua se parecen más a los
Bretones. Adoran a la Madre de los dioses. Y por insignia traen unas figuras de
jabalíes. Y esto les sirve de armas y de seguridad y defensa aún entre los enemigos.
Usan poco de hierro y mucho de varas. Y trabajan más y con más cuidado y
sufrimiento en cultivar la tierra y sembrar granos y otros frutos, que lo que
acostumbra la pereza de los demás Germanos. Navegan también por el mar,
escudriñando sus secretos. Y ellos solos cogen en los bajíos y en la misma costa el
ámbar amarillo, que llaman gleso. Pero como son bárbaros nunca han procurado
saber, no hallado lo que es ni cómo se engendra. Durante mucho tiempo lo solían
dejar entre las otras inmundicias que la mar echa, hasta que nuestro apetito y
superfluidad le puso nombre y estimación. Ellos no lo usan; cógenle tosco, y como le
han hallado nos le traen sin darle otra figura o forma, y maravíllanse del precio que
reciben por él. Pero bien se puede entender que es licor de algún árbol, porque
muchas veces se echan de ver en medio de él algunos animalejos y avecillas, que
habiéndosele pegado, se quedan después allí encerrados cuando se endurece la
materia. Yo creería que, como en algunas partes secretas del Oriente se hallan
arboledas que producen el incienso y el bálsamo, así también pueden tener árboles
más fértiles en las selvas y bosques de las islas y tierra firme del Occidente, cuyos
licores, secados por los rayos del sol que tienen cerca, vienen a caer en la mar junto
a ellos, de donde las tempestades y vientos los echan en las otras cosas que estén
enfrente. Si se prueba la naturaleza del ámbar pegándole fuego, hallaremos que se enciende como tea, y hace una grasa llana y olorosa, y después se ablanda y derrite,
quedando como pez o resina. Confinan con los Suyones las gentes de los Sitones
los cuales se les parecen en todo lo demás, y sólo se diferencian en que los señorea
una mujer: que tanto como esto degeneran, no solamente de la libertad, sino de la
servidumbre misma. Aquí es el fin de la Suevia.
Estoy en duda si pondré las naciones de los Peucinos, Venedos y Fennos
entre los Sármatas o entre los Germanos, aunque los Peucinos, a que algunos llaman
Bastarnas, viven como los Germanos en la lengua y hábito, y asiento y casas. La
suciedad y entorpecimiento es común a todos. Y habiendo los principales de ellos
emparentado con los Sármatas
, se han corrompido algo, haciéndose a su manera de
vida. Los Venedos han tomado mucho de sus costumbres, porque, como salteadores,
corren todos los montes y sierras que hay entre los Peucinos y los Fennos. Pero con
todo eso se cuentan éstos más por Germanos, porque fabrican casas, y traen
escudos, y se huelgan de caminar a pie, y son ágiles; todo lo cual es diferente en los
Sármatas, que viven en carros y andan a caballo. Los Fennos tienen una horrible
fiereza, y una pobreza cruel. No tienen armas, ni caballos, no casas; susténtanse con
hierba, vístense de pieles, y la tierra les sirve de cama. Consiste toda su esperanza
en las flechas, las cuales, a falta de hierro, arman con huesos. Los hombres y
mujeres se sustentan de la caza; que ellas de ordinario los acompañan y les piden
que les den parte. Los niños no tienen otro refugio ni acogida contra el agua y las
fieras, sino algunas enramadas con que se cubren y amparan y a ellas acuden los
mozos, y a ellas se recogen los viejos. Y les parece esto mayor felicidad que cansarse
y gemir labrando los campos y fabricando las casas, y cuidar entre la esperanza y el
miedo los bienes propios y ajenos. Y viviendo seguros para con los hombres y
seguros para con los dioses, han alcanzado una cosa dificultosísima, o sea que ni
tengan necesidad del deseo. Lo demás que se cuenta de la tierra y gente que habita
más allá de las que he dicho, todo es fabuloso; es como decir que los Helusios y
Oxionas tienen las cabezas de hombres y los cuerpos y miembros de fieras. Y así
dejaré de tratar de esto, como cosa que no está averiguada.

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