Cómo Jope fué tomada otra vez y destruida



Estando en este estado las cosas, juntóse mucha gente de los que habían huído de las
ciudades destruídas, y de los que habían también huído de los romanos, por discordias y
sediciones; renovaron a Jope, destruída antes por Cestio, y pusieron allí dentro de su asiento.
Por estar apretados en aquella tierra que había sido antes tan destruida, determinaron entrar
por la mar; y haciendo naos y galeras de corsarios, pasaban a Siria, Fenicia y a Egipto, y
hacían allí grandes latrocinios; de tal manera iba esto, que no había ya quien osase salir
contra ellos, ni aun navegar por la mar de aquellas partes.
Pero sabiendo Vespasiano lo que habían éstos determinado hacer, envió gente de a
caballo y de a pie, y entraron de noche en la ciudad, la cual estaba sin guarda alguna.
Sintiendo esto los que dentro vivían, espantados con temor grande, recogiéronse huyendo
a las naos, por no hacer fuerza a los romanos; y estuviéronse dentro de ellas toda la noche
mar adentro un tiro de saeta. Mas como de su natural no tuviese puerto Jope, porque viene a
dar en una áspera orilla, corvada algún tanto por ambas partes, y extendiéndose a lo ancho,
se mueve gran tempestad en este mar, adonde también se muestran aún las señales de las   cadenas de Andrómeda, por fe de la fábula antigua, y el viento Aquilonal llamado Nordeste
da en aquella marina y levanta las ondas, dando en las peñas que allí hay muy altas, y la
soledad es causa de que el lugar sea menos seguro.

Estando los jopenos ondeando en aquel mar,  a la mañana algo más fuertemente, por
sobrevenir a estas horas un viento que llaman los que por allá navegan Melamborea, dieron
las unas con las otras, y otras en aquellos peñascos que por allí había; y entrándose otras por
fuerza, contra el viento, mar adentro, porque temían la orilla, que estaba llena de peñas y
piedras, y temían también a los enemigos que allí estaban; levantadas en alta mar se hundían
y no tenían lugar para huir, ni esperanza de salud si quedaban, siendo echados de una parte
por violencia de los vientos, y de la ciudad por la fuerza de los romanos.
Oíanse muchos gemidos de los que estaban dentro las naos, que se encontraban unas con
otras; y oíase también el ruido que quebrándose hacían. Muerta, pues, parte de ellos en las
ondas del mar de Jope, y otros ocupados en salvarse, morían; algunos se mataban con sus
espadas adelantándose en darse la muerte, teniendo por mejor aquélla que no morir
ahogados; y muchos, levantados con la braveza de las ondas, daban en aquellos peñascos; iba
esto de tal manera, que la mar estaba llena de sangre, y todas las orillas de la mar estaban
también llenas de cuerpos muertos; porque los romanos ayudaban en ello y quitaban la vida a
cuantos llegaban a las orillas; halláronse echados cuatro mil doscientos cuerpos muertos.
Tomando, pues, sin guerra y sin resistencia alguna los romanos aquella ciudad, la
derribaron toda, y de esta manera en breve tiempo fué presa y destruida dos veces la ciudad
de Jope por los romanos.
Dejó allí Vespasiano, por que no viniesen otra vez ladrones y corsarios a recogerse, gente
de a caballo con alguna de a pie en un fuerte, para que la gente de a pie estuviese allí sin
moverse y defendiese el fuerte; y los de a caballo buscasen todas aquellas tierras de Jope, y
quemasen todos los lugares y aldeas que por allí hallasen. Obedecióle la caballería, y corriendo, todos los días talaban y destruían todas aquellas tierras.
Cuando los de Jerusalén supieron el caso adverso que había acontecido a los de Jotapata,
al principio ninguno lo creía, por ser la desdicha tan grande como habían oído; y también por
no ver alguno que se hubiese hallado en ella, ni  hubiese visto lo que entonces se decía,
porque no había quedado alguno que pudiese ser embajador de lo que había sucedido; pero la
fama sola divulgaba la gran destrucción que había sido hecha, la cual suele ser mensajera
diligente de las cosas tristes y adversas. Mostrábase ya la verdad entre todos los lugares allí
vecinos y en todas las ciudades cercanas, y era. ya entre todos más cierto que dudoso.
Añadíanse a lo hecho y sucedido muchas cosas, ni hechas jamás, ni sucedidas; y decíase
que Josefo había sido muerto en la destrucción de la ciudad, por lo cual hubo grandes llantos
dentro de Jerusalén. Cada casa lloraba su pérdida; pero el llanto por el capitán era común a
todos: unos lloraban a sus huéspedes, otros a sus deudos, otros a sus amigos, algunos otros a
sus hermanos, y todos en general a Josefo; en tanta manera, que duraron los llantos treinta
días continuamente, uno tras otro, y para cantar sus lamentaciones pagaban gran dinero a los
tañedores.
Pero sabiéndose la verdad con el tiempo, y sabiendo cómo pasaba en verdad lo de
Jotapata, y que lo divulgado de la muerte de Josefo era mentira, hallándose claramente que
vivía y estaba con los romanos, y cómo éstos le hacían mayor honra de la que a un cautivo
debían, tomaron tanta ira contra él, cuanta  era la voluntad y benevolencia que le tuvieron
antes, pensando que era muerto. Unos lo llamaban cobarde, y otros lo llamaban traidor; la  ciudad toda estaba muy indignada contra él, y decíanle muchas injurias. Con estas
adversidades se movían voluntariamente, y eran más encendidos con ver tan grandes llagas,
y la ofensa que suele dar ocasión a los prudentes de guardarse, por no sufrir otro tanto, los
movía y era como aguijón para mayor ruina y destrucción, comenzando nuevos males al
terminar otros. Por tanto, era mayor la saña que contra los romanos tomaban, como que
juntamente se hubiesen de vengar de ellos, y principalmente de Josefo; éstas, pues, eran las
revueltas que había en Jerusalén.

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