Cómo Vespasiano combatió a Jotapata: de los ingenios y otros instrumentos de guerra que para ello tenía

                            

Pareciendo, pues, a Vespasiano, por lo que pasaba del tiempo y muchas salidas de los
enemigos, que él mismo era el cercado; llegando ya sus bastiones a la altura de los muro .
determinó servirse entonces de aquel ingenio que llamaban el ariete. Este ariete era un
madero grueso como un mástil de nao; el un cabo está guarnecido con un hierro muy grande
y muy fuerte, hecho a manera de un carnero, de donde le vino el nombre. Cuelga de unas
cuerdas fuertes, con las cuales está atado por media con dos grandes vigas, de las cuales
cuelga come una balanza de peso, y muchos hombres juntos por la parte de atrás, lo echan
con fuerza hacia delante; y con la cabeza de carnero, que es de hierro, da can gran fuerza en
los muros, y no hay fuerza tan fuerte, ni muro, ni torre que no sea finalmente con él
derribada, aunque a los primeros golpes resista. Quiso el capitán rom4nu venir a esto, por el
deseo yprisa grande que ponía en tomar la ciudad, pareciéndole que le era dañoso estar en el
cerco tanto tiempo, no reposándose los judíos en algo.
Tiraban, pues, los romanos sus ballestas, y todas las otras cosas que para pelear tenían,
por herir más fácilmente a los que quisiesen resistirles desde el muro: los ballesteros y los
que tiraban piedras no estaban lejos de allí, por lo cual, no pudiendo ni osando alguno subir
al muro, allegaban ellos el ariete; cercáronlo  de pieles, tanto por que no lo destruyesen,
cuanto por defenderse los que lo movían. Al primer ímpetu rompieron el muro, y levantóse
de dentro tan gran ruido y grita, como si ya fuesen presos.
Viendo Josefo que daban continuamente en un mismo lugar, y que no podían dejar de
derribar todo el muro, pensó algo con que impidiese y estorbase la fuerza de aquel ingenio
que tanto daño hacía: mandó llenar unas sacas grandes de paja, y ponerlas delante de la parte
adonde daba el ímpetu y fuerza del ariete,  para que, o no acertasen los golpes, o cuando
acertasen, no hiciesen mal ni daño alguno con la flojedad de la paja. Esta cosa detuvo mucho
a los romanos, porque donde aquellos que estaban y poníamos delante en la parte adonde él
había de dar; y de esta manera no podían hacer alguna señalen el muro con su ingenio, ni con
sus golpes; hasta tanto que los romanos inventaron también otra cosa contra esto; porque
aparejaron unos palos largos, y ataron en ellos  unas hoces para cortar las cuerdas en las
cuales estaban atadas aquellas sacas. Como, pues, hecho esto, los golpes que el ariete daba
aprovechasen, y el muro que estaba nuevamente edificado fuese derribado, Josefo y sus
compañeros acudieron al fuego, que era el remedio postrero que tenían, y quemaron todo lo
que pudieron, poniendo fuego por tren partes en lo que se podía quemar, y quemaron con él
las máquinas y reparos de los romanos; deshiciéronles los montes que tenían hechos: no
podían impedir esto los romanos sin gran daño suyo, espantándose mucho y aun amedrentándose al ver el grande atrevimiento de los judíos; las llamas  quiera que asentasen su
máquina o ariete, encima del muro, mudaban allá los sacos y fuego, por otra parte, les
estorbaba y era gran impedimento, el cual, como llegó a las cuerdas, que estaban secas, y a
toda la otra materia, que era betún, pez y piedra azufre, todo lo quemaba y hacía volar por el
aire. De esta manera lo que los romanos habían trabajado con tanto trabajo e industria, fué
todo en espacio de una hora destruido.

Un varón judío hubo aquí, digno  de loor y memoria; hijo fué de Sameo, y llamábase
Eleazar, el cual era natural de Saab, lugar de Galilea: éste, pues, levantó una piedra muy
grande muy en alto, y dejóla caer con tanta fuerza encima de la cabeza del ariete, que rompió
la cabeza de aquella máquina; y saltando en medio de sus enemigos, la sacó de entre ellos, y
sin miedo alguno se la trajo consigo al muro. Saliendo después para dar señal que peleasen a
sus enemigos, desnudo en carnes, fué pasado con cinco saetas, y sin tener miramiento a los
golpes ni a las heridas que tenía, subióse encima de los muros, en parte que pudiese ser visto
por todos, y estúvose allí un rato con grande atrevimiento; y forzado con el gran dolor de sus
llagas, cayó con el ariete.
Además de éste fueron también muy valerosos dos hermanos, Netira y Filipo, galileos
ambos, de un lugar llamado Roma, los cuales,  saltando en medio de los soldados de la
décima legión, entraron por ellos con tan gran ímpetu y con tanta fuerza, que rompieron el
escuadrón de los romanos e hicieron huir a todos aquellos contra los cuales habían ido.
Demás de esto Josefo y todos los otros pusieron fuego a todas las máquinas e ingenios, y
a todas las obras de la quinta legión, y de la décima, que había huido. Los otros que después
de éstos siguieron, echaron a perder y destruyeron sus ingenios y fortalezas que tenían los
romanos hechas. Llegando la noche, los romanos volvieron a poner su ariete en aquella parte
del muro que había sido poco antes roto; y aquí uno de los que defendían el muro hirió con
una saeta a Vespasiano en el pie; pero fué pequeña la herida, porque la fuerza que traía le
faltó con venir de tan lejos. Perturbó mucho a los romanos esto, porque los que cerca
estaban, espantados al ver la sangre, divulgáronlo, hicieron correr la fama por todo el tenían,
como si fuera la luz a los enemigos, ejército,  y muchos dejaban el lugar que tenían en el
cerco, y corrían a ver al capitán Vespasiano: fué Tito el primero que a él vino, temiendo por
la vida de su padre. De aquí sucedió que el amor que tenían a su capitán y el temor del hijo,
desbarató el ejército y lo confundió todo; pero  el padre libró fácilmente al hijo del temor
grande que tenía, y puso en orden su ejército; pues venciendo el dolor que la llaga o herida le
daba, y deseando que todos los que por su causa habían temido, lo viesen, movió más cruel
guerra contra los judíos; porque cada uno parecía querer ser el vengador de la injuria que
había sido hecha a su capitán, e incitando con gritos y amonestaciones unos a otros, venían
todos contra el muro.

Josefo y su gente, aunque muchos de ellos  eran derribados con las muchas saetas que
tiraban, y con las otras armas, no por esto se espantaban ni se movían del muro; antes les resistían con. fuego, armas y con muchas piedras, y principalmente a los que movían el ariete,
aunque estaban cubiertos con aquellos cueros que arriba dijimos. Pero ya no aprovechaban
algo, o muy poco, porque morían sin cuenta puestos delante de sus enemigos, a los cuales
ellos, por el contrario, no podían ver, porque estaba tan claro con el fuego que al mediodía, y
daban señal cierta con adonde habían de acertar sus tiros; y no pudiendo ver de lejos las
máquinas que contra sí tenían puestas, no podían guardarse de las armas de los romanos. Así
eran heridos con las saetas y dardos que tiraban, y muchos derribados. Las piedras grandes
que echaban con sus máquinas, aseguraban a los romanos, porque no había judío que osase
pararse delante: derribaban también las torres, y no había hombres tan bien armados ni tan
fortalecidos, que no fuesen derribados todos.

Podrá cualquiera entender la fuerza de esta máquina llamada ,ariete por nombre, por lo
que aquella noche se hizo. Uno de los que estaban junto a Josefo perdió la vida de una
pedrada en la cabeza, quitándosela de los hombros y echándola a tres estadios lejos de allí,
como si la hubieran echado con una honda; otra dió en el vientre de una mujer preñada, y
echó el infante que tenía dentro medio estadio lejos; tanta fué la fuerza de esta máquina; pues  aun era mayor la fuerza de la gente romana, la muchedumbre de saetas y tiros que tiraban,
que no la de las máquinas. Derribando, pues, tantos por los muros, hacían gran ruido y
levantaban muy grandes gritos las mujeres que dentro estaban; y por de fuera se oían
también llantos y gemidos de los que morían, y estaba todo el cerco del muro adonde
peleaban lleno de sangre, y podían ya subir al muro por encima de los cuerpos que había
muertos. A las voces resonaban los montes de tal manera, que aumentaban el temor de todos,
sin que faltase algo en toda aquella noche, que dejara de dar espanto muy grande a los ojos y
oídos de los hombres.

Muchos, peleando valerosamente, murieron  por defender su ciudad: muchos fueron
heridos; y con todo esto apenas pudieron hacer señal con los golpes de sus máquinas en el
muro hasta la mañana. Entonces ellos, con los cuerpos muertos y sus armas guarnecieron
aquella parte del muro que había sido derribada, antes que los romanos pusiesen sus puentes
para entrar por allí en la ciudad.




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