De la vida del capitán Vespasiano, y de dos batallas de los judíos



Cuando Nerón supo no haber sucedido las cosas en Judea prósperamente, quedó muy
amedrentado, pero guardólo en secreto porque era así necesario, y fingiéndose airado delante
de todos voluntariamente, se indignaba, diciendo que había todo aquello sucedido, más por la
negligencia de sus capitanes, que por la virtud y valor de los enemigos; pero pensaba serle
muy conveniente menospreciar lo acontecido, teniendo respeto al peso del gran imperio que
regía; y por parecer que tenía mayor ánimo de lo que las adversidades requerían, aunque el
cuidado que tenía mostraba claramente qué turbados tuviese sus pensamientos, y cuán triste
estuviese en pensar a quién pudiese seguramente encomendar el cargo de todo el Oriente,
que tan revuelto estaba, el cual tomase venganza de los judíos, que se rebelaban, y prendiese
todas las otras regiones s naciones cercanas a  éstas, que con el mismo mal estaban ya
corrompidas.
Halló, pues, para estas necesidades a Vespasiano con ánimo no menor que las cosas
requerían, el cual emprendiese una guerra tan importante, porque era varón ejercitado en ella
desde sus primeros años hasta la vejez, y porque había ya dado señal de su virtud manifiesta
al pueblo romano, apaciguando el Occidente, que estaba muy revuelto por los germanos, y
había sujetado con armas toda la Bretaña, que nunca fué combatida por los romanos hasta
entonces, por lo cual fué causa de que Claudio, su padre, triunfase sin poner trabajo en
alcanzarlo,
Teniendo Nerón su confianza en esto, y riendo también que Vespasiano era hombre de
madura edad y diestro en las cosas de la guerra, y que sus hijos eran penda y rehenes de la
fidelidad que le había de guardar, de tal manera, que la edad floreciente de los hijos le daban
manos para su trabajo, porque Dios aun no había ordenado el estado de la república, enviólo
a regir los ejércitos que estaban en Siria, animándole con blandas palabras y ofrecimientos,
según el tiempo requería.
Luego él, desde Acaya, adonde estaba con Nerón, envió a su hijo Tito a Alejandría para
sacar de allí la quinta y la décima legión de la gente; y pasando él al Helesponto, vínose por
tierra a Siria y allí juntó toda la fuerza romana, y tomo socorro grande de los reyes vecinos y
comarcanos.
Los judíos, ensoberbecidos con la victoria que de Cestio hubieron, no podían reposarse ni
refrenarse; pero moviéndolos, según parecía, la fortuna, determinaban aún hacer guerra. Por
lo cual juntaron la más gente de guerra  que pudieron, y vinieron a Ascalona, que es una
ciudad antigua, edificada a setecientos veinte  estadios de Jerusalén, enemiga siempre de  ellos, lo cual fué parte que pareciese algo más cerca que todas las otras para dar en ella el
primer combate.

Tenían tres varones por capitanes de esta empresa, muy esforzados en las armas y muy
prudentes; el uno era Peralta Nigro, el otro Sila Babilonia, y el tercero Juan Eseno.
Estaba Ascalona rodeada de un muro muy fuerte, mas tenía dentro muy poca guarnición,
porque solamente había una compañía de gente de a pie y otra de a caballo, cuyo capitán era
Antonio. Habiendo, pues, ellos, con la ira  que llevaban, hecho este camino con mucha
diligencia, llegaron tan presto y tan en orden  como si vinieran de alguna otra parte muy
cerca.
Antonio, no sabiendo el ímpetu y la fuerza que traían, había ya salido con su caballería; y
sin temor de la muchedumbre ni del atrevimiento y audacia grande con que venían, resistió
valerosamente a los primeros encuentros de los enemigos; y llegándose a combatir el muro,
los hizo retirar.
Los judíos, pues, ignorantes en las cosas de la guerra en comparación de la destreza de
aquéllos, la gente de a pie con la de a caballo, y los sin orden con los muy bien ordenados, y
los mal armados con los bien proveídos, confiándose más en el enojo e indignación que
tenían que en el consejo y provisión buena, peleaban con los que estaban bien
acostumbrados, y no hacían algo sin consejo ni mandamiento de su capitán; y así fácilmente
fueron rotos; porque en la hora que los escuadrones primeros fueron desbaratados por la
gente de a caballo de Antonio, todos los otros huyeron; y siendo forzados a huir hacia el
muro, ellos mismos se eran enemigos; hasta  tanto que, vencidos todos por la gente de a
caballo, fueron esparcidos por todo el campo, el cual era muy ancho y muy cómodo para la
gente de a caballo.
Esto ayudó mucho a los romanos para la matanza y estrago grande que hicieron en los
judíos; porque turbábamos y desordenábanlos como iban huyendo, y mataban a cuantos alcanzaban; los otros, viéndose todos rodeados de enemigos, por cualquier parte que se volvían
eran muertos con saetas y dardos.
Parecía a los judíos que estaban solos y  sin compañía alguna, aunque era grande la
compañía que tenían; tan desesperados estaban de alcanzar salud o remedio. Los romanos,
aunque eran pocos, con haberles sucedido todo prósperamente, pensaban ser demasiados.
Queriendo, pues, los judíos vencer el caso adverso que les había acontecido,
avergonzándose de huir tan presto, confiaban que la fortuna se mudaría, y no fatigándose los
romanos en proseguir la victoria, alargaron la pelea casi por todo el día, hasta tanto llegaron
los judíos, que aquí murieron a número de diez mil; y dos capitanes, Juan y Sila; los demás,
quedando la mayor parte herida y maltratada, huyeron con Nigro, quien sólo quedó vivo de
los capitanes, a un lugar de Idumea que se  llama Salís. Algunos de los romanos fueron
también heridos en esta batalla.

Pero no se aplacaron los ánimos de los judíos con tan gran matanza, antes los incitó el
dolor que tenían a mayor atrevimiento; y menospreciando tantos muertos como veían delante
de sus pies, movíanse a otra matanza, acordándose de los sucesos prósperos que antes les
habían acaecido. Por lo cual, pasando algún tiempo en este medio, aunque no tanto cuanto
fuera necesario para que los que estaban heridos pudiesen convalecer, juntando todas las
fuerzas que pudieron y mucho mayor número de gente que antes vinieron, volvían a Asca-lona algo más enojados que la primera vez,  acompañándolos siempre, además de la poca
destreza y otras faltas que en las cosas de la guerra tenían, la misma mala fortuna.

Porque habiéndoles puesto Antonio asechanzas por donde habían de pasar, cayendo de
improviso en sus manos y rodeado de los de a caballo, antes que los judíos pudiesen ordenarse para pelear, mataron más de ocho mil de ellas; los otros todos huyeron, y con ellos el
capitán Nigro, mostrando bien la grandeza de su ánimo en muchas cosas que huyendo hizo,
recogiendo a todos, porque ya los enemigos estaban muy cerca, en un castillo muy fuerte y
muy seguro de un lugar que se llama Bezedel.
Viendo Antonio que la torre o castillo era inexpugnable, por no perder allí mucho tiempo
en cercarlo, y por no dejar vivo al capitán más valeroso de todos sus enemigos, pusieron gran
fuego al muro, y quemando la torre los romanos, se volvieron con gran alegría, pensando que
Nigro sería también quemado; pero éste se supo guardar y librarse de este peligro, pasando
de la torre a una gran cueva del castillo; y tres días después, buscándolo allí sus compañeros
para sepultarlo, pareció, por lo cual los judíos recibieron placer muy grande, como por un
capitán guardado por providencia divina para las cosas que habían de suceder después.
Vespasiano, llegado su ejército a Antioquía, que es la principal ciudad y cabeza de todo
Siria, y tiene sin duda el tercer lugar entre  todas cuantas están sujetas al Imperio de los
romanos, tanto en su grandeza como en ser fértil y abundante de toda cosa, halló allí al rey
Agripa que lo aguardaba con su ejército, y así vino a Ptolemaida.
En esta ciudad le salieron al encuentro los seforitas, ciudadanos de un lugar de Galilea,
solos éstos, pacíficos por el cuidado que de su propia salud tenían, y por saber también las
fuerzas de los romanos; y antes que Vespasiano viniese, se habían juntado con Cestio Galo, y
con toda amistad habían tomado socorro de su gente y guarnición, los cuales, recibiendo
entonces muy benignamente al capitán enviado por el emperador, le prometieron ayudarle
contra sus propios naturales.
Dióles por guarnición Vespasiano tanta gente  de a pie y de a caballo, cuanta entendió
serles necesaria para defenderse de toda fuerza que les quisieren hacer, si los judíos, por
ventura, querían innovar algo; porque parecióle que no era pequeño peligro, si Séforis, que
era la mayor ciudad de Galilea, les fuese quitada, porque estaba asentada en un lugar muy
seguro, y había de ser para guarda y socorro de toda la gente.

       En el cual se describen Galilea, Samaria y Judea

Dos Galileas hay: la una se llama Superior, y la otra Inferior, rodeadas entrambas por los
reinos de Fenicia y de Siria. Por la parte del occidente, las aparta de los fines y términos de
su territorio, Ptolemais y el monte de Carmelo, que solía ser de los galileos, y está ahora
sujeto a los tirios, con el cual está junta Gabaa, ciudad que se llama de los Caballeros, porque
fueron enviados caballeros por el rey Herodes que la poblasen. Hacia el Mediodía confina
con los samaritas, y los de Escitópolis hasta  el río Jordán; y al oriente tiene Hipena y
Gadana, y acaba en los gaulanitas, que son también fines y términos del reino de Agripa. Lo
largo de ella se llega por el septentrión hasta los términos de Tiro y por todas aquellas tierras.
Galilea la Inferior tiene de largo desde Tiberíada hasta Zabulón,que tiene vecindad con
Ptolemaida en la parte marítima; de ancho se extiende, desde el lugar llamado Xaloth, que
está en el campo grande, hasta Bersabe, de  adonde comienza la anchura de la Superior
Galilea, hasta el lugar llamado Baca, que aparta la tierra de los tirios.
Lo largo de ella se extiende desde un lugar cercano al Jordán, que se llama Thela, hasta
Meroth. Y siendo entrambas tan grandes y rodeadas de tantas gentes extranjeras, siempre
resistieron a todas las guerras y peligros; porque por su naturaleza son los galileos gente de
guerra, y en todo tiempo suelen ser muchos,  y nunca mostraron miedo ni faltaron jamás
hombres. Son muy buenas y muy fértiles, llenas de todo género de árboles, en tanta manera,
que mueven con su fertilidad a la labranza  a los que de ello no tienen ni voluntad ni
costumbre. Por esta causa no hay lugar en todas ellas sin que sea labrado por los que esté
ociosa.
Hay también muchas ciudades; y por la fertilidad y hartura grande de esta tierra, están
todos los lugares muy poblados, en tanto que el menor lugar de todos pasa de quince mil vecinos; y aunque pueden decir que es la menor de todas las regiones que están de la otra parte
del río, pueden también decir que es la más fuerte y más abastecida de toda cosa, porque
todo ella se ara y se ejercita; es toda muy fértil de frutos, y aquella que está del otro lado de
la ribera, aunque sea mucho mayor, es por la mayor parte muy áspera, desierta e inhábil para
frutos que dan mantenimiento.
La blandura y naturaleza de Perea es muy fértil; tiene los campos muy llenos de árboles y
frutos, y principalmente de olivas, viñas y palmas. Es regada abundantemente por arroyos
que descienden por los montañas, y con fuentes vivas que de continuo manan agua muy clara
y muy limpia, cuando los arroyos, por el gran calor del estío, no dan el agua que es necesaria.
Tiene ésta de largo de Macherunta hasta Pela, y de allí habitan, ni hay parte alguna de tierra
que ancho desde Filadelfia hasta el Jordán; y la Pela, que hemos dicho, tiene hacia el
septentrión, y por la parte occidental, el Jordán; al Mediodía tiene la región de los moabitas,
y al oriente tiene la Arabia, Silbonitida, Filadelfia, y ciérrase con los gerasos.

La región y tierras de Samaria están entre Judea y Galilea, porque comenzando de un
lugar que está en un llano, el cual se llama Guinea, viene a acabar en la toparquía y señorío
Acrabateno; pero no es tierra ésta diferente en su naturaleza de Judea, porque ambas regiones son muy montañosas y tienen muy grandes  campos despoblados, y son para arar muy
buenos, muy blandos y están también llenos de árboles.

Son muy abundantes de manzanas, tanto de las silvestres como de las domésticas, porque
de su natural estas tierras son secas; pero sobreviéneles el agua del cielo, de la cual tienen
siempre mucha, y con ella se hacen las aguas muy dulces, y dan de sí muy gran copia y
abundancia de heno y hierbas, con lo cual ellas, más que algunas otras tierras, tienen siempre
el ganado muy lleno y abundante de leche. La mayor señal de la continua fertilidad y
abundancia de estas tierras es ver que todas están llenas de gente.
Confina con ellas el lugar llamado Annath, que también se suele llamar Borceos, el cual
es límite de Judea por la parte de septentrión.
Por la de Mediodía, si tomares lo largo, tiene por término un lugar que está en los fines de
Arabia, el cual por nombre se llama Jordán; la anchura se extiende del río Jordán hasta Jope.
En medio de éstas está Jerusalén, por lo cual algunos, con razón, la llamaron el ombligo de
estas regiones, queriendo decir el medio. No carece Judea de los deleites del mar, porque se
entiende por las partes marítimas hasta Ptolemaida; está dividida en once partes, ciudades
principales, de las cuales la principal y la real es Jerusalén; ésta sobrepuja a todas las otras, ni
más ni menos que la cabeza a los otros miembros; entre las demás están repartidos los
regimientos o toparquías. La segunda es Gosna, y luego después Acrabata; siguen Thamna,
Lida, Amaus, Pela, Idumea, Engada, Herodio y Jericó. Después Jamnia y Jope gobiernan y
mandan a las comarcanas. Además de éstas, Gamilitica también, Gaulanitis, Bathanea y
Trachonitis, que son parte del reino de Agripa.
La misma tierra, comenzando del monte Líbano y fuentes del Jordán, se extiende de
ancho hasta la laguna que está cerca de Tiberíada, y tiene de largo desde un lugar que se
llama Arfas, hasta Juliada, y habitan en estas tierras judíos y gentes de Siria, todos
mezclados.


Del socorro que fué enviado a los se foritas, y de la disciplina y 
usanza de los romanos en las cosas de la guerra

Contado hemos arriba, lo más brevemente que nos ha sido posible, el sitio y cerco de
Judea. El socorro que Vespasiano había enviado a los seforitas, que era mil caballos y seis
mil infantes, asentó su campo en un gran llano que allí había, siendo regidor y capitán
Plácido, tribuno, y le dividió en dos partes. La infantería estaba dentro de la ciudad por
guardarla, y la otra gente de a caballo estaba en el campo; pero saliendo muchas veces de
ambas partes a correr todos aquellos lugares cercanos de allí, hacían gran daño a Josefo y a
sus compañeros, aunque ellos se estaban reposados; robaban además de esto las ciudades por
defuera, y resistían a la fuerza y empresa de los ciudadanos, si alguna vez salían con
confianza a correr alguna tierra.
Quiso, con todo, Josefo venir contra la ciudad, pensando y aun confiando que la podría
tomar, aunque él le había hecho un muro antes que se rebelase contra los galileos, que ciertamente era inexpugnable, no a ellos solos, pero aun también a los romanos. En esto su
esperanza fué burlada, no pudiendo traer a lo que quería ni persuadir a los seforitas aquello, y
movió más la guerra en Judea, indignándose los romanos con enojo, por ver las asechanzas
que les armaban, por lo cual ni de día ni de noche dejaban de destruir y talar todas 'las tierras,
robando todo cuanto hallaban, y matando a los que eran experimentados en las cosas de la
guerra y valientes; prendían a los que no lo eran, y teníamos en servidumbre.

Toda Galilea estaba llena de fuego y de sangre, sin que hubiese alguno exceptuado de
esta destrucción y mortandad; los que huían solamente tenían esperanza de salvarse en las
ciudades, las cuales Josefo había antes cercado de muy buenos muros.
Enviado Tito de Acaya, en Alejandría, más presto de lo que por el invierno se esperaba,
tomó a su cargo los soldados por los cuales había venido; y habiendo así con diligencia
proseguido su camino, vínose temprano a Ptolemaida. Hallando allí a su padre con las dos
legiones que consigo tenía, que eran por cierto las mejores y más nobles, es a saber, la quinta
y la décima, juntó con ellas también la décimaquinta que consigo Tito trajo. Después de éstas
seguían dieciocho compañías, con las cuales se juntaron otras cinco que estaban en Cesárea,
un escuadrón de caballos y cinco de gente de  a caballo de Siria. Cada una de las diez
compañías tenía mil hombres de a pie, y cada una de las otras trece, seiscientos hombres de a
pie, y ciento veinte de a caballo.
Juntóse también harto grande socorro con los que los reyes comarcanos enviaron, porque
Antíoco, Agripa y Sohemo enviaron dos mil hombres de a pie y mil flecheros de a caballo.
Envióle también Malco, rey de Arabia, además  de cinco mil infantes, mil caballos, cuya
mayor parte eran también flecheros, de manera que, contando junto todo este ejército, llegó
casi a sesenta mil hombres entre los de a pie y los de a caballo, además de otros muchos que
seguían el campo, los cuales, por estar ya muy experimentados en las cosas de la guerra, no
diferían de la gente de guerra, porque en tiempo de paz habían estado en los ejercicios de sus
señores y experimentando con ellos los peligros de la guerra, y si no era por sus señores, no
podían ser vencidos por algún otro, tanto en sus fuerzas, como en la destreza y maña en las
cosas de la guerra.

En esto, por cierto, pensará alguno ser digna de muy gran admiración la providencia de
los romanos, que se saben servir de los que les son sujetos en las necesidades de la guerra,
además de todas las otras cosas en que se suelen servir de ellos; y los que consideran la otra
disciplina y arte que tienen en las cosas de  la guerra, conocerán claramente haber ellos
alcanzado tan grande imperio, no por bien ni prosperidad de la fortuna, sino por propia virtud
y esfuerzo.
  No comienzan a ejercitar primeramente las armas en la guerra, y no sólo hacen cuando
les es necesario sus ejercicios de guerra, antes, estando muy en paz, jamás dejan de ejercitarse en las armas, ni más ni menos que si les fuesen naturales, ni quieren tener algún tiempo
treguas con ellas, pues ni aun con el tiempo tienen cuenta, y sus pruebas en los ejercicios de
la guerra no son desemejantes a la verdadera pelea, porque cada día todos los soldados salen
armados a ejercitarse, como si saliesen a la batalla, y de aquí es que sufren tan animosamente
toda guerra.
No se desbaratan menospreciando el orden que deben guardar; no los espanta el miedo, ni
los consume el cansancio, por lo cual siempre les sigue la victoria, y siempre vencen a los
que no hallan tan ejercitados ni tan diestros como ellos; ni errará el que dijere sus pruebas y
ejercicios de armas ser batallas sin sangre; al contrario, sus verdaderas batallas son pruebas y
ejercicios con derramamiento de sangre.

No pueden ser vencidos por súbita arremetida de enemigos, antes en cualquier tierra que
entran no comienzan la guerra antes de poner en orden y asentar muy diestramente su campo,
el cual no fortifican con alguna cosa ligera, o en algún lugar que no sea muy cómodo, ni
ordénanlo sin mucha cordura; mas si la tierra es desigual, primero allánanla toda y señálanla
con cuatro cantones, y suelen siempre hacer cuatro partes el ejército, rodeándose los unos
con los otros. Sigue siempre al ejército gran muchedumbre de herreros y copia grande de
instrumentos para las armas, según la necesidad y uso que de ellos requieren.
La parte del campo que está por de dentro, está dividida por sus tiendas y alojamientos, y
el cerco por defuera está como un muro; ordenan también con igual distancia sus trincheras:
en el espacio que hay entre una y otra, suelen echar abundancia de máquinas, instrumentos y
ballestas, con las cuales tiran las piedras, de tal manera, que no les falte jamás todo género de
armas; y edifican cuatro puertas altas, y tan buenas para recogerse y entrar así ellos como
todos sus jumentos y caballos, a fin que si fuere necesario puedan recogerse y tengan todos
lugar de dentro. Las calles por dentro apartan los reales con igual espacio y lugar; en medio
de todo asientan las tiendas de los regidores, y allí ponen también un como templo, de tal
manera, que cierto parece una ciudad edificada y alzada de presto; tienen también su
mercado adonde las cosas se venden, y los oficiales todos tienen su recogimiento. Los
regidores y capitanes de los soldados tienen lugar para dar sus sentencias, adonde se suele
juzgar si sucede algo que tenga necesidad de ello, y si algo acontece dudoso.
Este cerco, y todo lo que dentro de él se contiene, es tan presto puesto en orden con la
diligencia y destreza de los oficiales, que no se puede pensar; y cuando la necesidad lo
requiere, sóbenlo cercar de foso por todo el rededor, haciéndolo cuatro brazas de hondo y
otras tantas de ancho; y rodeados todos de  armas, estánse en sus alojamientos y tiendas
gentilmente reposados, y de tienda en tienda se trata todo cuanto hacen con gran silencio y
provisión, comunicándose unos a otros aquello que falta, si por ventura carecen de leña, o de
agua o trigo.

No tienen libertad de comer ni cenar cuando quieren; todos se acuestan a una misma
hora; las horas de guarda hócenlas saber con son de trompeta, y no se hace jamás algo sin
que se sepa por pregón y mandamiento público.
En las mañanas los soldados van a dar los buenos días a sus centuriones, y éstos danlos a
los tribunos, con los cuales se juntan, y vienen a los capitanes con toda la otra gente, y así se
presentan todos al general y maestro de todo el campo. Este, entonces, da a cada uno de los
capitanes y a todos los otros la señal que quiere, según el cargo que cada uno tiene, para que
ellos y cada uno por sí la haga saber a los que están en su regimiento.
Con estas cosas, cuando están en el campo y en la pelea, fácilmente son llevados adonde
los capitanes quieren, y arremeten todos juntamente, y también todos juntamente se recogen.
Cuando han de salir del campo, dan de ello señal con una trompeta, y ninguno se detiene ni
se está ocioso; antes, al señalarles la hora, deshacen y recogen sus tiendas, y ordénanlo todo
para partir. Luego, la trompeta les vuelve a señalar que estén aparejados, y ellos, cargando
todo el bagaje que tienen, están esperando la señal, no menos que si hubiesen de dar la
batalla; suelen quemar todo cuanto dejan, porque no les es difícil volverlo hacer cuando les
es necesario, y también por que los enemigos no se puedan servir ni aprovechar de ello; a la
tercera vez que la trompeta toca es señal de partir, y se dan gran prisa, porque ninguno quede
ni pierda su orden y lugar.

Está una trompeta a la mano derecha del capitán, y pregunta a todos en su lengua tres
veces, con la voz muy alta, si están aparejados para marchar; ellos suelen responder con
mucha alegría y esfuerzo otras tres veces, y  decir que sí, aun se suelen adelantar algunas
veces en decirlo primero que les sea preguntado, y levantan a las voces con gran ánimo que
da cada uno y esfuerzo, el brazo derecho. Después hacen poco a poco su camino, marchan
con orden y con la honra que a cada uno conviene; no menos que si estuviesen en la batalla,
van con las mismas armas; la gente de a pie lleva sus coseletes y cascos, y una espada en
cada lado: la de la mano izquierda es mucho más larga, porque la de la mano derecha no
suele ser mayor de un palmo, que es lo que ahora llamamos puñal o daga.
La guarda del general suele ser de la gente muy escogida de a pie, y llevan escudos y
lanzas; la otra gente toda lleva dardos y  paveses largos; traen también una sierra, una
canastilla con un destral y muchas otras cosas, y en ella llevan también de comer para tres
días, de suerte que hay poca diferencia entre ellos y un jumento cargado.
Los de a caballo tienen a la mano derecha una espada más larga, y en la mano un palo y
un broquel atravesado al lado del caballo; en la aljaba suelen llevar tres dardillos o flechas
largas, o pocas más, con los hierros algo anchos, poco diferentes en la grandeza de los
dardos: llevan también unos capacetes y coseletes semejantes a los de a pie, y los de la
guarda del general no suelen ir en algo diferentes de los otros; va delante siempre aquel a
quien le viene por suerte.
Tales, pues, son las maneras que los romanos guardan en sus caminos y en asentar un
campo, y tal es la variedad que guardan en las armas: no hacen algo sin determinar y tomar
consejo primero sobre ello en las cosas de la guerra, y lo que determinan es conforme a lo
que hacen, y lo que hacen conforme a lo que han determinado; y antes de poner en efecto
algo, primero lo proponen en consejo: por esto suelen, o errar en muy pocas cosas, o si por
ventura les acontece algún yerro, es fácil cosa enmendarlo.

Las cosas que suceden con consejo, suélenlas  tener, por contrarias y adversas que les
sean, por mucho mejores que los sucesos y acontecimientos de la fortuna, por próspera y  favorable que sea, por no mostrarse tener en más los bienes y esperanzas de la fortuna, que
los de su consejo; pero las cosas que son antes de ejecutarlas bien pensadas, aunque no
sucedan prósperamente, las tienen por muy  buenas, guardándose y proveyéndose que otra
vez no les acontezca lo mismo, porque los bienes que por fortuna acaecen, no suele ser causa
ni autor de ellos aquel a quien acontecen, y de lo que ocurre por desdicha, consuélanse con
pensar a lo menos no haberles acontecido por falta de consejo y miramiento. Con el ejercicio
que hacen de las armas, no sólo se ejercitan las fuerzas del cuerpo, sino también fortalecen
sus ánimos: del temor que tienen les nace mayor diligencia, porque tienen leyes, las cuales
quieren la muerte y condenación, no sólo de los que grandemente faltan, pero aun también
por pequeña falta que tengan, incurren en pena de muerte.

Los capitantes suelen ser más justicieros que las mismas leyes, y dando galardón a los
que lo merecen, hacen que no parezcan crueles en castigar a los que cometen faltas, ni en
corregirlos.
Suelen ser todos tan obedientes a sus regidores, que en la paz les suele ser muy gran
honra, y en la guerra o batalla todo el ejército no parece más de un cuerpo: con tanto orden
están juntos todos los escuadrones, con tanta presteza se mueven, tan atentos están a
escuchar lo que les será mandado, tan abiertos tienen los ojos en mirar las señales que les
serán hechas, tan prontas tienen las manos en las obras, por lo cual suelen ser todos muy
valerosos en dañar a sus enemigos, y son muy pocos dañados por ellos.
Los que pelean no saben jamás la muchedumbre ni el número de los enemigos, ni lo que
los capitanes determinan entre sí, ni las dificultades de las tierras; pero ni aun quieren
sujetarse a la fortuna, aunque piensen serles más cierta por esta parte la victoria. Pues ¿qué
maravilla es, si éstos, cuyos hechos siempre están fundados con consejo, y cuyo ejército sabe
ejecutar tan bien lo que los capitanes han determinado, han ensanchado y alargado su
imperio desde el Eufrates al Oriente, y del Océano al Occidente, y desde las regiones fértiles
de Africa, hacia el Mediodía, hasta las del Danubio y Rhin por el Septentrión, de los cuales
se podría muy bien decir que es mucho menos lo que poseen, de lo que los que lo poseen
merecen?
He querido tratar todo esto, no por loar  a los romanos, sino por consolación de los
vencidos, y para espantar a los que desean novedades y revueltas; porque podrá ser aproveche, por ventura, a los que desean bien ejercitarse en estas artes buenas, saber la manera y
ejercicios de los romanos en las armas; pero ahora vuelvo a lo que había antes dejado.

Cómo Plácido vino contra Jotapata

Deteníase en este tiempo, en Ptolemaida, Vespasiano y su lijo Tito, ordenando su ejército;
pero Plácido ya había entrado por Galilea, donde mató muy gran muchedumbre de los que
prendía, y fué ésta de la gente de Galilea, ignorante en las cosas de la guerra y falta de
ánimo; y viendo que los de guerra se recogían en las ciudades fuertes que Josefo había
.abastecido, pasó su fuerza contra Jotapata, que era la más fuerte y más segura ciudad de
todas, pensando tomarla fácilmente con acometerla de súbito, y que con esto alcanzaría ,gran
nombre y gloria de todos los regidores, y haría camino más fácil para acabar lo demás
cómodamente y presto, pensando que tomada la principal y más fuerte ciudad, las otras todas
se rendirían fácilmente.
Pero mucho le engañó su opinión, porque los de Jotapata, sabiendo su fuerza y cómo
vería ya cerca de la ciudad, recibiéronlo, y saliendo a combatir con él muchos muy bien armados y muy alegres, porque peleaban por la salud propia de ellos, de sus mueres, hijos y de
su patria, hiciéronlos huir, hirieron a muchos, matando sólo siete hombres, porque no
retirándose de la pelea sin orden, y rodeados por todas partes, habían sido ligeramente
heridos; teniéndose los judíos por más seguros en pelear de lejos, que juntarse a las manos
estando los unos armados y los otros no.
Cayeron en esta pelea tres judíos; quedaron algunos pocos más heridos: Plácido, pues,
echado de la ciudad, huyó.

Cómo Vespasiano vino contra las ciudades de Galilea

Teniendo Vespasiano deseo y determinación de venir contra Galilea, partió de Ptolemaida
con las jornadas ordenadas a su gente, según tienen por costumbre los romanos. Mandó que
la gente de socorro, que venía algo menos armada que la otra, y todos los ballesteros, se
adelantasen por refrenar y detener a los enemigos que salían a correr, y para que mirasen
muy bien los lugares buenos y cómodos para poner sus asechanzas y celadas.
Seguíalos luego parte de la gente de a pie romana y parte de la caballería; luego sucedían
diez hombres de cada compañía, los cuales traían sus armas y la medida que habían de tomar
para asentar su campo; seguían después los que allanan las calles, los malos pasos y
asperidades de los caminos, cortan las selvas cuando les impiden, por que no se canse el
ejército con la dificultad del camino; después vienen sus cargas y las de los regidores que a
él están sujetos, y por guarda de éstos ordenó con ellos muchos de a caballo. Después de
todo esto venía él; traía consigo la gente más  escogida, así de a pie como de a caballo, y
además acompañábale también el escuadrón de su gente: de cada compañía tenía escogidos
para su servicio ciento veinte caballeros;  tras éstos venían los que traían los otros
instrumentos para combatir las ciudades, las máquinas y cosas necesarias para ello; luego
seguían los regidores y los tribunos señalados a cada compañía, rodeados de soldados muy
escogidos. Venía también la bandera del Águila, y con ella juntas otras muchas, la cual
manda a todas las otras porque es reina de todas las aves, y es la más esforzada; piensan en
verla que es una señal y buen agüero de la victoria y de su potencia contra cuantos salen a
pelear.
Seguían a las sagradas imágenes de las banderas ciertos tañedores de cornetas, y después
el escuadrón dé soldados, de seis en seis, y venía con ellos un capitán o centurión, el cual
procuraba hacer que se guardase el orden y disciplina militar; los criados de cada compañía
estaban todos con la gente de a pie, y traían los mulos y cargas de la gente; en el escuadrón
postrero, donde venían los que ganaban sueldo, venía también mucha gente de a pie armada
y mucha de a caballo.
Habiendo pasado su camino Vespasiano, llegó  a los términos de Galilea, y habiendo
puesto allí su campo, aunque tenía toda su gente muy pronta para la guerra, todavía la
detenía, y mostraba a los enemigos por amedrentarlos, y también por darles tiempo para
rendirse, si antes de darles asalto o la batalla alguno se quisiese pasar a su parte; pero con
todo esto él hacía su muro para defenderse: así, sola la vista del capitán fué causa de que
muchos de los que se habían rebelado huyeran, y todos generalmente fueron muy amedrentados.
Los compañeros de Josefo, que habían puesto su campo cerca de Séforis, cuando
entendieron que la guerra se acercaba y que ya los romanos estaban para dar contra ellos, no
sólo huyeron antes de llegar a tal, pero aun antes de ver a los enemigos. Quedó solo Josefo
con muy pocos, mas él, viendo que no tenía gente para esperar a los enemigos, que eran
tantos, y que a los judíos les había faltado el ánimo, y que si confiaba en aquéllos, los más se  habían de pasar a los enemigos, determinó entonces dejar del todo la guerra y apartarse muy
lejos de todo peligro; y llevando consigo los que con él quedaron, retiróse a Tiberíada.

Cómo fué combatida Gadara

Habiendo acometido Vespasiano la ciudad de los  gadarenses, al primer asalto la tomó,
porque estaba vacía de toda la gente de guerra.
Pasando luego de aquí más adentro, mató a todos, y aun hasta a los muchachos, sin que
tuviesen los romanos compasión ni misericordia de alguno, acordándose de las muertes que
habían sido cometidas contra Cestio, y también por el odio y aborrecimiento grande que
contra los judíos tenían; y dió fuego no sólo a la ciudad, pero también quemó todos los
lugares que alrededor había, y los lugarejos que estaban casi desolados, tomando toda la
gente que en ellos hallaba.
Josefo llenó de miedo la ciudad que había deseado para defenderse; porque los tiberienses
no creían que había de huir jamás, sino perdidas todas las esperanzas de poder salvarse, y en
esto no les engañaba la opinión de lo que Josefo quisiera. Veía éste en qué habían de parar
las cosas de los judíos, y que sólo tenían un camino para salvarse y alcanzar salud, el cual era
mudar su propósito y voluntad; él, por su parte, aunque confiase en que los romanos no lo
habían de matar, todavía quisiera muchas veces más morir que vivir y tener prosperidad
entre aquéllos, con afrenta del cargo que le había sido encomendado, y haciendo traición a su
propia patria, contra los cuales había sido antes enviado.
Por tanto, determinó escribir a los principales de Jerusalén, y hacerles saber fielmente en
qué estado estuviesen las cosas, porque levantando demasiado las fuerzas de los enemigos,
no lo tuviesen por temeroso, o disminuyéndolas algo más de lo que a la verdad eran, no los
moviese a soberbia y ferocidad, sin darles lugar de arrepentirse de lo hecho hasta allí, y que
si les placía el concierto, luego se lo hiciesen saber, y si determinaban que prosiguiese la
guerra, le enviasen ejército bastante para resistir a los romanos. Escritas estas cartas, enviólas
con diligencia a Jerusalén.

Del cerco de Jotapata

Deseoso Vespasiano de destruir a Jotapata, por haber entendido que gran parte de los
enemigos se habían allí recogido, y por saber que era el más fuerte recogimiento de Galilea,
envió delante la infantería y caballería, por que allanasen el camino, que era montañoso, muy
áspero con las peñas, difícil a la gente de a pie, e imposible a la de a caballo. Estos, pues, en
cuatro días tuvieron acabado lo que les había sido mandado, e hicieron muy ancho camino
por donde el ejército pasase: al quinto día, que era a 21 de mayo, primero vino Josefo de
Tiberíada a Jotapata, y esforzó a todos los judíos, que tenían perdido el ánimo.
Habiendo un hombre de allá huido, y contado esto a Vespasiano, y movido a que se diese
muy gran prisa en venir contra aquella ciudad, porque le había de ser muy fácil cosa tomar
toda Judea, si tomaba aquella ciudad y cautivaba a Josefo. Sabiendo esta nueva, como cosa
muy buena y muy próspera, Vespasiano pensó  que por divina providencia había sucedido
que el que más prudente parecía de todos los enemigos se pasase de grado a su parte; envió
luego a Plácido con mil de a caballo, y juntamente con él al capitán principal Ebucio, varón
no menos prudente que esforzado, mandó hacer  un foso alrededor de la ciudad, porque
Josefo, que allí estaba, no pudiese escaparse escondidamente.
Luego al otro día Vespasiano fue con ellos, acompañado con todo el ejército, y después
de mediodía llegó a Jotapata, y puso su campo a la parte de Septentrión en una montañuela a
siete estadios de la ciudad. Trabajaba mucho en que sus enemigos lo pudiesen ver, por que
viéndolo se amedrentasen, y sucedió así; porque en la hora que lo vieron, con el gran miedo
no hubo alguno que osase salir fuera de los muros. No quisieron los romanos acometer luego
la ciudad, porque venían cansados del camino; por esta causa, habiéndola cercado a doble
cerco, pusieron también de fuera el escuadrón de la gente de a caballo, procurando con
diligencia que no tuviesen los judíos lugar para huir ni escaparse.
Pero esto hizo a los judíos más atrevidos, y los esforzó más verse sin esperanzas de poder
librarse; que en la guerra no hay cosa alguna  que tanto esfuerce como es la necesidad y
fuerza.
Luego, al siguiente día, acometieron el muro: al principio, estando los judíos en su lugar,
resistían a los romanos, que tenían el campo delante de los muros; después cuando Vespasiano permitió, poniendo toda la gente de su campo que les pudiesen tirar, y haciendo él
con la gente de pie la fuerza que podía, por aquella parte del montecillo por la cual era cosa
más fácil combatir el muro, entonces Josefo con todo el otro pueblo, temiendo tomasen la
ciudad, salieron contra los romanos; y echándose  todos juntos contra ellos, hiciéronlos
recoger lejos de los muros, haciendo muchas hazañas, no menos con sus fuerzas que con su
audacia y atrevimiento.

Pero no padecían menos de los enemigos, que los enemigos de ellos: porque cuando los
judíos se encendían por tener perdidas las esperanzas de poderse salvar y librar, tanto más los
romanos se encendían de vergüenza; y éstos estaban armados de saber y destreza en las cosas
de la guerra; aquéllos teniendo por capitán la ira grande, armábales la ferocidad. Habiendo, finalmente, peleado todo el día, la noche los separó; halláronse muchos romanos heridos y
trece de ellos muertos; fueron también heridos seiscientos judíos, y muertos diecisiete.

Al día siguiente, viniendo los romanos a dar en ellos, saliéronles al encuentro los judíos, y
resistiéronles más fuertemente, tomando esperanza nueva por ver que el día antes les habían
resistido sin que tal confiasen; pero también experimentaron más fuertes esta vez a los
romanos; porque la vergüenza que tenían, les había movido y encendido la ira y la saña,
pensando que si no vencían presto habían de ser vencidos. No cesaron, pues, los romanos de
combatirlos cinco días seguidos. Los de Jotapata también hacían sus corridas, y principalmente hacían fuerza en combatir los muros. Los judíos no temían las fuerzas de los
enemigos, ni los romanos se fatigaban con la dificultad que tenían en tomar la ciudad.
  Jotapata casi toda era fundada sobre rocas y peñas muy grandes: tiene por todas las
partes valles muy grandes, y más altos de lo que es posible alcanzar con la vista; pero por
una sola parte, que es hacia el Septentrión, tiene entrada adonde está edificada en una ladera
de un monte que viene allí a acabarse; y esta parte la había cerrado Josefo con el muro que
había hecho a la ciudad, por que no tuviesen los enemigos entrada por las alturas de aquella
parte. Y cubierta con los otros montes que están alrededor, no puede ser vista ni descubierta
antes de llegar a ella; ésta, pues, era la fuerza de Jotapata.
Pensando Vespasiano que había también de pelear con las dificultades de aquella tierra, y
con la audacia y atrevimiento de los judíos, determinó cercarla muy de hecho; y llamando los
regidores de su ejército, tomó consejo sobre ello. Y como hubiese mandado hacer un monte
en la parte por donde se podía fácilmente entrar, envió todo su ejército que trajese recado
para ello; y cortando los montes que estaban cerca de la ciudad, juntando gran copia de leños
y piedras, puso amparos para evitar las saetas y dardos que les echasen por todos los fosos:
cubiertos con ellos hacían poco a poco su monte, sin que les dañasen en algo, o en muy poco,
los dardos y saetas que les tiraban de los muros. Los otros les traían tierra de los montes que
deshacían sin impedírselo alguno; y de esta manera divididos todos en tres partes, ninguno
estaba ocioso.
Los judíos trabajaban en echarles piedras  muy grandes encima de aquellas mantas o
amparos que habían puesto, y echábanles también dardos y muchas saetas, los cuales aunque
no pasasen a los que estaban por dentro, hacían todavía gran ruido, y eran gran impedimento
a los que estaban debajo trabajando.
Entonces Vespasiano hizo poner alrededor  las máquinas e ingenios que tenía para
combatirlos, los cuales llegaban a número de  ciento sesenta, y mandó tirar contra los que
estaban encima del muro: corrían muchas lanzas y tiraban muy grandes piedras con aquellos
ingenios y máquinas; procuraban tirar todo género de armas dañosas, mucho fuego, muchas
saetas y dardos, con lo cual hicieron que no sólo no llegasen al muro los judíos, pero que se
retrajesen hasta donde las saetas y los otros ingenios no llegaban. El escuadrón de los árabes,
los que tiraban saetas y con hondas, y todas las máquinas que tenían puestas, hacían cada una
su oficio.

No dejaban, con todo, los judíos de defenderse y desviar la fuerza de los romanos; pues
salían como por unas minas, como suelen los ladrones, y destruían las mantas de los que
obraban; y destruidas, heríamos muy gravemente. Por lo cual, habiéndose los romanos
recogido, deshacían lo que sus enemigos habían hecho, y echaban fuego a todas cuantas
fuerzas los romanos habían trabajado por  hacer, hasta tanto que, entendiendo Vespasiano
proceder aquel daño por causa de haber mal repartido las obras, y haber dejado entre unos y  otros para que los judíos saliesen, juntó las mantas; y de esta manera, teniendo sus fuerzas
juntas, fueron desbaratadas las salidas y corridas de los enemigos.

Levantado ya el monte tanto casi como los  torreones y fuertes, tuvo Josefo por cosa
indigna no hacer algo contra esto en defensa y amparo de la ciudad, por lo cual mandó llamar
oficiales y que alzasen el muro. Y respondiendo éstos que no podían edificar por causa de
tantas saetas y dardos como les tiraban, pensó hacerles este amparo: puso en tierra unos palos
altos, y mandó extender por ellos cueros de buey frescos, que pudiesen recibir los golpes de
las piedras que aquellas máquinas echaban y diesen en vacío las otras armas, y el fuego
pudiese matarse con el agua. Puestas, pues, estas cosas en orden delante de los que alzaban el
muro, trabajando los días y las noches, alzaron el muro veinte codos más, y edificaron
muchas torres en él muy fuertes.
Cuando los romanos, que pensaban tener ya ganada la ciudad, vieron esto, recibieron por
ello muy gran pesar, espantados mucho por  ver la diligencia que Josefo había hecho en
fortalecerse, y por ver a los que dentro estaban tan obstinados.


Del cerco de los de Jotapata por Vespasiano, y de la 
diligencia de Josefo, y de lo que los judíos hacían contra los 
romanos

Movíase con mayor enojo Vespasiano, por ver el astuto consejo y el atrevimiento grande
de sus enemigos, porque recibida ya alguna esperanza de haberse fortalecido, osaban salir
contra los romanos a correrles el campo; salían cada día compañías a pelear; hacíanse mil
engaños, mil latrocinios y rapiñas de todo lo que se ofrecía; y quemaban lo que no podían
haber, hasta tanto que Vespasiano, haciendo que los soldados no peleasen, se quiso poner a
cercar la ciudad por tomarla por hambre:  porque pensaba que, forzados por pobreza y
hambre, se habían de rendir, o si querían ser pertinaces y porfiados, que habían todos de
perecer de hambre; y que sería mucho más fácil tomarlos y combatirlos, si los dejaba reposar
un poco, haciendo que ellos mismos enflaqueciesen y se disminuyese la fuerza de ellos con
el hambre. Mandó poner guarda en todas las partes por donde salían y podían salir.
Estaban de dentro muy bien proveídos, así de trigo como de toda otra cosa, excepto de
sal: la falta de agua los fatigaba mucho, porque no tenían de dentro la ciudad alguna fuente,
contentos los que dentro vivían del agua del  cielo; en el verano suele llover en aquellas
partes muy poco; daba esto alos cercados mucha mayor pena que todo lo otro, ver que les era
ya quitado lo que ellos habían pensado para defenderse y matar la sed: parecíales que les
faltaba ya toda el agua, y por ello estaban todos con tristeza.
Viendo Josefo que la ciudad abundaba de todas las otras cosas, y viendo los hombres
animosos y esforzados por alargar el cerco de los romanos más de lo que éstos pensaban,
determinó darles el agua para beber con medida. Cuando los judíos vieron que les era dada
de esta manera el agua, parecíales esto cosa más grave que no era la falta misma de ella, y
movíales mayor deseo y sed, por ver que no tenían libertad de beber cuando querían, y no
trabajaban ya en algo más que si estuvieran muertos con la sed grande que padecían.
Estando, pues, de esta manera, no podían dejar de saberlo los romanos, porque por el
collado que estaba en aquella parte los veían venir con medida, y aun mataban a muchos.
No mucho después, consumida ya y acabada toda el agua de los pozos, Vespasiano
pensaba que por la necesidad había de rendirse y entregarse la ciudad; pero por quitarle estas
esperanzas y pensamientos, mandó Josefo que colgasen por los muros mucha ropa mojada,
tanto, que e1 agua corriese de ella. Los romanos, cuando vieron esto, tuvieron gran tristeza y
temor, por entender que en cosa que no aprovechaba gastaban tanta agua, pensando ellos que
para mantenerse tenían muy gran necesidad y falta de ella.

Determinó al fin el mismo Vespasiano, desesperando de poder tomar por hambre ni
por sed la ciudad, llevarlo por fuerza y batirles: los judíos también deseaban esto mucho,
porque creían que ni ellos ni la ciudad se podía salvar, y antes deseaban morir peleando y en
la guerra, que morir de hambre o de sed. Inventó Josefo otra cosa para proveer su ciudad por
un valle muy apartado del camino, y por tanto menos visto por los enemigos. Enviando,  pues, cartas a los judíos que quería, los ; males moraban fuera de la ciudad hacia el Occidente, recibía de ellos todo lo que le era necesario y faltaba a todos a un lugar y tomar el
agua cada uno allí llegaban los tiros de las ballestas y en la ciudad; mandábalos venir por las
noches, cubiertas sus espaldas con unos pellejos, por que si algunos los veían y descubrían,
pensasen que eran canes o perros; y esto se hizo de esta manera, hasta tanto que las guardas
que estaban de noche por centinelas, lo pudieron descubrir y cerraron el valle.

Viendo entonces Josefo que no podía ya defender mucho tiempo la ciudad, y desesperado
de alcanzar salud si quería porfiar en defenderse, trataba con la gente principal de huir todos;
pero llegó esto a oídos del pueblo, y todos acudieron a él suplicándole no los desamparase,
pues en él sólo confiaban, porque no veían otra salud ni amparo para la ciudad, sino su
presencia, como que todos habían de pelear con ánimo pronto y valeroso por su causa,
viéndolo presente; que si eran presos, les consolaría verle con ellos, y que le convenía no
huir de los enemigos, ni desamparar a sus amigos, ni saltar como de una nao que estaba en
medio de la tempestad, habiendo venido a ella con próspero tiempo; porque de esta manera
echaría más al fondo y en destrucción la ciudad, sin que osase ya alguno de ellos repugnar ni
hacer fuerza contra los enemigos, si él, en quien todos confiaban, partía.
Josefo, encubriendo que quería él librarse, decíales que por provecho de ellos quería salir,
porque no había de hacer algo con quedar dentro de la ciudad, ni aprovecharles mucho
aunque se defendiesen; y que había de morir si era preso con ellos; mas si podía librarse y
salir del cerco, podíales traer grande ayuda y socorro, porque juntaría los vecinos de Galilea
y traeríalos contra los romanos, con lo cual los haría recoger y alzar el cerco que tenían
puesto; y quedando, no veía qué provecho les causaba, si no era incitar más y mover a los
romanos a que estuviesen firme en el cerco, viendo que tenían en mucho prenderle a él, y si
entendían que había huido, aflojaría ciertamente y perdería gran parte del ánimo que contra
ellos tenían.
No pudo con estas palabras Josefo vencer  el pueblo; antes los movió a que más lo
guardasen; venían los mozos, los viejos, los niños y mujeres, y echábanse llorando a los pies
de Josefo, y teníanlo abrazándose con él, suplicándole con muchas lágrimas y gemidos que
quedase y quisiese ser compañero y parte de la dicha o desdicha de todos: no porque, según
pienso, tuviesen envidia de su salud y vida, sino por la esperanza que en él todos tenían,
confiando que no les había de acontecer algún mal quedando Josefo con ellos.
Viendo él que si de grado consentía con ellos era rogado, y si quería salirse, había de ser
detenido y guardado por fuerza, aunque mucho había mudado su parecer, movido a
misericordia por ver tantas lágrimas como derramaban por él, determinó quedar, armado con
la desesperación que toda la ciudad tenía, y diciendo que era aquel el tiempo para comenzar a
pelear cuando no había esperanza alguna de salud: viendo que era linda cosa perder la vida
por alcanzar loor y honra para sus descendientes, muriendo al hacer alguna hazaña fuerte y
valerosa, determinó ponerse en ello.

Saliendo, pues, con la más gente de guerra que pudo, echando las guardas, corría hasta el
campo de los romanos, y una vez les quitaba las pieles que tenían puestas en sus guarniciones y defensas, debajo de las cuales los romanos estaban; otra vez ponía fuego en
cuanto ellos trabajaban, y el día siguiente y aun el tercero no cesaba de pelear siempre, sin
mostrar alguna manera de cansancio.
Pero viendo Vespasiano maltratados a los romanos con estas corridas que sus enemigos
hacían, porque tenían vergüenza de huir y no podían perseguirlos, aunque huyesen, por el  peso de las armas, y los judíos cuando hacían algo luego se recogían a la ciudad antes de
padecer daño, mandó a su gente que se recogiese y no se trabase a pelear con hombres que
tanto deseaban la muerte, porque no hay cosa más fuerte que los hombres desesperados; y la
fuerza que traían se disminuiría si no tenía en quien pelear, no menos que la llama del fuego
no hallando materia. Además de esto, también porque convenía que los romanos hubiesen la
victoria más salvamente, porque peleaban,  no por necesidad como aquéllos, pero por
engrandecer su señorío.

Por la parte que estaban los flecheros de Arabia y la gente de Siria, y con las piedras que
con sus máquinas echaban muchas veces, hacía gran daño a los judíos, y los hacía recoger,
porque usaban de todos sus ingenios de armas y de todas las máquinas que tenían. Los
judíos, viendo el daño que con esto recibían, recogíanse, pero de lejos hacían daño a los
romanos, tanto cuanto podían alcanzarlos, sin tener cuenta con sus vidas ni con sus almas:
peleaban de cada parte valerosamente, y socorrían a los que tenían necesidad y estaban en
aprieto.
































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