(II) De los príncipes que sucedieron desde Jonatás hasta Aristóbulo.



Habiéndole sucedido su hermano Jonatás, rigiéndose más proveída y cuerdamente en todo lo que
pertenecía a sus naturales, trabajando por fortificar su potencia con la amistad de los romanos, ganó
también amistad con el hijo de Antíoco; pero no le aprovecharon todas estas cosas para excusar el
peligro. Porque Trifón, tirano, tutor del hijo  de Antíoco, acechándole y trabajando por quitarlo de
todas aquellas amistades, prendió engañosamente a Jonatás, habiendo venido a Ptolemaida con poca
gente para hablar con Antíoco, y deteniéndole muy atado, levantó su ejército contra Judea. Siendo
echado de allá y vencido por Simón, hermano de Jonatás, muy airado por esto, mató a Jonatás.
Ocupándose Sinión en regir valerosamente todas las cosas, tomó a Zara, a Jope y a Jamnia. Y
venciendo las guarniciones, derribó y puso por el suelo a Acarón, y socorrió a Antíoco contra Trifón,
el cual estaba en el cerco de Dora, antes que fuese contra los medos.
Pero no pudo con esto hartar la codicia del rey, aunque le hubiese también ayudado a matar a
Trifón. Porque no mucho después Antíoco envió un capitán de los suyos, Cendebeo, por nombre, con
ejército, para que destruyese a Judea y pusiese en servidumbre y cautivase a Simón. Pero éste, que
administraba las cosas de la guerra, aunque era viejo, con ardor de mancebo, envió delante a sus hijos
con los más valientes y esforzados; y él, acompañado con parte del pueblo, acometió por el otro lado;
y teniendo puestas muchas espías y celadas por muchos lugares de los montes, los venció en toda
parte. Alcanzando una victoria muy excelente y muy nombrada, fue hecho y declarado pontífice, y
libertó los judíos de la sujeción y senorío de los de Macedonia, en la cual habían estado doscientos
setenta años. Este, finalmente, murió en un convite, preso por asechanzas de Ptolorneo, su yerno, el
cual puso en guardas a su mujer y a dos hijos suyos, y envió ciertos hombres de los suyos para que
matasen a Juan tercero, que por otro nombre fue llamado Hircano.
Entendiendo lo que se trataba y cuanto se determinaba, el mozo vino con gran prisa a la ciudad
confiado en mucha parte del pueblo, acordándose de la virtud y memoria de su padre, y porque
también la maldad de Ptolomeo era aborrecida de todos. Ptolomeo quiso por la otra puerta entrar en
la ciudad, pero fue echado por todo el pueblo, el cual antes había ya recibido a mejor tiempo a
Hircano. Y luego partió de allí a un castillo llamado Dagón, que estaba de la otra parte de Jericunta.
Habiendo, pues, Hircano alcanzado la honra y dignidad de pontífice, la cual solía poseer su padre
después de haber hecho sacrificios a Dios, salió con diligencia contra Ptolemeo, por socorrer a su
madre y a sus propios hermanos; y combatiendo el  castillo, era vencedor de todo, y vencíalo a él
justamente el dolor solo. Porque Ptolomeo, cuando era apretado, sacaba la madre de Hircano y sus
hermanos en la parte más alta del muro, porque pudiesen ser vistos por todos, y los azotaba,
amenazando que los echaría de allí abajo si en la misma hora no se retiraba. Este caso movía a
Hircano a misericordia y temor, más que a ira ni saña. Pero su madre, no desanimada por las llagas y
muerte que le amenazaba, ni amedrentada tampoco, alzando las manos rogaba a su hijo que, movido
por las injurias que ella padecía, no perdonase al impío Ptolomeo, porque ella tenía en más la muerte
con que Ptolomeo le amenazaba, y la preciaba mucho más que no la vida e inmortalidad, con tal que
él pagase la pena que debía por la impía crueldad que habla hecho contra su casa, contra toda razón y
derecho. Viendo Juan a su madre tan pertinaz en esto, y obedeciendo a lo que ella le rogaba, una vez
era movido a combatirlo, y otra perdía el ánimo, viendo los azotes que padecía; y como la rompían en
partes, sentía mucho este dolor. Alargando en esto muchos días el cerco, vino el año de la fiesta, la
cual suelen los judíos celebrar muy solemnemente cada siete anos, por ejemplo del séptimo día,
cesando en toda obra; y alcanzando con esto Ptolemeo reposo de su cerco, habiendo muerto a los
hermanos de Juan y a la madre, huyó a Zenán, llamado Cotilas por sobrenombre, tirano de Filadelfia.

Enojado Antíoco por las cosas que había sufrido de Simón, juntó ejército y vino contra Judea; y
llegándose a Jerusalén, cercó a Hircano. Este, habiendo abierto el sepulcro de David, que habla sido
el más rico de todos los reyes, y sacado de allí  más de tres mil talentos en dinero, persuadió a
Antioco, después de haberle dado trescientos talentos, que dejase el cerco, y fue el primer judío que
tuvo gente extranjera a sueldo dentro de la ciudad a costa suya. Y alcanzado tiempo para vengarse,
dándoselo Antíoco ocupado en la guerra de los medos, luego se levantó contra las ciudades vecinas
de Siria, pensando que no habría gente que las defendiese, lo cual fue así. Tomó a Medaba y a Samea
con los lugares de allí cercanos; a Sichima y Garizo, y demás de éstos, también a la gente de los
chuteos, que vivían en los lugares comarcanos de allí, cerca de aquel templo que había sido edificado
a semejanza del de Jerusalén. Tomó otras muchas ciudades de Idumea, y a Doreón y Marifa. Después
pasando hasta Samaria, donde está ahora fundada por el rey Herodes la ciudad de Sebaste, encerróla
por todas partes e hizo capitanes de la gente que quedaba en el cerco a sus dos hijos Aristóbulo y
Antígono. Los cuales, no faltando en algo, los que estaban dentro de la ciudad vinieron en tan grande
hambre, que eran forzados a comer la carne que nunca habían acostumbrado. Llamaron, pues, para
esto que les ayudase a Antíoco, llamado por sobrenombre Espondio, el cual, mostrándose obedecerles
con voluntad muy pronto, fue vencido por Aristóbulo y por Antígono y huyó hasta Escitópolis,
persiguiéndole siempre los dos hermanos dichos, los cuales, volviéndose después a Samaria,
encierran otra vez la muchedumbre de gente dentro del muro, y ganando la ciudad la destruyeron y
desolaron, llevándose presos todos los que allí  dentro moraban. Sucediéndoles las cosas de esta
manera prósperamente, no permitían ni consentían que aquella alegría se resfriase; antes, pasando
delante con el ejército hasta Escitópolis, la tomaron y partiéronse todos los campos y tierras que
estaban dentro de Carmelo.

Habiéndole sucedido su hermano Jonatás, rigiéndose más proveída y cuerdamente en todo lo que
pertenecía a sus naturales, trabajando por fortificar su potencia con la amistad de los romanos, ganó
también amistad con el hijo de Antíoco; pero no le aprovecharon todas estas cosas para excusar el
peligro. Porque Trifón, tirano, tutor del hijo  de Antíoco, acechándole y trabajando por quitarlo de
todas aquellas amistades, prendió engañosamente a Jonatás, habiendo venido a Ptolemaida con poca
gente para hablar con Antíoco, y deteniéndole muy atado, levantó su ejército contra Judea. Siendo
echado de allá y vencido por Simón, hermano de Jonatás, muy airado por esto, mató a Jonatás.
Ocupándose Sinión en regir valerosamente todas las cosas, tomó a Zara, a Jope y a Jamnia. Y
venciendo las guarniciones, derribó y puso por el suelo a Acarón, y socorrió a Antíoco contra Trifón,
el cual estaba en el cerco de Dora, antes que fuese contra los medos.
Pero no pudo con esto hartar la codicia del rey, aunque le hubiese también ayudado a matar a
Trifón. Porque no mucho después Antíoco envió un capitán de los suyos, Cendebeo, por nombre, con
ejército, para que destruyese a Judea y pusiese en servidumbre y cautivase a Simón. Pero éste, que
administraba las cosas de la guerra, aunque era viejo, con ardor de mancebo, envió delante a sus hijos
con los más valientes y esforzados; y él, acompañado con parte del pueblo, acometió por el otro lado;
y teniendo puestas muchas espías y celadas por muchos lugares de los montes, los venció en toda
parte. Alcanzando una victoria muy excelente y muy nombrada, fue hecho y declarado pontífice, y
libertó los judíos de la sujeción y senorío de los de Macedonia, en la cual habían estado doscientos
setenta años. Este, finalmente, murió en un convite, preso por asechanzas de Ptolorneo, su yerno, el
cual puso en guardas a su mujer y a dos hijos suyos, y envió ciertos hombres de los suyos para que
matasen a Juan tercero, que por otro nombre fue llamado Hircano.
Entendiendo lo que se trataba y cuanto se determinaba, el mozo vino con gran prisa a la ciudad
confiado en mucha parte del pueblo, acordándose de la virtud y memoria de su padre, y porque
también la maldad de Ptolomeo era aborrecida de todos. Ptolomeo quiso por la otra puerta entrar en
la ciudad, pero fue echado por todo el pueblo, el cual antes había ya recibido a mejor tiempo a
Hircano. Y luego partió de allí a un castillo llamado Dagón, que estaba de la otra parte de Jericunta.
Habiendo, pues, Hircano alcanzado la honra y dignidad de pontífice, la cual solía poseer su padre
después de haber hecho sacrificios a Dios, salió con diligencia contra Ptolemeo, por socorrer a su
madre y a sus propios hermanos; y combatiendo el  castillo, era vencedor de todo, y vencíalo a él
justamente el dolor solo. Porque Ptolomeo, cuando era apretado, sacaba la madre de Hircano y sus
hermanos en la parte más alta del muro, porque pudiesen ser vistos por todos, y los azotaba,
amenazando que los echaría de allí abajo si en la misma hora no se retiraba. Este caso movía a
Hircano a misericordia y temor, más que a ira ni saña. Pero su madre, no desanimada por las llagas y
muerte que le amenazaba, ni amedrentada tampoco, alzando las manos rogaba a su hijo que, movido
por las injurias que ella padecía, no perdonase al impío Ptolomeo, porque ella tenía en más la muerte
con que Ptolomeo le amenazaba, y la preciaba mucho más que no la vida e inmortalidad, con tal que
él pagase la pena que debía por la impía crueldad que habla hecho contra su casa, contra toda razón y
derecho. Viendo Juan a su madre tan pertinaz en esto, y obedeciendo a lo que ella le rogaba, una vez
era movido a combatirlo, y otra perdía el ánimo, viendo los azotes que padecía; y como la rompían en
partes, sentía mucho este dolor. Alargando en esto muchos días el cerco, vino el año de la fiesta, la
cual suelen los judíos celebrar muy solemnemente cada siete anos, por ejemplo del séptimo día,
cesando en toda obra; y alcanzando con esto Ptolemeo reposo de su cerco, habiendo muerto a los
hermanos de Juan y a la madre, huyó a Zenán, llamado Cotilas por sobrenombre, tirano de Filadelfia.
Enojado Antíoco por las cosas que había sufrido de Simón, juntó ejército y vino contra Judea; y
llegándose a Jerusalén, cercó a Hircano. Este, habiendo abierto el sepulcro de David, que habla sido
el más rico de todos los reyes, y sacado de allí  más de tres mil talentos en dinero, persuadió a Antioco, después de haberle dado trescientos talentos, que dejase el cerco, y fue el primer judío que
tuvo gente extranjera a sueldo dentro de la ciudad a costa suya. Y alcanzado tiempo para vengarse,
dándoselo Antíoco ocupado en la guerra de los medos, luego se levantó contra las ciudades vecinas
de Siria, pensando que no habría gente que las defendiese, lo cual fue así. Tomó a Medaba y a Samea
con los lugares de allí cercanos; a Sichima y Garizo, y demás de éstos, también a la gente de los
chuteos, que vivían en los lugares comarcanos de allí, cerca de aquel templo que había sido edificado
a semejanza del de Jerusalén. Tomó otras muchas ciudades de Idumea, y a Doreón y Marifa. Después
pasando hasta Samaria, donde está ahora fundada por el rey Herodes la ciudad de Sebaste, encerróla
por todas partes e hizo capitanes de la gente que quedaba en el cerco a sus dos hijos Aristóbulo y
Antígono. Los cuales, no faltando en algo, los que estaban dentro de la ciudad vinieron en tan grande
hambre, que eran forzados a comer la carne que nunca habían acostumbrado. Llamaron, pues, para
esto que les ayudase a Antíoco, llamado por sobrenombre Espondio, el cual, mostrándose obedecerles
con voluntad muy pronto, fue vencido por Aristóbulo y por Antígono y huyó hasta Escitópolis,
persiguiéndole siempre los dos hermanos dichos, los cuales, volviéndose después a Samaria,
encierran otra vez la muchedumbre de gente dentro del muro, y ganando la ciudad la destruyeron y
desolaron, llevándose presos todos los que allí  dentro moraban. Sucediéndoles las cosas de esta
manera prósperamente, no permitían ni consentían que aquella alegría se resfriase; antes, pasando
delante con el ejército hasta Escitópolis, la tomaron y partiéronse todos los campos y tierras que
estaban dentro de Carmelo.



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