(XII)De la guerra de Herodes, en el tiempo que volvía de Roma a Jerusalén, contra los ladrones



En el mismo tiempo Antígono cercaba a los que estaban encerrados en Masada; éstos tenían todo
mantenimiento en abundancia, y faltábales el agua, por lo cual determinaba Josefo huir de allí a los
árabes con doscientos amigos y familiares, habiendo oído y entendido que a Malico le pesaba por lo
que había cometido contra Herodes; y hubiera sin  duda desamparado el castillo, si la tarde de la
misma noche que había determinado salir, no lloviera y sobrevinieran muy grandes aguas. Porque,
pues, los pozos estaban ya llenos, no tenían razón de huir por falta de agua; pudo esto tanto, que ya
osaban salir de grado a pelear con la gente  de Antígono, y mataban a muchos, a unos en pública
pelea, y a otros con asechanzas, pero no siempre  les acontecían ni sucedían las cosas según ellos
confiaban, porque algunas veces se volvían descalabrados.
Estando en esto, fué enviado un capitán de los romanos, llamado por nombre Ventidio, con gente
que detuviese a lospartos que no entrasen en Siria, y vino siguiéndolos hasta Judea, diciendo que iba
a socorrer a Joseío y a los que con él estaban cercados; pero a la verdad, no era su venida sino por
quitar el dinero a Antígono. Habiéndose, pues, detenido cerca de Jerusalén, y recogido el dinero que
pudo y quiso, se fué con la mayor parte del ejército. Dejó a Silón con algunos, por que no se
conociese su hurto si se iba con toda la gente. Pero confiado Antígono en que los partos le hablan de
ayudar, otra vez trabajaba en aplacar a Silón, dándole esperanza, para que no moviese alguna revuelta
o desasosiego.
Llegado ya Herodes por la mar a Ptolemaida desde Italia, habiendo juntado no poco número de
gente extranjera, y de la suya, venía con gran  prisa por Galilea contra Antígono, confiado en el
socorro y ayuda de Ventidio y de Silón, a los  cuales Gelia, enviado por Antonio, persuadió que
acompañasen y pusiesen a Herodes dentro del reino. Ventidio apaciguaba todas las revueltas que
habían sucedido en aquellas ciudades por los partos, y Antígono había corrompido con dinero a Silón
dentro de Judea. Pero no tenía Herodes necesidad de su socorro ni de ayuda, porque de día en día,
cuanto más andaba, tanto más se le acrecentaba el ejército, en tanta manera, que toda Galilea,
exceptuando muy pocos, se vino a juntar con él, y él tenía determinado venir primero a lo más
necesario, que era Masada, por librar del cerco a sus parientes y amigos; pero Jope le fué gran
impedimento, porque antes que los enemigos se apoderasen de ella, determinó ocuparla, a fin que no
tuviesen allí recogimiento mientras él pasase a Jerusalén. Silón junta sus escuadrones y toda la gente,
contentándose mucho con haber ocasión de resistir, porque los judíos le apretaban y perseguían. Pero
Herodes los hizo huir a todos espantados, con haber corrido un pequeño escuadrón, y sacó de peligro
a Silón, que mal sabía resistir y defenderse.
Después de tomada Jope, iba muy aprisa por librar a su gente, que estaba en Masada, juntando
consigo muchos de los naturales: unos por la amistad que habían tenido con su padre, otros por la
gloria y buen nombre que habla alcanzado, otros por corresponder a lo que eran debidamente a uno y
otro obligados; pero los más por la esperanza, sabiendo que ciertamente era rey.  Había, pues, ya
buscado las compañías de soldados más fuertes y esforzados, mas Antígono le era gran impedimento
en su camino, ocupándole todos los lugares oportunos con asechanzas, con las cuales no dañaba, o en
muy poco, a sus enemigos.
Librados de Masada los parientes y prendas de Herode6 y todas sus cosas, partió del castillo hacia
Jerusalén, juntándose con la gente de Silón y con muchos otros de la ciudad, amedrentados por ver su gran poder y su fuerza. Asentando entonces su campo  hacia la parte occidental de la ciudad, las
guardas de aquella parte trabajaban en resistirle con muchas saetas y dardos que tiraban; algunos
otros corrían a cuadrillas, y acometían a la gente que estaba en la vanguardia. Pero Herodes mandó
primero declarar a pregón de trompeta, alrededor de los muros, cómo había venido por bien y salud
de la ciudad, y que de ninguno, por más que le hubiese sido enemigo, había de tomar venganza; antes
había de perdonar aún a los que le habían movido mayor discordia y le habían ofendido más. Como,
por otra parte, los que favorecían a Antígono se opusiesen a esto con clamores y hablas, de tal manera
que ni pudiesen oír los pregones, ni hubiese alguno que pudiese mudar su voluntad, viendo Herodes
que no había remedio, mandó a su gente que derribase a los que defendían los muros, y ellos luego
con sus saetas los hiciesen huir a todos. Y entonces fue descubierta la corrupción y engaño de Silón.
Porque sobornados muchos soldados para que diesen grita que les faltaba lo necesario, y pidiesen
dinero para proveer de mantenimientos, movía e  incitaba el ejército a que pidiese licencia para
recogerse en lugares oportunos para pasar el invierno, porque cerca de la ciudad había unos desiertos
proveídos ya mucho antes por Antígono, y aun él mismo trabajaba por retirarse. Herodes, no sólo a
los capitanes que seguían a Silón, sino también  a los soldados, viniendo  adonde veía que había
muchedumbre de ellos, rogaba a todos que no le faltasen, ni le quisieren desamparar, pues sabían que
César y Antonio le habían puesto en aquello, y ellos por su autoridad lo habían traído, prometiendo
sacarlos en un día de toda necesidad. Después de haber impetrado esto de ellos, sálese a correr por los
campos, y dióles tanta abundancia de mantenimientos y de toda provisión, que venció y deshizo todas
las acusaciones de Silón, y proveyendo que de allí adelante no les pudiese faltar algo, escribía a los
moradores de Samaria, porque esta ciudad se había entregado y encomendado a su fe y amistad, que
trajesen hacia la Hiericunta toda provisión de vino, aceite y ganado.

Al saber esto Antígono, luego envió gente que prohibiese sacar el trigo y provisiones para sus
enemigos, y que matase a cuantos hallase por los campos. Obedeciendo, pues, a este mandamiento,
habíase ya juntado gran escuadrón de gente muy armada sobre Hiericunta. Estaban apartados unos de
otros en aquellos montes, acechando con gran diligencia si verían algunos que trajesen alguna
provisión de la que tenían tanta necesidad. Pero en esto no estaba Herodes ocioso, antes acompañado
con diez escuadrones o compañías de gentes, cinco de romanos Y cinco de los judíos, entre los cuales
había trescientos mezclados de los que recibían sueldo, y con algunos caballos, llegó a Hiericunta, y
halló que estaba la ciudad vacía y sin quien habitase en ella, y que quinientos, con sus mujeres y
familia, se habían subido a lo alto de sus montes;  prendiólos a éstos y después los libró; pero los
romanos echáronse a la ciudad y saqueáronla,  hallando las casas muy llenas de todo género de
riqueza, y el rey, habiendo dejado allí gente de guarnición, volvióse y dió licencia a los soldados
romanos que se pudiesen recoger a pasar el invierno en aquellas ciudades que se le habían dado, es a
saber, en Idumea, Galilea y en Samaria. Antígono también alcanzó, por haber sido corrompido Silón,
que los lidenses tomasen parte del ejército en su favor. Estando, pues, los romanos sin algún cuidado
de las armas, abundaban de toda cosa' sin que les faltase algo. Pero Herodes no reposaba ni se estaba
descuidado, antes fortaleció a Idumea con dos mil hombres de a pie y cuatrocientos caballos,
enviando a ellos a su hermano Josefo, por que no tuviesen ocasión de mover alguna novedad o
revuelta con Antígono. El, pasando su madre y todos sus parientes y amigos, los cuales había librado
de Masada, a Samaria, y puesta allí muy seguramente, partió luego para destruir lo restante de GaIdea, y acabar de echar todas las guarniciones y compañías de Antígono. Y habiendo llegado a
Séforis, aunque con grandes nieves, tomó fácilmente la ciudad, puesta en huída la gente de guarda
antes que él llegase y su ejército. Porque venía, con el invierno y tempestades, algo fatigado y habiendo allí gran abundancia de mantenimientos y provisiones, determinó ir contra los ladrones que
estaban en las cuevas que por allí había, los cuales hacían no menos daño a los que moraban en
aquellas partes, que si sufrieran entre ellos muy gran matanza y guerras.
Enviando delante tres compañías de a pie y una de a caballo al lugar llamado Arbela, en cuarenta
días, con lo demás del ejército él fué con ellos. Pero los enemigos no temieron su venida, antes muy
en orden le salieron al encuentro, confiados en la destreza de hombres de guerra y en la soberbia y
ferocidad que acostumbran a tener los ladrones. Dándose después la batalla, los de la mano derecha
de los enemigos hicieron huir a los de la mano izquierda de Herodes. Saliendo él entonces por la
mano derecha, y rodeándolos a todos muy presto, les socorrió e hizo detener a los suyos que huían, y dando de esta manera en ellos, refrenaba el ímpetu y fuerza de sus enemigos, hasta tanto que los de la
vanguardia faltaron con la gran fuerza de la gente de Herodes; pero todavía lo6 perseguía peleando
siempre hasta el Jordán, y muerta la mayor parte de ellos, los que quedaban se salvaron pasando el
río. De esta manera fué librada del miedo que tenía Galilea, y porque se habían recogido algunos y
quedado en las cuevas, se hubieron de detener algún tiempo.

Herodes, lo primero que hacía era repartir el  fruto que se ganaba con trabajo entre todos los
soldados; daba a cada uno ciento cincuenta dracmas de plata, y a los capitanes enviábales mucha
mayor suma para pasar el invierno. Escribió a su hermano menor, Ferora, que mirase en el mercado
cómo se vendían las cosas y cercase con muro el castillo de Alejandro, lo cual todo fué por él hecho.
En este tiempo, Antonio estaba en Atenas, y Ventidio envió a llamar a Silón y a Herodes para la
guerra contra los partos; mandóles por sus cartas que dejasen apaciguadas las cosas de Judea y de
todo aquel reino antes que de allí saliesen. Pero Herodes, dejando ir de grado a Silón a verse con
Ventidio, hizo marchar su ejército contra los ladrones que estaban en aquellas cuevas. Estaban estas
cuevas y retraimientos en las alturas y hendiduras de los montes, muy dificultosas de hallar, con muy
difícil y muy angosta entrada; tenían también una pefia que de la vista de ella y delantera, llegaba
hasta lo más hondo de la cueva, y venía a dar encima de aquellos valles; eran pasos tan dificultosos,
que el rey estaba muchas veces en gran duda de lo que se debía hacer. A la postre quiso servirse de
un instrumento harto peligroso, porque todos los más valientes fueron puestos abajo a las puertas de
las cuevas, y de esta manera los mataban a ellos y a todas sus familias, metiéndoles fuego si les
querían resistir. Y como Herodes quisiese librar algunos, mandólos llamar con son de trompetas, pero
no hubo alguno que se presentase de grado; antes, cuantos él había preso, todos, o la mayor parte,
quisieron mejor morir que quedar cautivos. Allí también fué muerto un viejo, padre de siete hijos, el
cual mató a los mozos junto con su madre, porque le rogaban los dejase salir a los conciertos
prometidos, de esta manera: mandólos salir cada uno por sí, y él estaba a la puerta, y como salía cada
uno de los hijos, lo mataba. Viendo esto Herodes de la otra cueva adonde estaba, moríase de dolor y
tendía las manos, rogándole que perdonase a sus hijos. Pero éste, no haciendo cuenta de lo que
Herodes le decía, con no menos crueldad acabó lo que había comenzado, y además de esto reprendía
e injuriaba a Herodes por haber tenido el ánimo tan humilde. Después de haber éste muerto a sus
hijos, mató a su mujer, y despefiando los que  había muerto, él mismo últimamente se despeñó.
Habiendo Herodes, muerto ya, y quitado todos aquellos peligros que en aquellas cuevas había,
dejando la parte de su ejército que pensó bastar para prohibir toda rebelión en aquellas tierras, y por
capitán de ella a Ptolomeo, volviáse a Samaria con tres mil hombres muy bien armados y seiscientos
caballos para ir contra Antígono.
Viendo ocasión los que solían revolver a Galilea, con la partida de Herodes, acometiendo a
Ptolorneo, sin que él tal temiese ni pensase, le mataron. Talaban y destruían todos los campos,
recogiéndose a las lagunas y lugares muy secretos. Sabiendo esto Herodes, socorrió con tiempo y los
castigó, matando gran muchedumbre de ellos. Librados ya todos aquellos castillos del cerco que
tenían, por causa de esta mutación y revueltas, pidió a las ciudades que le ayudasen con cien talentos.
Echados ya los partos y muerto Pacoro, Ventidio, amonestado por letras de Antonio, socorrió a
Herodes con mil caballos y dos legiones de  soldados; Antígono envió cartas y embajadores a
Machera ca . tan de esta gente, que le viniese a ayudar, quejándose mucho de las injurias y sinrazón
que Herodes les hacía, prometiendo darle dinero. Pero éste, no pen and que debía dejar aquellos a los
cuales era enviado, principalmente dándole más Herodes, no quiso consentir en su traición, aunque
fingiendo amistad, vino por saber el consejo y determinaciones de Antígono, contra el consejo de
Herodes, que se lo disuadía. Entendiendo Antígono  lo que Machera había determinado, y lo que
trataba, cerróle la ciudad, y echábalo de los muros, como a enemigo suyo, hasta tanto que el mismo
Machera se afrentó de lo que había comenzado, y partió para Amatón, donde estaba Herodes. Y enojado porque la cosa no le había sucedido según él confiaba, venía matando a cuantos judíos hallaba,
sin perdonar ni aun a los de Herodes, antes los trataba corno a los mismos de Antígono. Sintiéndose
por esto Herodes, quiso tornar venganza de Machera como de su propio enemigo; pero detuvo y
disimuló su ira,, determinando de venir a verse con Antonio, por acusar la maldad e injusticia de
Machera. Este, pensando en su delito, vino al alcance del rey, e impetró de él su amistad con muchos ruegos.

Pero no mudó Herodes su parecer en lo de su  ¡da, antes proseguía su camino por verse con
Antonio. Y como oyese que estaba con todas sus fuerzas peleando por ganar a Samosata, ciudad muy
fuerte cerca del Eufrates, dábase mayor prisa por llegar allá, viendo que era éste el tiempo y la oportunidad para mostrar su virtud y valor, para acrecentar el amor y amistad de Antonio para con él. Así,
en la hora que llegó, luego dió fin al cerco, matando a muchos de aquellos bárbaros, y tomando gran
parte del saqueo y de las cosas que habían allí robado de los enemigos, de tal manera, que Antonio,
aunque antes tenla en mucho y se maravillaba por su esfuerzo, fué entonces nuevamente muy
confirmado en su opinión, aumentando mucho la esperanza de sus honras y de su reino. Antíoco fué
con esto forzado a entregar y rendir a Samosata



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