(Capítulo IX) De la soberbia grande de Cayo y de Petronio, su presidente en Judea


Súpose tan gran mal servir de la fortuna Cayo César y usar de la prosperidad, que quería ser
llamado Dios, y se tenía por tal. Dió la muerte a muchos nobles de su patria, y extendió su crueldad
impía aun hasta Judea. Envió a Petronio con ejército y gente a Jerusalén, mand'ndole que pusiese sus
estatuas en el templo, y que si los judíos no las querían recibir, que matase a los que lo repugnasen, y
tomase presos a todos los demás. Esto, cierto, movía y enojaba a Dios. Petronio, pues, con tres
legiones y gran ayuda que había tomado en Siria, venlase aprisa a Judea. Muchos judíos no creían
que fuese verdad lo que oían decir de la guerra, y los que lo creían' no podían resistirle ni pensar en
ello; y así les vino un súbito temor a todos generalmente, porque el ejército habla llegado ya a
Ptolemaida.
Está dicha ciudad edificada en un gran territorio y llanura en la ribera de Galilea; rodéanla los
montes por la parte de Oriente, y duran hasta sesenta estadios de largo algún poco apartados; pero
todos son del señorío de Galilea; por la parte del Mediodía tiene la montaña llamada Carmelo, y
alárgase la ciudad a ciento veinte estadios; por la parte septentrional tiene otro monte muy alto, el
cual llaman, los que lo habitan, Escala de los Tirios, y éste está a espacio de cien estadios. A dos
estadios de esta ciudad corre un río que llaman Beleo, pequeño, y cerca de allí está el sepulcro de
Memnón, el cual tiene casi cien codos, y es muy digno de ser visto y tenido en mucho. Es a la vista
como un valle redondo, y sale de allí mucha arena de vidrio, y aunque carguen de ella muchas naos,
que llegan allí todas juntas, luego en la hora se muestra otra vez lleno; porque los vientos muestran
poner diligencia en traer de aquellos recuestos altos que por allí hay, esta arena común con la otra, y
como aquel lugar es minero de metal fácilmente la muda presto en vidrio. Aun me parece más maravilloso que las arenas convertidas ya en vidrio, si fueren echadas por los lados de este lugar, se
convierten otra vez en arena común. Esta, pues, es la naturaleza y calidad de esta tierra.
Habiéndose juntado los judíos, sus hijos y mujeres, en Ptolemaida, suplicaban a Petronio, primero
por las leyes de la patria, y después por el estado y reposo de todos ellos. Movido éste al ver tantos
como se lo rogaban, dejó su ejército y las estatuas que traía en Ptolemaida; y pasando a Galilea,
convocó en Tiberíada todo el pueblo de los judíos y toda la gente noble, y comenzóles a declarar la
fuerza del ejército y poder romanos, y las amenazas de César, añadiendo también cuánta injuria y
desplacer le causaba la súplica que los judíos  le hacían, pues todas las gentes que, obedeciendo,
reconocían al pueblo romano, tenían en sus ciudades, entre los otros dioses, las imágenes también del
emperador; que solamente los judíos no lo querían consentir, y que esto era ya apartarse del mando
del Imperio, aun con injuria de su presidente.
Alegaban, por el contrario, los judíos la costumbre de su patria y las leyes, mostrando no serles
lícito tener no de hombres sólo, pero ni la imagen de Dios en su templo, y no sólo en el templo, pero
ni tampoco en sus casas ni en lugar alguno, por más profano que sea, en toda su región.
Entendiendo Petronio esta razón, respondió: "Pues sabed que yo he de cumplir lo que mi señor
me ha mandado, y si no le obedezco, seré agradable a vosotros, y justamente mereceré ser castigado.
Haraos fuerza, no Petronio, pero aquel que me ha enviado, porque a mí me conviene hacer lo que me
ha sido mandado, también como a vosotros obedecerme y cumplir con lo que yo digo."
Contradijo todo el pueblo a esto, diciendo que más querían padecer todo peligro y daño, que no
sufrir que les fuesen quebrantadas o rotas sus leyes.

Habiendo puesto silencio en la grita que tenían, Petronio les dijo: «¿Estáis, pues, aparejados para
pelear y hacer guerra al César?"
Respondieron los judío que ellos cada día ofrecían a Dios sacrificios por la vida de César y de
todo el pueblo romano; pero si pensaba deberse poner las imágenes en el templo, primero debía hacer
sacrificio de todos los judíos, porque ellos y sus  mujeres e hijos se ofrecían para ello a que los
matasen.
Maravillóse otra vez Petronio viendo esto, Y túvoles compasión, viendo la gran religión de estos
hombres, y viendo tantos tan prontos para recibir la muerte; y fuéronse todos sin hacer algo.
Después comenzó a tomar por sí a cada uno de los más principales y persuadirles de aquello;
hablaba también públicamente al pueblo, amonestándolo unas veces con muchos consejos, y otras
también los amenazaba, ensalzando la virtud y poder de los romanos y la indignación de César, y
entre estas cosas declarábales cuán necesario le fuese cumplir lo que le habla sido mandado. Viendo
que no querían consentir ellos en algo de todo cuanto les decía, y que la fertilidad de aquella región
se perdería, porque era el tiempo aquel de sembrar, y había estado todo el pueblo casi ocioso
cincuenta días en la ciudad, a la postre convocólos y díjoles que quería emprender una cosa peligrosa
para él mismo, porque dijo: "0 amansaré a César ayudándome Dios, y salvarme he con vosotros, o si
se moviere él a venganza con enojo, perderé la vida por tanta muchedumbre y por tan gran pueblo."
Despidiendo con esto a todo el pueblo, el cual hacía muchos ruegos y sacrificios por Petronio,
retiró su ejército de Ptolemaida a Antioquía;  y de allí envió luego embajadores a César, que le
contasen e hiciesen saber con qué aparejo y orden hubiese venido contra Judea, y lo que toda la gente
le había suplicado, y que si determinaba negarles lo que pedían, debía saber que los hombres y las
tierras todas se perderían; porque ellos guardaban en esto la ley de su patria, y con gran ánimo
contradecían a todo mandamiento nuevo. Respondió Cayo a estas cartas muy enojado, amenazando
con la muerte a Petronio, porque había sido negligente en ejecutar su mandamiento. Pero aconteció
que los mensajeros que llevaban las cartas fueron detenidos tres meses en el camino por las grandes
continuas tempestades, y otros llegaron más prósperamente y la nueva de la muerte de César, porque
antes de veintisiete con cartas de ello Petronio, las cuales te hacían saber el fin de la vida de César,
primero que viniesen aquellos que traían las cartas de las amenazas.

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