Cómo se rindió Tiberíada



Movido Vespasiano con deseo de ver el reino de Agripa, porque el mismo rey le
convidaba y mostraba querer recibir al regidor, capitán de los romanos, con todas las
riquezas que posibles le fuesen y en su casa tenía, y apaciguar allí lo que demás quedaba del
reino, hizo marchar su ejército de donde lo había dejado, que era de Cesárea, junto al mar, y
pasó a la otra Cesárea que dicen de Filipo; y habiendo rehecho y refrescado su ejército por
espacio de veinte días, él mismo quiso hacer gracias a Dios por lo que hasta allí le había
sucedido, y darse a banquetes y convites.
Pero después que entendió cómo Tiberíada andaba tras innovar el estado de las cosas, y
sabiendo que Tarichea se había rebelado, ambas ciudades eran sujetas al reino de Agripa, determinando de quitar la vida a cuantos judíos  hallase y destruirlos, pensó que sería cosa
oportuna y buena mover contra ellos su campo, por satisfacer a la buena acogida que Agripa
le había hecho, entregando las ciudades en sus manos y poder.
Para hacer esto envió a su hijo a Cesárea, que pasase la gente que allí estaba a
Escitópolis: ésta es una ciudad la mayor de las diez, y vecina de Tiberíada. Cuando él aquí
llegó, aguardaba en esta ciudad a su hijo; y pasando después con tres legiones de gente más
adelante, asentó su campo treinta estadios de Tiberíada, en un muy buen lugar, y que podía
ser muy bien visto por los que son amigos de novedades, el cual se llama Enabro; de aquí
envió su capitán Valeriano con cincuenta caballeros, por que hablase pacíficamente a los de
la ciudad y les mostrase toda amistad.
Había ya antes oído que el pueblo no pedía  sino paz; mas era forzado y estaba en
discordia por algunos que los revolvían con guerras y discordias. Cuando Valeriano llegó al
muro, saltó del caballo y mandó a sus compañeros que hiciesen lo mismo, por no mostrar ni
dar a entender que había venido por moverles a la guerra. Antes que hablase una sola
palabra, los amigos de sediciones y revueltas corrieron hacia él, siendo por cierto más
poderosos, trayendo por capitán uno llamado jesús, hijo de Tobías, príncipe y capitán de los
ladrones.
No osó Valeriano pelear con ellos por no traer para ello licencia de su capitán, aunque
fuese muy cierto que había de ser vencedor, viendo ser peligroso el pelear, siendo pocos y
sus enemigos muchos, y estando los enemigos muy armados, y los suyos no; espantado
también mucho por el atrevimiento de los judíos, recogióse a pie como estaba, y otros cinco
con él, dejando todos sus caballos, los cuales trajo Jesús y sus compañeros con alegría
grande, como que fueran presos en batalla, y no por traición, dentro de la ciudad.
Temiendo por esto los más viejos y más principales de la ciudad y de todo el pueblo,
vinieron corriendo al campo de los romanos, y juntos con el rey llegaron humildes de rodillas
a Vespasiano, suplicándole no los despreciase ni pensase haber consentido toda la ciudad en
la locura que algunos pocos habían cometido, sino que perdonase y quisiese amistad con el
pueblo que había sido siempre amigo de los romanos y procurado su amistad, y que
quisiesen más vengarse de los que eran causa de aquel levantamiento, que los habían   detenido, mucho tiempo había, a todos para que no viniesen a tratar amistad y concierto con
ellos.

Consintió Vespasiano con lo que éstos le rogaban, aunque por haberle sido robados los
caballos, estaba contra toda la ciudad muy enojado; y veía también que Agripa temblaba por
causa de esta ciudad; prometiendo, pues, a éstos no hacer daño alguno a todo el pueblo. Jesús
y sus compañeros no se tuvieron por seguros quedando en Tiberíada, antes determinaron ir a
Tarichea. Al día siguiente, Vespasiano envió con gente de a caballo a Trajano a la torre y
fuerte, por saber del pueblo si querían todos paz; y sabiendo cómo el pueblo era del mismo
parecer que aquellos que por él habían rogado, traía su ejército a la ciudad.
Abriéronle todas las puertas y saliéronle al encuentro con grandes alegrías y señales de
bienvenido, llamándole todos autor de la salud y vida de ellos, reconociendo las mercedes
que en ello les hacía. Y como los soldados se hubiesen de detener, por ser estrecha la
entrada, mucho tiempo, mandó derribar una parte del muro hacia la parte del Mediodía, y de
esta manera ensanchó la entrada, y por causa del rey, y por hacerle favor, mandó a su gente,
so pena de gran pena, que no robasen ni injuriasen al pueblo, y por causa de él mismo no
quiso derribar los muros, porque prometía hacer que los ciudadanos de esta villa serían de
allí en adelante muy concordes con todos, y así reparó de otras maneras la ciudad, que había
sido muy afligida con infinitos males.

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