De la destrucción de Jotapata


Permaneciendo los de Jotapata y sufriendo las adversidades contra toda esperanza,
pasados cuarenta y siete días, los montes que los romanos hacían fueron más altos que los
muros de la ciudad.
Este mismo día vino uno huyendo a Vespasiano, el cual le contó la poca gente y menos
fuerza que dentro había, y cómo fatigados y consumidos ya con las vigilias y batallas que
habían tenido, no podían resistirles más; pero que podían todavía ser presos todos con cierto
engaño, si querían ejecutarlo; porque a la última vigilia de guarda, cuando a ellos les parecía
tener algún reposo de sus males, los que están de guarda se vienen a dormir, y decía que ésta
era la hora en que debía dar el asalto.
Vespasiano, que sabía cuán fieles son los judíos entre sí, y cuán en poco tenían todos sus
tormentos, sospechaba del huido, porque poco antes, siendo preso uno de Jotapata, había
sufrido con gran esfuerzo todo género de tormentos; y no queriendo decir a los enemigos lo
que se hacía dentro, por más que el fuego y las llanas le forzasen, burlándose de la muerte,
fué ahorcado. Pero las conjeturas que de ello tenían daban crédito a lo que el traidor decía, y
hacían creer que por ventura decía verdad. No temiendo que le sucediese algo de sus
engaños, mandó que le fuese aquel hombre muy bien guardado, y ordenaba su ejército para
dar asalto a la ciudad. A la hora, pues, que le fué dicha, llegábase con silencio a los muros:
iba primero, delante de todos, Tito con un tribuno llamado Domicio Sabino, con compañía
de algunos pocos de la quincena legión, y matando a los que estaban de guarda, entraron en
la ciudad; siguióles luego Sexto Cercalo, tribuno, y Plácido con toda su gente.
Ganada la torre, estando los enemigos en medio de la ciudad, siendo ya venido el día, los
mismos que estaban presos no sentían aún algo, ni sabían su destrucción; tan trabajados y tan
dormidos estaban; y si alguno se despertara, la niebla grande que acaso entonces hacía, le
quitara la vista hasta tanto que todo el ejército estuvo dentro, despertándolos solamente el
peligro y daño grande en el cual estaban, no viendo sus muertes hasta que estaban en ellas.
Acordándose los romanos de todo lo que habían sufrido en aquel cerco, no tenían cuidado
ni de perdonar a alguno ni de usar de misericordia; antes, haciendo bajar y salir de la torre al
pueblo por aquellos recuestos, los mataban  a todos, en partes a donde la dificultad y
asperidad del lugar negaban la ocasión de defenderse a cuantos eran, por muy esforzados que
fuesen, porque apretados por las estrechuras de las calles, y cayendo por aquellos altos y
bajos que había, eran despedazados y muertos todos.
Esto, pues, movió a que muchos de los principales que estaban cerca de Josefo se
matasen, por librarse ellos mismos de toda sujeción, con sus propias manos: porque viendo
que no podían matar alguno de los romanos, por no venir en las manos de éstos, prevenían
ellos y adelantábanse en darse la muerte, y así, juntándose al cabo de la ciudad, ellos mismos
se mataron.

Los que primero estaban de guarda y entendieron ser ya la ciudad tomada, recogiéndose
huyendo en una torre que estaba hacia el Septentrión, resistiéronles algún tanto; pero
rodeados después por los muchos enemigos, rendíanse y fue tarde, pues hubieron de padecer
muerte por los enemigos, que a todos los mataron.
Pudieran honrarse los romanos de haber tomado aquella ciudad sin derramar sangre y
haber puesto fin al cerco, si un centurión de ellos no fuera a traición muerto, el cual se llamaba Antonio, porque uno de aquellos que se  habían recogido a las cuevas (eran éstos
muchos) rogaba a Antonio que le diese la mano para que pudiese subir seguramente,
prometiéndole su fe de guardarlo y defenderlo. Como, pues, éste, sin más mirar ni proveerse,
lo creyese y le diese la mano, el otro lo hirió con la lanza en la ingle, y lo derribó y mató.
Aquel día gastaron los romanos en matar todos los judíos que públicamente se hallaban;
los días siguientes buscaban y escudriñaban los rincones, las cuevas y lugares escondidos, y
usaron de su crueldad contra cuantos hallaban, sin tener respeto a la edad, excepto solamente
los niños y mujeres. Fueron aquí cautivados mil doscientos, y llegaron a número de cuarenta
mil los que murieron estando la ciudad cercada y en el asalto.
Mandó Vespasiano derribar la ciudad y quemar todos los castillos: de tal manera, pues,
fué vencida la fuerte ciudad de Jotapata a los trece años del imperio de Nerón, a las calendas
de julio, que es el primer día del mes.

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