(Capítulo II) De la batalla y muertes que hubo en Jerusalén entre los judíos y sabinianos


Antes que César determinase algo de lo que convenía que fuese hecho, murió de enfermedad la
madre de Arquelao, Malthace. Y fueron traídas muchas cartas de Siria, que decían cómo los judíos se
habían alborotado: por lo cual Varrón, pensando haber de ser así después de la partida y navegación
de Arquelao a Roma, vínose a Jerusalén por estorbar e impedir a los autores del alboroto y escándalo.
Y pareciéndole que el pueblo no se sosegaría, de las tres legiones de gente que habla traído consigo
desde Siria, dejó una en la ciudad y volvióse luego a Antioquía.
Pero como después llegase Sabino a Jerusalén, dió a los judíos ocasión de mover cosas nuevas,
haciendo una vez fuerza a la gente de guarda por que le entregasen y rindiesen las fuerzas y castillos,
y otra pidiendo inicuamente los dineros del rey.
No sólo confiaba éste en los soldados que Varrón había dejado allí, sino también en la multitud de
criados que tenía, los cuales estaban todos armados como ministros de su avaricia. Un día, que era el
quincuagésimo después de la fiesta, el cual llamaban los judíos Pentecostés, siete semanas después de
la Pascua, que del número de los días ha alcanzado tal nombre, juntóse el pueblo, no por la
solemnidad de la fiesta, pero por el enojo e indignación que tenía. Vínose a juntar gran muchedumbre
de gente de Galilea, Idumea, Hiericunta, y de las regiones y lugares que están de la otra parte del
Jordán, con todos los naturales de la ciudad; hicieron tres escuadrones y asentaron en tres diversas
partes sus campos: la una, en la parte septentrional del templo; la otra, hacia el Mediodía, cerca de la
carrera de los caballos, y la tercera hacia la parte occidental, no lejos del palacio real: y rodeando de
esta manera a los Romanos, los tenían cercados por todas partes.
Espantado Sabino por ver tanta muchedumbre y el ánimo y atrevimiento grande, hacía muchos
ruegos a Varrón, con muchos mensajeros que le  enviaba, que le socorriese muy presto, porque si
tardaba se perdería toda la gente que tenía; y él recogióse en la más alta y más honda torre de todo el
castillo, la cual se llamaba Faselo, que era el nombre del hermano aquel de Herodes que los partos
mataron. De allí daba señal a la gente que acometiesen a los enemigos porque con el gran temor que
tenía, no osaba parecer ni aun delante de aquellos que tenía bajo de su potestad y mandamiento.

Pero obedeciendo los soldados a lo que Sabino mandaba, corren al templo y traban una gran pelea
con los judíos; y como ninguno los ayudase ni les diese consejo, eran vencidos, no sabiendo las cosas
de la guerra, por aquellos que las sabían y estaban diestros en ella. Pero, ocupando muchos de los
judíos los portales y entradas angostas, tirándoles muchas saetas de alli arriba, muchos con esto caían,
y no podían vengarse fácilmente de los que de lo alto les tiraban, ni podían sufrirlos cuando se
llegaban a pelear con ellos. Afligidos por unos y por otros, ponen fuego a los portales, maravillosos
por la grandeza, obra y ornamento; y eran presos muchos en aquel medio, o quemados en medio de
las llamas, o saltando entre los enemigos, eran por ellos muertos: otros volvían atrás y se dejaban caer
por el muro abajo, y algunos, desconfiando de poder alcanzar salud, adelantaban sus muertes al  peligro del fuego, y ellos mismos se mataban. Los que salían de los muros y venían contra los
romanos, espantados y amedrentados con gran miedo, eran vencidos fácilmente y sin algún trabajo,
hasta tanto que, muertos todos o desparramados con gran temor, dejado el tesoro de Dios por los que
lo defendían, pusieron los soldados las manos en él y robaron de él cuarenta talentos, y los que no
fueron robados, se los llevó Sabino.

Pero fué tan grande la pérdida de los judíos, así de hombres como de riquezas, que se movió gran
muchedumbre de ellos a venir contra los romanos; y habiendo cercado el palacio real, amenazábanles
con la muerte si no salían de allí presto, dando licencia a Sabino, con toda su gente, para salirse. Ayudábanles muchos de los del rey que se habían juntado con ellos; pero la parte más belicosa y
ejercitada en la guerra eran tres mil sebastenos, cuyos capitanes eran Rufo y Grato, el uno de la gente
de a pie, y el Rufo de la gente de a caballo; los cuales ambos solos, con la fuerza de sus cuerpos y con
la prudencia que tenían, dieran mucho que hacer a los romanos, aunque no tuvieran gente que
favoreciera sus partes.
Dábanse, pues, prisa, y apretaban el cerco los judíos, y con esto juntamente tentaban de derribar
los muros, daban gritos a Sabino que se fuese y no les quisiese prohibir de alcanzar, después de tanto
tiempo, la libertad que tanto habían deseado; pero no les osaba Sabino dar crédito, aunque deseaba
mucho salvarse, porque sospechaba que la blandura y buenas palabras de los judíos eran por
engañarle; y esperando cada hora el socorro de Varrón, sufría el peligro del cerco.
Había muchos ruidos y revueltas en este mismo tiempo por Judea, y muchos, con la ocasión del
tiempo, codiciaban el reino; porque en Idumea estaban dos mil soldados de los viejos, que habían
seguido la guerra con Herodes, y muy armados, contendían con los del rey, a los cuales trabajaba de
resistir Achiabo, primo del rey, desde aquellos lugares, adonde estaba muy bien fortalecido y
proveido, rehusando salir con ellos a pelear al campo. En Séfora, ciudad de Galilea, estaba Judas, hijo
de Ezequías, príncipe de los ladrones, preso algún tiempo por He el rey, el cual había entonces
destruído todas aquellas regiones; juntando muchedumbre de gente, rompiendo los que aguardaban el
ganado del rey, y armando todos los que pudo haber en su compañía, venía contra los que deseaban
alzarse con el reino.
De la otra parte del río estaba uno de los criados del rey, llamado Simón, el cual, confiando en su
gentileza y fuerzas, se puso una corona en la cabeza, y con los ladrones que él había juntado, quemó
el palacio de Hiericunta y muchos otros edificios que había muy galanos por allí, discurriendo por
todas partes, y ganó en quemar tado esto fácilmente gran tesoro. Hubiera éste quemado ciertamente
todos los edificios y casas gentiles que había por allí, si Grato, capitán de la gente de a pie del rey, no
se diera prisa y diligencia en resistirle, sacando de Thracon los arqueros y la gente de guerra de los
sebastenos. Murieron muchos de la gente de a pie; pero supo dar recaudo en haber a Simón y atajarle
los pasos, aunque él iba huyendo por los recuestos y alturas de un valle; al fin con una saeta le
derribó.
Fueron quemados todos los aposentos y casas reales que estaban cerca del Jordán; y en
Betharantes se levantaron algunos otros, venidos de la otra parte del río; porque hubo un pastor
llamado Athrongeo, que confiaba alcanzar el reino, dándole alas para esto su fuerza y la confianza
que en su ánimo grande tenía, el cual menospreciaba la muerte y también en los ánimos valerosos, si
tal nombre merecen, de cuatro hermanos que tenía, y su esfuerzo, de los cuales servía como de cuatro
capitanes y sátrapas, dando a cada uno su escuadrón y compañía de gente armada; y él, como rey,
entendía y tenía cargo de negocios más importantes. Entonces él también se coronó. No estuvo
después poco tiempo con sus hermanos destruyendo todas aquellas tierras, sin que alguno de los
judíos le pudiese huir de cuantos sabía él que le podían dar algo; y mataba también a todos los  romanos que podía haber y a la gente del rey.

Osaron también cercar un escuadrón de romanos, el cual hallaron cerca de Amathunta, que
llevaba trigo y armas a los soldados. Mataron aquí al centurión Ario y a cuarenta hombres más de los
más esforzados; y puestos todos los otros en el mismo peligro, libráronse con el socorro de Grato, que
les víno encima con los sebastenos.



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