(Capítulo V) Del mancebo que fingió falsamente ser Alejandro, y cómo fué preso


En este tiempo un mancebo judío de nación, criado en un lugar de los sidonios con un liberto de
los romanos, fingiendo que era él Alejandro, aquel que Herodes había muerto, porque a la verdad le
era muy semejante, vínose a Roma con pensamiento de engañarlos. Tenía por compañero a un otro
judío de su tierra, el cual sabía muy bien todo to que en el reino había pasado. Instruído por éste, y
hecho sabedor de todo, afirmaba que por misericordia de aquellos que habían venido a matar a él y a
Aristóbulo, los habían librado de la muerte, poniendo otros cuerpos semejantes a los suyos.
Había ya engañado con estas palabras a muchos judíos de los que vivían en Creta, y recibido a11í
harto magnífica y liberalmente, y pasando a Melo, donde juntó mayores tesoros, había también
movido a muchos de sus huéspedes, con gran semejanza de verdad, que navegasen con él a Roma.
A1 fin, llegado a Dicearchia, habiendo recibido a11í muchos dones de los judíos, acompañábanle los
amigos de Herodes, no menos que si fuera rey.
Era éste tan semejante en la cara a Alejandro, que los que habían visto y conocido al muerto,
juraban y tenían que era el mismo. Con esto, todos los judíos de Roma salían por verlo, y juntábase
gran multitud de gente en las calles por donde había de pasar. Habían muchos sido tan locos, que to
llevaban en una silla y le hacían acatamiento con sus propios gastos y dispensas, como si fuera
realmente rey.
Pero conociendo César muy bien la cara de Alejandro, porque había sido antes acusado y traído
delante de él por su padre Herodes, aunque antes de juntarse con él había conocido el engaño de la
semejanza que tenía con el muerto, pensó todavía dejarle holgar algún rato con su esperanza, y envió
a un hombre llamado Celado, que conocía muy bien a Alejandro, a que trajese el mancebo delante de
él.
En la hora que lo vió, conoció luego la diferencia del uno al otro, y principalmente cuando vió
que era su cuerpo tan rústico y su manera tan servil, entendió la burla y ficción muy claramente. Pero
fué muy movido y enojado con el atrevimiento de sus palabras, porque a los que le preguntaban de
Aristóbulo, respondió que estaba vivo y salvo, pero que no había querido venir adrede y con consejo,
porque estaba en Chipre guardándose de todas las asechanzas que le podían hater, porque estando
ellos dos apartados, menos podían ser presos que si estuviesen juntos. Apartólo de todos los que allí
estaban, y díjole que César le salvaría la vida si le descubría y manifestaba quién había sido el autor
de tan gran maldad y engaño. Prometiéndolo hacer, fué llevado delante de César; señalóle el judío, y
díjole cómo se había malamente y con engaño servido de la semejanza por haber ganancia y allegar
dineros, afirmándole que había recibido de las ciudades no menus Bones, antes muchos más que si
fuera el mismo Alejandro. Rióse con esto César, y puso al falso Alejandro, por tener cuerpo para ello,
en sus galeras por remador, y mandó matar al que tal había persuadido; juzgando que era harto
castigo de la locura de los de Melo, perder los gastos que habían hecho con este mancebo.

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