De otra matanza y destrucción hecha en Jerusalén



En este mismo tiempo el rey Agripa había pasado a Alejandría, por visitar, como huésped, a
Alejandro, enviado por Nerón por procurador y regidor de todo Egipto. Pero su hermana Berenice,
que estaba entonces en Jerusalén, viendo la maldad que los soldados usaban con los judíos, recibió
por ello gran pena y gran tristeza; y enviando muchas veces los capitanes de su caballería, y algunas
otras las guardas de su propia persona, suplicaba a Floro que cesase y dejase de hacer tan grandes
matanzas.
No teniendo cuenta Floro, con la muchedumbre de los muertos, y no haciendo caso de cuanto la
reina le rogaba, ni de su nobleza, y teniendo sólo ojo a su ganancia, que se acrecentaba con los robos
que hacían, menosprecióla; y sus soldados también osaron atreverse contra la reina: porque no sólo
mataban a los que le venían al encuentro, pero a  ella misma, si no se recogiera en su palacio, la
hubieran muerto.
Allí pasó toda la noche sin dormir, puesta muy en orden su guarda, temiéndose le diesen asalto
los soldados. Había ella venido por hacer oración a Dios y cumplir sus votos a Jerusalén: porque
todos los que caen en enfermedad, o en otras necesidades, tienen por costumbre estar treinta días en
oración antes de hacer algún sacrificio, y abstinencia de beber vino, y raerse la cabeza. Cumpliendo,
pues, esta costumbre la reina Berenice, vino con los pies descalzos delante M tribunal de Floro, por
suplicarle lo que antes había hecho; y además de que no le hizo alguna honra, estuvo en peligro de
perder la vida. Pasaron estas cosas a los dieciséis días del mes de mayo.
Juntándose después, otro día, gran muchedumbre de gente en la plaza que arriba dijimos,
quejábase a grandes voces por los que hablan sido muertos, y principalmente de Floro. Temiéndose la
gente principal de esto, y los pontífices rompiendo sus vestiduras y tomando a cada uno
particularmente, pedíanles que no hablasen tales palabras, por las cuales habían sufrido ya tantos
males y daños, rogando a todos que no quisiesen mover a Floro a mayor indignación. Apaciguóse el
pueblo de esta manera, tanto por reverencia de los que los rogaban, cuanto por la esperanza que
tenían que Floro no volvería otra vez su crueldad contra ellos.
Pesaba mucho a Floro ver el pueblo apaciguado, y deseando otra vez moverlos en revuelta,
mandó que viniesen delante de él los pontífices y toda la nobleza, y les dijo que para hacer que no
tuviesen ya más revueltas y novedades, solamente veía un remedio, y era que saliese el pueblo a
recibir los soldados que venían de Cesárea, que  eran hasta dos capitanías o compañías de gente; y
habiéndose juntado el pueblo para esto, mandó  a los centuriones o capitanes de ellos, que no
saludasen a los judíos cuando les saliesen al encuentro, y que si sintiendo esto hablaban algo
atrevidamente, diesen todos en ellos.
Juntando, pues, el pueblo en el templo, los pontífices rogaban a todos que saliesen a recibir a los
romanos y que hiciesen su salutación a las compañías que venían, antes que les sucediese algún
mayor daño. Los escandalosos y gente amiga de  revueltas no querían obedecer a estos ruegos y
amonestaciones; y todos los demás, por el gran dolor que tenían de ver tantas muertes como habían
malamente cometido, tampoco les querían obedecer, antes se juntaban con los que estaban aparejados
para revolverlos. Entonces, viendo esto los sacerdotes y levitas, sacaron todos los ornamentos del
templo y todos los vasos sagrados: salieron también todos los músicos, cantores y órganos, y
echábanse delante del pueblo, rogándoles encarecidamente que concediesen aquello por guardar la
honra del templo y por no mover con injurias a que los romanos les robasen el templo y las cosas
sagradas.
Era cosa de ver los príncipes de los sacerdotes  con las cabezas llenas de ceniza, y rotas las  vestiduras de sus pechos, mostrarlos desnudos, moviendo a todos los nobles, nombrando a cada uno
por su nombre; y otra vez a todo el pueblo juntamente, rogando que no quisiesen, por un pecado
pequeño, entregar su patria a gentes que tanto deseaban robarlos y darles saco; porque, ¿qué provecho
podían sacar los soldados de que los judíos los saludasen, o qué corrección podían dar a todo lo que
había acontecido, si al presente no se refrenaban y detenían su fuerza?

Mas si, al contrario, recibían solemnemente a  los soldados que venían, quitaban a Floro toda
ocasion de batalla y de revueltas, y ellos salvaban su patria; y además de esto, excusaban verse en
peligro que no experimentasen y sufriesen algo que les fuese peor. Decían más: que si tanta
muchedumbre se juntaba con tan pocos revolvedores, debía ser esto más para darles consejo de paz,
que no de mayor revuelta y escándalo.
Doblegando con estas amonestaciones y consejos la muchedumbre, amansaron también a los
revolvedores, a unos con amenazas, a otros con su autoridad y reverencia; y salieron ellos primero,
siguiéndoles después todo el pueblo al encuentro y a recibir los soldados que venían. Acercándose
unos a otros, los judíos los saludaron; y no respondiendo algo los soldados, los judíos revolvedores
comenzaron a decir a voces que todo aquello se hacía por consejo de Floro. Oyendo esto los
soldados, prendiéronlos y comenzaron a apalearlos; y persiguiendo a los que huían, matábanlos bajo
los pies de los caballos. En esta persecución morían muchos heridos por los romanos, y muchos más
bajo los pies, cuando caían huyendo: y en las puertas se hizo muy grave daño, adonde muchos se
ahogaron; deseando los unos pasar primero que los otros, deteníanse mucho más, y la muerte de los
que caían era muy difícil y penosa, porque morían ahogados y pisados de todos, y ninguno podía
quedar conocido Por sus parientes, para que después pudiese ser sepultado. Hacíanles también fuerza
los soldados sin alguna templanza, matando a cuantos podían haber; y por la calle o entrada llamada
Bezetha, oprimían la muchedumbre de la gente por apoderarse de la torre Antonia y del templo.
Alcanzándolos Floro, sacó del palacio la gente que con él estaba y trabajaba por pasarse a la torre.
Pero fué burlada su fuerza, porque ensañándose el pueblo contra ellos, subíanse por las techumbres
de las casas, y de lo alto, a pedradas, mataban a los romanos; y siendo vencidos por la muchedumbre
de saetas que de allá arriba les tiraban, ni pudiendo defenderse de la muchedumbre que procuraba
pasar por aquellas entradas muy estrechas, recogiéronse al otro ejército que estaba en el palacio.
Pero temiendo los revolvedores que sobreviniendo Floro les entrase en el templo y tomase
posesión de él, subiéronse al templo por la torre Antonia y cortaron y derribaron los portales por
donde se juntaba el templo con la torre, por refrenar, ya desesperados, la grande avaricia de Floro:
porque teniendo codicia y gran deseo de los tesoros sagrados, no trabajase de pasar por la torre
Antonia por sólo haberlos.
Viendo cortados y derribados los medios que había para ello, perdió el ímpetu que traía y quísose
reposar, y convocando todos los principales de los sacerdotes y toda la Corte dijo que él se salía de la
ciudad; pero que dejaba en ella guarnición de gente, tanta cuanta ellos mismos quisiesen. Respondiendo ellos a esto que ninguna novedad habría ni menoe se levantaría algo si solamente dejaba
una compañía, con tal que no fuese aquella que poco antes habla peleado y tenidc revuelta con los
ciudadanos, porque el pueblo estaba enojado y muy sentido de lo que de ellos habían todos sufrido; y
mudándoles la compañía según le rogaban, volvióse a Cesárea con todo el otro ejército.


De lo que hizo el tribuno Policiano, y del razonamiento que 
Agripa hizo a los judíos, aconsejándoles que obedeciesen a 
los romanos.

Inventando otro consejo nuevo para moverlos a guerra, acusólos delante de Cestio, diciendo
cómo se habían querido rebelar; y mintiendo desvergonzadamente, dijo haber sido ellos la causa de
todo lo que habían padecido.
No callaron los príncipes de Jerusalén lo que había pasado; antes ellos, juntamente con Berenice,
vinieron a contar y hacer saber a Cestio todo cuanto Floro había hecho en la ciudad injusta e
inicuamente. Tomando él las cartas de ambas partes, aconsejábase con sus príncipes sobre lo que le
convenía hacer: algunos eran de parecer que Cestio debía venir con su ejército a Judea a vengarse y
castigar la rebelión, si había pasado como se contaba, o asegurar más a los judíos y vecinos naturales
de aquel reino; pero a él le pareció y agradó más enviar delante a uno de los principales de los suyos,
que le pudiese traer certidumbre de los negocios y consejos de los judíos. Para esto envió un tribuno
llamado Policiano, el cual, viniendo a encontrarse cerca de Pamnia con Agripa, que volvía de
Alejandría, descubrióle a dónde iba, y también la causa por qué era enviado.
Habían trabajado Por hallarse con ellos los pontífices de los judíos y toda la nobleza y gente de su
corte, haciendo su acatarniento, por renovar los oficios reales. Después que lo hubieron recibido con
la honra y benignidad que les fué posibles quejáronse de las injurias que les habían sido hechas, con
tantas lágrimas cuantas pudieron, y contáronle la crueldad que había Floro usado con ellos. Aunque la
reprendió Agripa, todavía convirtió sus quejas contra los judíos, de quienes él tenía muy gran
compasión y piedad, con intención de enfrenarlos y apaciguarlos, porque haciéndoles entender que no
habían padecido alguna injuria, perdiesen la voluntad y deseo que tenían de venganza.
Viendo esto todos los buenos y los que por conservar sus bienes y posesiones deseaban la paz y
reposo común, entendían claramente que la reprensión del rey estaba llena de toda clemencia. El
pueblo de Jerusalén salió sesenta estadios, que son cerca de siete millas, afuera, por recibir a Agripa y
a Policiano y hacer en ello su deber; pero las mujeres lamentaban con grandes llantos las muertes de
sus maridos; y como las oyese todo el otro pueblo, comenzó también a llorar, suplicando a Agripa
que tuviese misericordia y compasión en aconsejar a toda aquella gente; decían también a voces a
Policiano que entrase dentro de la ciudad, y que viese lo que Floro había hecho. Así le mostraron
todo el mercado despoblado de gente, destruídas las casas; y después, por medio de Agripa,
persuadieron a Policiano que él con un solo criado rodease toda la ciudad hasta Siloa, hasta que
conociese y viese claramente con sus ojos, que los judíos obedecían a todos los otros romanos, y que
sólo a Floro contradecían, por la gran crueldad que contra ellos había usado.
Habiendo, pues, él rodeado la ciudad y teniendo harto manifiesta señal y experiencia de la
mansedumbre del pueblo, subió al templo, adonde quiso que la muchedumbre del pueblo fuese
llamada, y loando muy largamente la fidelidad  de ellos para con los  romanos, habiendo hecho
muchas amones taciones para que todos trabajasen en conservar la paz, adoró a Dios y sus cosas
santas; pero no pasó del lugar que la religión de los judíos le permitía, y acabado todo esto volviáse a
Cestio.
El pueblo de los judíos, convirtiendo sus llantos al rey y a los pontífices, suplicaba que se
enviasen embajadores a Nerón sobre las cosas que Floro había hecho, por que no diesen ocasión de
sospechar haber querido ellos hacer alguna traición, si por ventura callaban tan gran matanza como  habla sido hecha; y parecíales que ciertamente mostraran haber sido Floro la causa y el comienzo de
todo lo hecho; y érale manifiesto ciertamente que el pueblo no se reposara, si alguno quisiera impedir
o prohibirles que no enviasen esta embajada.

Pareciale a Agripa que movería envidia contra sí, si él ordenaba embajadores que fuesen a acusar
delante de César a Floro; y por otra parte vela no serle cosa conveniente menospreciar a los judíos,
que estaban ya movidos para hacer guerra; por  tanto, convocó el pueblo en un ancho portal, y
poniendo en lo alto a su hermana Berenice en la casa de los Asamoneos, porque venia ésta a dar
encima de aquel portal, contra la parte más alta de la ciudad, porque el templo se juntaba con este
portal con un puente que había en medio, Hízoles este razonamiento:
«No me hubiera atrevido a parecer delante de vosotros, y mucho menos aconsejaros lo necesario,
si viera que estabais todos prontos y con voluntad de hacer guerra a los romanos, y que la parte
mayor y mejor de todo el pueblo, no desease guardar y conservar la paz, porque de balde y superfluo
pienso yo que es tratar delante del pueblo de las cosas provechosas, cuando la intención, el ánimo y el
consentimiento de todos es aparejado e inclinado a seguir la peor parte; pero porque la edad hace
algunos de los que estáis presentes ignorantes y sin experiencia de los males de la guerra, a otros la
esperanza mal considerada de la libertad, algunos se inflaman y encienden con la avaricia, pensando
que cuando todo esté confuso, con la revuelta y confusión se han de aprovechar y enriquecer, me
pareció cosa muy necesaria mostraros a todos juntamente lo que me parece seros conveniente y
provechoso, a fin de que los que con tal error están, se corrijan y desengañen, y por consejos malos
de pocos, no perezcan también los buenos; por tanto, ruego no me sea alguno impedimento ni estorbo
en lo que diré, aunque no oiga lo que su avaricia pide y desea, y los que están movidos con ánimo de
rebelarse, sin que haya esperanza de poder ser revocados a otro parecer, muy bien podrán
permanecer, después de mi habla y consejo, en su determinación y voluntad; pero si todos juntamente
no me conceden licencia y silencio para hablar, serán causa que no me puedan oír aquellos que tanto
lo desean.
"Sabido tengo haber muchos que encarecen las injurias recibidas por los gobernadores de las
provincias, y levantan trágicamente con loores la libertad. Antes que yo me ponga a mirar y
descubriros quiénes seáis y cuáles vosotros, y quiénes aquellos contra los cuales presumís de
emprender guerra, quiero hacer una división de las causas que vosotros pensáis estar muy juntas,
porque si pretendéis vengaros de los que os han injuriado, ¿qué necesidad hay de ensalzar con tan
grandes loores la libertad? Y si os parece que el estar sujetos es cosa indigna que se sufra, de balde
juzgo que es quejaros de los regidores, porque por muy moderados que sean con vosotros, no será por
esto menos torpe y feo estar en servidumbre. Pues  considerad ahora cada cosa particularmente, y
conoced cuán pequeña causa y ocasión tengáis para moveros a guerra. Considerad primero los errores
y faltas de los regidores: debéis saber que los poderosos han de ser honrados y no tentados con riñas e
injurias; mas si queréis pesar tantos pecados  tan pequeños, movéis ciertamente contra vosotros
aquellos a quienes injuriáis, de tal manera, que los que antes secreta y escondidamente y con
vergüenza os dañaban, son después movidos a robaros y dañaros pública y seguramente.
"No hay cosa que tanto detenga y reprima las aflicciones, corno es la paciencia y quietud de
aquellos a los cuales es hecho el daño, y tanto avergüence y ponga en confusión a los que de él suelen
ser causa; pues poned por caso que los enviados por regidores a las provincias son muy molestos y
muy enojosos; no por eso debéis echar la culpa a los romanos, y decir que ellos os injurian, ni a César
tampoco, contra quien queréis  ahora mover guerra. No debéis creer que por su mandato sea malo
alguno de los que os envía por gobernadores, ni pueden ver los que están en Occidente lo que se hace
en Oriente, ni aun tampoco allá se puede oír ni saber fácilmente lo que por acá se trata; y así seria una
cosa muy importuna moverse con pequeña causa contra tan grandes señores, pues ellos no saben las
cosas de que nos quejamos.

"De los daños que nos han sido hechos, fácilmente tendremos enmienda y corrección, porque no
tendrá siempre este Floro la administración de esta provincia, antes es cosa creíble que los que le
sucederán serán más modestos y mejor regidos; mas la guerra, si una vez es comenzada, no es tan
fácil dejarla ni tampoco sostenerla. Los que son tan sedientos de la libertad, debieran primero trabajar  y proveer en guardarla y conservarla, porque la novedad de verse en servidumbre suele ser muy
importuna y molesta, y por no venir a ella parece ser justa cosa emprender la guerra; pero aquel que
ya una vez está sujetado y después falta, más parece, cierto, esclavo rebelde y contumaz, que no
amador de libertad. Por esto se debió hacer todo lo posible por que no fueran recibidos los romanos,
cuando Pompeyo comenzó a entrar en este reino y provincia.

"Nuestros antepasados y sus reyes, siendo en dineros, cuerpos y ánimos, mucho más poderosos y
valerosos que vosotros, no pudieron resistir a una pequeña parte del poder y fuerza de los romanos; y
vosotros, que habéis recibido esta obediencia y sujeción, casi como herencia, y sois en todas las cosas
menores y para menos que fueron los que primero les obedecieron, ¿pensáis poder resistir contra todo
el imperio romano?
'Tos atenienses, que por la libertad de la gente griega dieron en otro tiempo fuego a su propia
patria, y persiguieron muy gloriosamente, cerca de Salamina la pequeña, a Jerjes, rey soberbísimo,
huyendo con una nao, el cual por las tierras navegaba, y caminaba por los mares, cuya flota y armada
a gran pena cabía en la anchura de la mar, y tenía un ejército mayor que toda Europa; los atenienses,
que resistieron a tantas riquezas de Asia, ahora sirven a los romanos y les son sujetos, y aquella real
ciudad de Grecia es ahora administrada por regidores romanos. Los lacedemonios también, después
de tantas victorias habidas en Termópila y Platea, y después de haber Agesilao descubierto y
señoreado toda el Asia, honran y reconocen a los romanos por señores. Los macedonios, que aun les
parece tener delante a Filipo y a Alejandro, prometiéndoles el imperio de todo el mundo, sufren la
gran mudanza de las cosas y adoran ahora aquéllos, a los cuales la fortuna se pasó y tanto favorece.
"Otras muchas gentes hay que, siendo mucho mayores y confiadas en mayor fuerza para
conservar su libertad, las vemos todavía ahora  reconocer y se sujetan en todo a los romanos; ¿y
vosotros solos os afrentáis y no queréis estar sujetos a los romanos, cuya potencia veis cuánto
domina? ¿En qué ejércitos o en qué armas os confiáis? ¿A dónde tenéis la flota y armada que pueda
discurrir por el mar de los romanos? ¿A dónde están los tesoros que puedan bastar para tan grandes
gastos? ¿Por ventura pensáis que movéis guerras contra los árabes o egipcios? ¿No consideráis la
potencia del imperio romano? ¿No miráis para cuán poco basta vuestra fuerza? ¿No sabéis que
muchas veces vuestros propios vecinos os han vencido y preso en vuestra ciudad?
"Mas la virtud y poder invencible de los romanos pasa por todo el mundo, y aun algo más han
buscado de lo contenido en este mundo, porque no les basta a la parte del Oriente tener todo el
Eufrates, ni a la de Septentrión el Istro o Danubio, ni les faltan por escudriñar los desiertos de Libia
hacia el Mediodía, ni Gades al Occidente; mas aun además del océano buscaron otro mundo y
vinieron hasta las Bretañas, que es Inglaterra, tierras antes no descubiertas ni conocidas, y allá
pasaron su ejército. Pues qué, ¿sois vosotros más ricos que los galos, más fuertes que los germanos y
más prudentes y sabios que los griegos? ¿Sois por ventura más que todos los del mundo? ¿Pues qué
confianza os levanta contra los romanos?

»Responderá alguno, diciendo que servir es cosa muy molesta y enojosa. ¿Cuánto más molesto
será esto a los griegos, que parecían tener ventaja en nobleza a todos los del universo y y poco ha que
eran señores de una provincia tan grande y tan ancha, que ahora obedecen y están sujetos a seis varas
que se suelen traer delante de los cónsules romanos? A otras tantas obedecen los macedonios, los
cuales, por cierto más justamente que vosotros, podrían defender su libertad. ¿Pues qué diremos de
quinientas ciudades que hay en el Asia? ¿Por ventura no obedecen todas a un gobernador sin gente
alguna de guarnición, y están sujetos todos a una vara del cónsul romano? ¿Pues para qué me alargaré
en contar y hacer mención de los heniochos, de los colchos y de los que viven en el monte Tauro? Y
los bosforanos, las naciones que habitan en la costa del mar del Ponto y las gentes meóticas, las
cuales en otro tiempo ningún señor conocían aunque fuese natural, y ahora están sujetos a tres mil
soldados, y cuarenta galeras guardan pacifica la mar que no solía ser antes navegable. Pues, cuán
grande y cuán poderosa era Bitinia y Capadocia, y la gente de Panfilia, la de Lidia y la de Cilicia.
¿Cuántas cosas podrían todas hacer por su libertad? Ahora las vemos que pagan sus tributos todas, sin
que fuerza de armas les obligue a ello.

»Pues ¿y los de Tracia? Estos poseen una provincia que apenas se puede andar la anchura en
cinco días, y en siete lo que tiene de largo; tierra más áspera y fuerte que la vuestra, la cual detiene
los que allá pasan con el hielo tan grande; ahora obedecen a los romanos con dos mil hombres que
hay allá de guarnición. Después de éstos, los de  Dalmacia y los ¡líricos, que viven junto al Istro,
también están sujetos con solas dos compañías de soldados que están allá, con las cuales se defienden
de los de Dacia: pues los mismos de Dalmacia, que trabajaron tanto por guardar y conservar su
libertad siendo muchas veces presos, se rebelaron una vez con muy gran furia, y ahora viven
reposados en sujeción de una legión de romanos.
»Pero sí algunos había que tuviesen causas y razones para moverse a defender su libertad, eran
los galos, por estar naturalmente proveídos de tantos amparos y defensas, porque por la parte del
Oriente tienen los Alpes, por la de Septentrión tienen el rio Rhin, por la del Mediodía los montes
Pirineos, y por la parte occidental el ancho Océano; pero con toda esta defensa, y siendo tan
populosa, que tiene trescientas quince naciones diversas en si, y siendo tan abundosa de fuentes que
casi la riegan toda, lo cual es gran felicidad doméstica, todavía están sujetos a los romanos y les
pagan pechos, y tienen puesta toda su dicha y prosperidad en la de los romanos, no por flojedad de
ánimos ni por falta de nobleza de linaje, pues han peleado y hecho guerra por la libertad más de
ochenta años; pero maravillados de la fuerza de  esta gente y de la fortuna y prosperidad de los
romanos, los han temido, porque  con ella han muchas veces alcanzado mucho más que no con las
guerras, y. finalmente, están sujetos a mil doscientos soldados, teniendo casi mayor número de
ciudades.

»Ni a los iberos pudo bastar el oro que les nace en los ni las guerras que hacían por su libertad, ni
les en tan apartada de Roma por tierra y por mar, como eran los lusitanos y belicosos cántabros, ni la
vecindad del mar Océano, que aun a los que moran cerca de él es terrible y espantoso con sus
bramidos; los romanos pusieron a todos en su sujeción, alargando las armas y extendiendo su poder
más allá de las columnas de Hércules: pasaron cual nubes por las alturas de los Piríneos, los cuales
sujetaron a su imperio. Y de esta manera a gente tan belicosa y tan apartada, según arriba dijimos, les
basta ahora una legión para tenerlos domados.
»¿Quién de vosotros no ha oído hablar de la  muchedumbre de los germanos? La fortaleza y
grandor de sus cuerpos, según pienso, todos la habéis visto muchas veces, porque los romanos los
tienen en todas partes cautivos, los cuales poseen unas regiones tan espaciosas y grandes, y tienen
mayores ánimos que los cuerpos, y no temen la muerte, y son más vehementes en la ira e indignación
que las bestias fieras; todavía tienen ahora el Rhin por término, y son domados por ocho legiones de
romanos; y los que están presos y sirven como esclavos, y toda la otra gente pone su salud en la huida
y no en las armas. Considerad, pues, también ahora los muros de los britanos, vosotros que tanto
confiáis en los de Jerusalén. Aquéllos están rodeados con el océano, y su tierra es casi tan grande
como la nuestra; y los romanos con sus navegaciones los han sujetado, y cuatro legiones de gente
romana guardan y tienen en paz una isla de tanta grandeza.
»Pero ¿qué necesidad hay de más palabras, pues vemos que los partos, gente tan belicosa y que
mandaba antes a tantos pueblos, abundosos de tantas riquezas, envían ahora rehenes a los romanos, y
vemos que toda la principal nobleza del oriente sirve ahora en Italia con nombre y muestras de paz?
»Pues que todos los que viven debajo del cielo temen y honran las armas de los romanos, ¿queréis
vosotros solos hacerles guerra? ¿No consideraréis el fin que han tenido los cartagineses, los cuales,
glori5ndose con aquel gran Aníbal, y descendiendo ellos de la generación y cepa de los de Fenicia,
fueron todos vencidos y derribados por Escipión?
»Ni los cireneos descendiendo de Lacedemón; ni los marmaridas, cuyo poder se ensanchaba hasta
aquellos desiertos solos y secos; ni los terribles y  valerosos sirtas, los nasamones y mauros, ni la
muchedumbre del pueblo de Numidia impidieron ni estorbaron el poder y virtud de los romanos.
»Mas la tercera parte del mundo, en la cual hay tantas naciones que no se podrían ligeramente
contar, rque desde el mar Atlántico y las columnas de Hércules hasta el mar Bermejo, en diversos  lugares hay infinito número de etiopes, todavía  la tomaron toda por armas; y además del trigo y
provisión que cada año envían a los romanos, pagan también otro tributo, y sirven de voluntad con
otros gastos al imperio: no tienen por cosa de afrenta hacer cuanto la es mandado, como vosotros, y
no hay con todos ellos más de una legión romana.

 »Pero ¿qué necesidad hay de tomar ejemplos tan de lejos para declarar la potencia de los
romanos? Podéisla ver y conocer claramente con ejemplo de Egipto vecina vuestra, porque
alargándose esta tierra hasta la Etiopía y hasta la fértil y feliz Arabia, y siendo también cercana a la
India, pues confina con ella, teniendo setecientos  cincuenta millones de gentes, sin el pueblo de
Alejandría, paga muy de voluntad sus tributos, la cantidad de los cuales fácilmente se puede estimar
por el número de la gente; y no se afrentan ni se tienen por indignos de estar sujetos al imperio
romano, aunque sea incitada a rebelión de Alejandría, abundosa de gentes y riquezas, y no menor en
grandeza, porque tiene de largo treinta estadios, y de ancho no menos de diez; paga mes que pagáis
vosotros cada año, y además del dinero provee de pan a los romanos por espacio de cuatro meses.
Está fortalecida por todas partes, o de desierto nunca andado, o de mar adonde no se puede tomar
puerto, o de rios y lagunas; mas ninguna cosa de éstas fué tan fuerte como a fortuna de los romanos,
porque dos legiones que quedan en la ciudad refrenan a Egipto y a toda la nobleza de Macedonia.
»¿Pues a quiénes tomaréis por compañeros para la guerra? Todos los que viven en el mundo
habitable son romanos, o a ellos sujetos, si no es que alguno de vosotros extienda sus esperanzas más
allá del Eufrates, y piense que la gente de los adiabenos, por ser de su parentesco, le ha de venir a
ayudar. Mas éstos no querrán por una cosa sin razón envolverse en una guerra tan grande; y aunque
quisiesen hacer cosa tan afrentosa, no se lo consentirían los partos, porque cuidan de guardar la
amistad que tienen con los romanos, y pensarán ser rota la confederación si alguno de los que están
sujetos a su imperio y mando intentaba guerra contra los romanos. Pues no hay otra ayuda ni socorro
sino el de Dios; mas a éste también le tienen los romanos, porque sin ayuda particular suya, imposible
sería que -imperio tal y tan grande permaneciese y se conservase.
"Considerad también cuán difícil cosa será en la guerra guardar bien vuestra religión, a que tanta
afición tenéis, aunque tuvieseis  guerra con hombres de mucho menos poder que vosotros, y que
traspasándola ofendéis a Dios, pensando que por ella os ha de ayudar; porque si queréis, según la
costumbre, guardar los sábados sin daros a alguna obra, seréis fácilmente presos. Así lo han
experimentado vuestros antepasados cuando Pompeyo  trabajó por pelear principalmente en estos
días, en los cuales los que eran acometidos estaban en reposo. Y si en la guerra quebrantáis la ley de
vuestra patria, no sé por qué peleáis por lo que resta. Vuestro intento ahora no es más que hacer que
no sean quebrantadas las leyes de vuestra patria. ¿De qué manera, pues, osaréis llamar e invocar a
Dios que os ayude, si violáis de vuestra voluntad la honra que todos le debéis tan debidamente?
Todos los que emprenden hacer guerra o confían en el socorro y ayuda de Dios, o en el poder y
fuerzas humanas, cuando ambas cosas para acabar les faltan, los que quieren pelear, sin duda van a
caer en manifiesto cautiverio por su propia voluntad. ¿Pues quién os vedará que no despedacéis
vuestros propios hijos y mujeres con vuestras propias manos, y que no deis fuego y abraséis a vuestra
patria tan querida y tan amada?.

»Lo menos que ganaréis, si ponéis por obra tal locura, será la afrenta y daño que suele suceder a
los vencidos. Más vale, ¡oh amados amigos míos! y es mejor guardarse de la tempestad que está por
venir, entretanto ¡que la nao está en el puerto, que no temblar cuando ya estáis en trabajo en medio de
la tempestad; porque los que caen en males sin pensarlos y sin proveerse para ello, parecen dignos
algún tanto que de ellos se tenga lástima y compasión; pero los que se echan en peligros manifiestos,
dignos son de toda reprensión e injuria. Si ya no piensa por ventura alguno de vosotros que los
romanos se atarán a pactos y condiciones peleando, o que se moderarán saliendo vencedores, y que,
por dar ejemplo a todas las naciones, no pondrán fuego en esta ciudad sagrada, y darán muerte a toda
la generación de los judíos; que quedaréis vivos después de  esta guerra, no tendréis algún lugar
adonde recogeros: teniendo ya los romanos a todas las naciones y gentes sujetas a su imperio, o
teniendo todas las demás miedo muy grande de quedarles sujetas.
»Y no estaréis vosotros solos en peligro, mas también todos los judíos que viven en las otras  ciudades, porque no hay pueblo en todo el universo adonde no haya algunos de vuestra gente; los
cuales todos, sin duda, si vosotros os rebelarais, por muerte muy cruel serán acabados; y por consejos
malos de muy pocos hombres, serán bañadas todas las ciudades con sangre de los judíos. Los que tal
hicieren, quedarán excusados, por ser a ello por vuestra falta forzados; y aunque dejaran de ejecutar
tal cosa, poneos a considerar cuan impía cosa sea mover guerra contra gente tan benigna.

»Tened, pues, compasión y misericordia; si no la tuviereis de vuestros hijos y mujeres, a lo
menos de esta ciudad que se llama la madre de las ciudades de vuestra región. Conservad los muros
sagrados y los santos lugares, y guardad para  vosotros el templo y Santa sanctorum, porque
venciendo los romanos, no dejarán de poner mano en todo esto, pues que no les ha sido agradecido lo
que la primera vez les han conservado.
»Yo protesto a todas cuantas cosas tenéis santas y sagradas, y a todos los ángeles de Dios y a la
común patria de todos, que no os he dejado de aconsejar todo lo que me pareció seros conveniente. Si
vosotros determinarais lo que es justo y razonable, tendréis paz y amistad conmigo; pero si estáis
pertinaces en vuestra saña y determináis pasar adelante, sin mí os pondréis a todo peligro.»
Habiendo acabado su razonamiento delante de  su propia hermana, que cerca de él estaba,
comenzó a llorar, y con sus lágrimas quebrantó y venció gran parte del ímpetu que tenían, y daban
voces diciendo que ellos no movían guerra contra los romanos, sino solamente contra Floro, por lo
que de él habían padecido.
Respondióles el rey Agripa: "Las obras son tales como si peleaseis contra los romanos; pues no
habéis pagado el tributo que debéis a César, y habéis puesto fuego a los portales de la torre Antonia.
Cubriréis la causa y sospecha de vuestra rebelión, si los volvéis a rehacer, y si os dais prisa de pagar
los tributos, porque esta fortaleza no es de Floro, ni tampoco daréis a él los dineros."
Siguió el pueblo estos consejos y viniendo al templo con el rey y con su hermana Berenice,
comenzaron luego a edificar aquellos portales. Y los príncipes y decuriones distribuyéronse por toda
la región, y trabajaban en recoger y Juntar el tributo; y así juntaron en breve tiempo cuarenta talentos,
porque- tanto restaban deber. De esta manera quitó e impidió Agripa la guerra que se aparejaba, y
después trabajaba por persuadirles que obedeciesen a Floro hasta tanto que César proveyese de otro
gobernador.
Encendióse tanto la ira del pueblo contra el rey por esto, que no pudiendo dejar de decirle muchas
injurias, echáronlo luego de la ciudad, y atreviéronse también algunos de los revolvedores y amigos
de contiendas a tirarle piedras, viendo el rey el ímpetu tan grande de aquella gente y que era
imposible apaciguarlos, quejándose de la injuria que le había sido hecha, envió los príncipes y
poderosos de los judíos a Floro, en Cesárea, para que él escogiese de todos ellos quienes quisiese que
recogiesen el tributo, y él partióse para su reino.












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