De las revueltas que acontecieron en Judea en tiempo de Félix


Trataré solamente aquí lo que Nerón hizo contra los judíos. Puso por rey de Armenia a
Aristóbulo, hijo de Herodes. Ensanchó el reino de Agripa con cuatro ciudades y más los campos a
ellas pertenecientes en la región Perca, Avila, Juliada, Galilea, Tarichea y Tiberiada. Toda la otra
parte de Judea la dejó debajo del regimiento de Félix.
Este prendió al príncipe de los ladrones Eleazar, el cual había robado todas aquellas tierras por
espacio de veinte años, y prendió muchos otros con él y enviólos presos a Roma. Prendió también
innumerable muchedumbre de ladrones y encubridores de hurtos, los cuales todos ahorcó. Y
limpiadas aquellas tierras de esta basura de hombres, levantábase luego otro género de ladrones
dentro de Jerusalén: éstos se llamaban matadores o sicarios, porque en el medio de la ciudad, y a
mediodía, solían hacer matanzas de unos y otros. Mezclábanse, principalmente los días de las fiestas,
entre el pueblo, trayendo encubiertas sus armas o puñales, y con ellos mataban a sus enemigos; y
mezclándose entre los otros, ellos se quejaban  también de aquella maldad, y con este engaño
quedábanse, sin que de ellos se pudiese sospechar algo, muriendo los otros.
Fué muerto por éstos Jonatás, pontífice, y además de éste mataban cada día a muchos otros, y era
mayor el miedo que los ciudadanos tenían, que no el daño que recibían; porque todos aguardaban la
muerte cada hora, no menos que si estuvieran en una campal batalla. Miraban de lejos todos los que
se llegaban, y no podían ni aun fiarse de sus mismos amigos, viendo que con tantas sospechas y
miramientos, y poniendo tanta guarda en ello, no se podían guardar de la muerte; antes, con todo esto,
era muertos: tanta era la locura, atrevimiento y arte o astucia en esconderse.
Otro ayuntamiento hubo de malos hombres que no mataban, pero con consejos pestíferos y muy
malos corrompieron el próspero estado y felicidad de toda la ciudad, no menos que hicieron aquellos
matadores y ladrones. Porque aquellos hombres, engañadores del pueblo, pretendiendo con sombra y
nombre de religión hacer muchas novedades, hicieron que enloqueciese todo el vulgo y gente
popular, porque se salian a los desiertos y soledades, prometiéndoles y haciéndoles creer que Dios les
mostraba allí señales de la libertad que habían de tener.

Envió contra éstos Félix, pareciéndole que eran señales manifiestas de traición y rebelión, gente
de a caballo y de a pie, todos muy armados, matando gran muchedumbre de judíos.
Pero mayor daño causó a todos los judíos un hombre egipcio, falso profeta: porque, viniendo a la
provincia de ellos, siendo mago, queríase poner nombre de profeta, y juntó con él casi treinta mil
hombres, engañándolos con vanidades, y trayéndolos consigo de la soledad adonde estaban, al monte
que se llama de las Olivas, trabajaba por venir de allí a Jerusalén, y echar la guarnición de los
romanos, y hacerse señor de todo el pueblo.
Habíase juntado para poner por obra esta maldad mucha gente de guarda; pero viendo esto Félix,
proveyó en ello; y saliéndoles con la gente romana muy armada y en orden, y ayudándole toda la otra
muchedumbre de judíos, dióle la batalla. Huyó salvo el egipcio con algunos; y presos los otros,
muchos fueron puestos en la cárcel, y los demás se volvieron a sus tierras.
Apaciguado ya este alboroto, no faltó otra llaga y postema, corno suele acontecer en el cuerpo que
está enfermo. juntándose algunos magos y ladrones, ponían en gran trabajo y aflicción a muchos,
proclamando la libertad y amenazando a los que quisiesen obedecer a los romanos, por apartar
aquellos que sufrían servidumbre voluntaria, aunque no quisiesen.

Esparcidos, pues, por todas aquellas tierras, robaban las casas de todos los principales; y además
de esto los mataban cruelmente: ponían fuego a los lugares, de tal manera, que toda Judea estaba ya
casi desesperada por causa de éstos. Crecía cada día más esta gente y desasosiego.
Por Cesárea se levantó también otro ruido entre los judíos y siros que por allí vivían. Los judíos
pedían que la ciudad tomase el nombre de ellos y les fuese propia, pues judío la había fundado; es a
saber, el rey Herodes: los siros que les contrariaban, confesaban bien haber sido el fundador de ella
judío; pero querían decir que la ciudad había sido de gentiles y lo debía ser, porque si el fundador
quisiera que fuera de los judíos, no hubiera dejado hacer allí imágenes, ni estatuas, ni templos; y por
estas causas estaban ambos pueblos en discordia.
Pasaba tan adelante esta contienda, que venían todos a las armas, y cada día había gente de ambas
partes que por ello peleaba. Los padres y hombres más vicios de los judíos trabajaban por detenerlos
y refrenarlos, pero no podían; y a los griegos también les parecía cosa muy mala mostrarse ser para
menos que eran los judíos: éstos les eran superiores, tanto en las fuerzas del cuerpo como en las
riquezas que tenían. Pero los griegos tenían mayor socorro de los soldados Y gente romana, porque
casi toda la gente romana que estaba en Siria se les había juntado, y estaban aparejados como aparentados para ayudar todos a los siros; pero los capitanes y regidores de los soldados trabajaban en
apaciguar aquella revuelta; y prendiendo a los capitanes, movedores de ella, azotaban de ellos
algunos, y tenían presos y en cárcel a muchos otros. El castigo de los que prendían no era parte para
poner temor ni paz entre los otros; antes, viendo esto, se movían más a venganza y a revolverlo todo.
Entonces Félix mandó con pregón, so pena de la vida, que los que eran contumaces y porfiaban en
ello, saliesen de la ciudad; y habiendo muchos que no le quisieron obedecer, envió sus soldados que
los matasen, y robáronles también sus bienes.
Estando aún esta revuelta en pie, envió la gente más noble de ambas partes por embajadores a
Nerón, para que en su presencia se disputase la causa y se averiguase lo que de derecho convenía.
Después de Félix sucedió Festo en el gobierno; y persiguiendo a todos los que revolvían aquellas
tierras, prendió muchos ladrones, y mató gran parte de ellos.


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