De Albino y Floro, procuradores de Judea


 Pero su sucesor Albino no se hubo tan bien en su regimiento ni en el gobierno de las cosas,
porque no había maldad alguna de la cual no se sirviese; no sólo hacia muy grandes hurtos en las
causas civiles que trataba de cada uno, robandoles los bienes; y no sólo hacia agravio a todo el pueblo
con los grandes tributos que cargaba a todos; pero también libraba de la cárcel los ladrones que los
regidores de las ciudades habían preso; y tomando gran dinero de los parientes de ellos, libraba
también aquellos que los presidentes y gobernadores pasados habían puesto m la cárcel, dejando
preso como a muy culpado sólo aquel que no le daba algo.
Creció también el atrevimiento de aquellos que deseaban en este mismo tiempo novedades, y
revolverlo todo en Jerusalén. Los que eran entre éstos más ricos y poderosos, presentando muchos
dones a Albino, hacían que no se enojase con ellos; y la parte del pueblo, que no se holgaba con el
reposo general, juntábase con los amigos y parciales de Albino. Cada uno, pues, de estos malos,
armado con escuadrón y compañía de su misma gente, se mostraba entre ellos como príncipe de los
ladrones y como tirano, y servíase de la gente de guarda suya para robar a los de mediano estado; y
por tanto, aquellos cuyas casas eran destruidas, mansamente callaban; y los que eran libres de estos
daños, con el miedo grande que tenían de que les fuese hecho a ellos otro tanto, mostrábanse muy
amigos y comedidos, sabiendo por otra parte cuán dignos eran de muy gran castigo.
Perdido habían todos la esperanza de verse jamás libres. Había muchos señores y parecía que ya
echaban simiente en este tiempo, de la cual naciese la cautividad que les había de nacer y acontecer.
Siendo tal Albino y de tales costumbres, el que le sucedió, Gesio Floro, fué tal, que comparado
con Albino parecía haber éste sido muy bueno: porque Albino había hecho mucho daño y muchos
engaños, pero secretamente; y Gesio mostraba su maldad con todos y ejercitábala gloriándose con
ella; y regiase no como regidor ni gobernador de una provincia, sino como enviado por verdugo y por
dar castigo y pena, condenando a todos sin dejar de usar de todo latrocinio y rapiña, y sin dejar de
hacer todo mal y aflicción.
Contra los pobres y gente miserables usaba de toda crueldad, y en cometer fealdades y maldades
diversas no tenia vergüenza: porque no hubo alguno  que tanto encubriese ni engañase con sus
engaños la verdad, ni que supiese con mentiras y ficciones dañar tan astutamente. Parecióle que seria
cosa de poco, dañar a cada uno particularmente, y  con ello hacerse rico; pero desnudaba y robaba
todas las ciudades generalmente, dando a todos licencia para robar en su región, con tal que de lo que
robasen le hiciesen todos parte. Este, finalmente, fué causa de que toda la región de Judea se
despoblase de tal mánera, que muchos, dejando el asiento de su patria, se pasaban a vivir a provincias
extrañas. Y hasta que Cestio Galo fue regidor en la provincia de Siria no hubo alguno de los judíos
que osase enviar embajadores contra Floro.
Y como, llegando la fiesta de la Pascua, se viniese a Jerusalén, salióle al encuentro la
muchedumbre de la gente, que sería bien trescientos mil hombres, suplicándole que socorriese a tanta
destrucción y ruina de la gente, y daban todos voces que echase de la provincia una ponzoña tan
pestilencial corno era Floro; y oyendo las voces que todo el pueblo daba, estábase sentado junto a
Galo; y no sólo no se movía de alguna manera, sino  aun se burlaba de ellos y se reía de oír ¡os
clamores que todos echaban.

Amansando algún tanto el ímpetu y furor del pueblo, Cestio les dijo que él haría que Floro de allí
adelante les fuese más amigo, y volvióse a Antioquia. Acompaflóle Floro hasta Cesárea, burlándose
con mil mentiras, y fingiendo con gran diligencia guerra contra los judíos, y amenazábales con ella
porque sabia bastar aquella para encubrir sus maldades: porque si los dejaba en paz, tenía por cierto  que le acusarían delante de César; pero si les procuraba revueltas, con mayor mal se libraría de la
envidia, y con mayor daño cubriría los pecados suyos y faltas menores. De esta manera cada día
acrecentaba las destrucciones y daños, por hacer que la gente se rebelase contra el Imperio romano.

En este mismo tiempo alcanzaron victoria delante de Nerón, y ganaron el pleito los de Cesárea
contra los judíos, y trajeron letras firmadas en testimonio de ello: y con estas cosas la guerra de los
judíos tomaba principio a los doce años del imperio de Nerón, y a los diecisiete del reino de Agripa,
en el mes de mayo.


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