De la crueldad que Floro ejecutaba contra los de Cesárea y Jerusalén


No se sabe haber habido causas bastantes ni idóneas para mover tantos y tan grandes males corno
se levantaron, por lo que arriba hemos dicho. Los judíos que vivían y habitaban en Cesárea, tenían su
sinagoga cerca de un lugar, cuyo señor era Un gentil natural de Casárea; y muchas veces habían
trabajado por quitarle la señoría que tenía sobre él y todo su derecho, ofreciendo de darle mucho más
que la cosa valía. Pero el señor del lugar no se contentó con despreciar los ruegos que le hacían por
aquello; antes, por hacerles pesar y causarles mayor dolor, edificó en el mismo lugar muchas tabernas, dejándoles muy estrecho camino y muy angosto lugar para pasar. Al principio algunos de los
más mancebos trabajaban por resistirle y vedar la edificación. Y como Floro, los refrenase para que
no lo vedasen, no teniendo los nobles de los judíos que lo hiciesen, corrompieron a Floro con ocho talentos que le dieron por que vedase la edificación. Prometió éste hacer todo lo que le pedían, teniendo
ojo solamente a cobrar lo que le habían prometido.
Recibido el dinero, salióse luego de Cesárea y fuése a Sebaste, dando licencia y permitiendo que
revolviesen el pueblo, ni más ni menos que si hubiera vendido a la gente principal de los judíos, lugar
para que peleasen. Luego al día siguiente, que era un sábado, fiesta de los judíos, juntándose el
pueblo en la sinagoga, un hombre de Cesárea, sedicioso y amigo de revueltas, puso delante del lugar
por donde todos habían de entrar, un vaso de Samo, y allí sacrificaban las aves. Este hecho encendió
a los judíos y los movió a mucha ira, porque decían haber sido su ley injuriada y quebrantada por
aquéllos, y que el lugar había sido ensuciado feamente. La parte de los judíos más moderada y más
constante determinaba quejarse delante de los jueces  otra vez nuevamente por esta injuria; pero la
juventud y cuantos judíos había, mancebos y amigos también de revueltas, viendo esto, se movían a
contiendas.
Los revolvedores de Cesárea estaban también aparejados para pelear, porque adrede habían
enviado aquel hombre que hiciese allí aquellos sacrificios; y de esta manera, concurriendo ambas
partes, fácilmente se trabaron a la pelea. Pero sobreviniendo allí Jucundo, capitán de la caballería, el
cual había para vedarles que peleasen, mandó quitar luego el vaso que había sido puesto por el
cesariano, y trabajaba por apaciguar el ruido.
Siendo vencido éste por la fuerza de los cesarianos, los judíos luego arrebatando los libros de la
ley, apartáronse hacia Narbata.
Es ésta una región de ellos, lejos de Cesárea sesenta estadios, y doce de los principales con Juan,
se vinieron a Sebaste delante de Floro, quejándose de lo que había acontecido, y rogábanle que los
ayudase haciéndole acordar de los diez talexitos que le habían dado, aunque con arte y disimulación;
mas él los mandó prender, acusándolos que por qué causa habían osado sacar las leyes de Cesárea.
Por esto se indignaban mucho los de Jerusalén, pero refrenaban aún su ira como mejor les era posible.
Floro, como que no entendiese en otra cosa sino en moverlos e incitarlos a guerra, envió al tesoro
sagrado hombres que sacasen diecisiete talentos, fingiendo que los gastos que César hacía requerían
todo aquel dinero. Visto esto, el pue,blo quedó  muy confuso, y corriendo todos al templo, con
grandes voces apellidaban todos a César, suplicándole que los librase de la tiranía de Floro. Algunos
había entre éstos que buscaban revueltas mayores, maldecían a Floro, y decían de él muchas injurias;
y tomando una canasta iban por la ciudad pidiendo limosna para él, como si estuviera con la mayor
miseria y pobreza del mundo.

Pero con todas estas cosas no hizo mutación alguna en sus codicias, antes fué mucho más movido
a robarlos.
Como finalmente debiera, viniendo a Cesárea a matar el fuego de la guerra que se levantaba, y
quitar toda la causa de revueltas, por lo cual había antes recibido paga y lo había prometido, dejando
todo esto, vínose con ejército de a pie y de a caballo para servirse de él en todo lo que quería, y para
poner miedo y amenazas grandes en la ciudad.
Queriendo amansar su ira, el pueblo salió al  encuentro a todos los soldados con los favores
acostumbrados, y para hacer las honras a Floro que antes solían hacer a todos; pero él, enviando
delante un capitán llamado Capitón, con cincuenta hombres de a caballo, les mandó que se volviesen;
y que habiendo dicho antes tanto mal de él, no quería que se burlasen, haciéndole honras falsas y
fingidas. Porque convenla, si eran valerosos  hombres y varones constantes y de ánimo firme,
afrentarlo ahora también en su presencia, y mostrar el deseo y voluntad que tienen de la libertad, no
sólo con palabras, pero también con las armas.
Espantado el pueblo con estas palabras, y echándose los soldados que habían venido con Capitón,
por medio, los judíos se dispersaron, huyendo antes de saludar a Floro y antes de hacer algo con los
soldados de todo lo que se solla hacer. Recogiéndose, pues, cada uno en su casa, pasaron sin dormir
toda aquella noche.
Floro se aposentó en el Palacio Real, y luego el otro día después, saliendo en tribunal contra ellos,
asentóse, más alto de lo que solía; y juntándose los principales de los sacerdotes y toda la nobleza de
la ciudad, vinieron todos delante del tribunal. Mandóles Floro que luego le diesen todos aquellos que
hablan dicho mal de él, amenazándoles que tornaría en ellos venganza si no le presentaban y hacían
saber quiénes eran.

Respondieron los judíos que su pueblo no había hablado mal de él; y que si alguno había errado
en el hablar, suplicábanle que lo perdonase,  porque en tanta muchedumbre de gente no era de
maravillar que se hallasen algunos malos y sin cordura, mozos y de poca prudencia, y que les era
imposible señalar los que en aquello hablan pecado, viendo que a todos generalmente pesaba, y se
mostraban aparejados para negarlo con el temor que todos tenían. Pero dijeron que si él buscaba el
reposo de la gente, y si quería guardar y conservar la ciudad bajo del Imperio romano, debía antes dar
perdón a tan pocos que lo habían ofendido, teniendo mayor cuenta con tantos corno estaban sin culpa,
que no perturbar y poner en revuelta tantos buenos como había, por dar castigo a muy pocos malos.
Respondió él a esto muy indignado y airado, mandando a sus soldados que robasen el mercado o
plaza adonde las cosas se vendían, que era esto en la parte más alta de la ciudad, y que matasen a
cuantos les viniesen al encuentro. Ellos entonces, con la codicia grande que tenían y con la licencia y
mandamiento que su señor les había dado, robaron, no sólo el lugar que les era mandado, pero aun
saltando por todas las casas de los ciudadanos, matábanlos a todos; y huyendo todos por las
estrechuras de las calles, mataban los que podían hallar, sin que hubiese ningún término ni fin en lo
que robaban.
Prendiendo también a muchos de los nobles, llevábanlos a Floro, a los cuales, después de haberlos
mandado cruelmente azotar, mandábalos ahorcar. Mataron aquel día, entre mujeres y niños con los
demás, porque no perdonaron aún a los niños de teta, seiscientos treinta.
Hacía más grave esta destrucción la novedad que los romanos usaban: porque osó Floro lo que
hombre ninguno antes había hecho, azotar los nobles y caballeros en su mismo Tribunal, y después
los ahorcó; y aunque éstos eran de su natural judíos, todavía la honra y dignidad de ellos era romana.


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